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13 feb 2010

No hay bestia tan feroz. Edward Bunker.



No hay bestia tan feroz
Edward Bunker
Sajalín Editores




Max Dembo lo tiene todo para ser un delincuente temible, es listo, perspicaz y valiente, tiene un pasado, tiene armas y un odio atroz que le fulmina el miedo, pero sobre todo, tiene un nombre, Max Dembo. Siempre he pensado que uno de los momentos más agradecidos para el escritor de novela negra es cuando tiene que escoger el nombre de sus personajes. Max Dembo es un nombre genial, nadie con un nombre cargado de esa sonoridad podría hacer otra cosa que reventar bancos y huir de la persecución policial en un Cadillac trucado. Vive rápido y muere joven, ya conocéis la historia.
Edward Bunker también es otro nombre impresionante. Edward es moneda corriente en todas las lenguas europeas desde tiempos inmemoriales, tiene una sonoridad vulgar y no le sobra carisma, sin embargo, el diminutivo ya es otro cantar, Eddie. Además, parece que el apodo le viene de seguido; algo del estilo de Eddie Scarface” o Eddie “lo que fuere” se aviene de maravilla con el ambiente carcelario. Quién no se pondría en guardia al ser presentado ante alguien con semejante nombre. A la vez, el tono se redondea con el extraordinario apellido, Bunker, que suena igual que el disparo de un arma de gran calibre. Veamos:
En mitad de la noche un leve crujido del parqué lo despierta, alarga la mano y, a tientas, acciona el interruptor de la lamparita de noche. En la fatigosa consciencia de la duermevela percibe una alargada figura acercándose,
- ¿Eddie? ¿eres tú?
- ¡Ban-ker! ¡Ban-ker!, estás muerto.
No hay bestia tan feroz es el primer libro que se publica en España de Edward Bunker (1933-2005), y lo hace, 36 años después de su publicación en EUA (1973), la jovencísima editorial barcelonesa Sajalín Editores (que ya ha sacado al mercado una nueva narración del mismo autor, Stark).
Tan pronto te haces con el volumen y ojeas la contraportada, la granítica mirada de Bunker te traspasa dejándote desarmado y adviertes inmediatamente que la conexión entre el autor y su bestia no es otra que la autobiográfica, Edward Bunker es Max Dembo. La vida de E. Bunker es materia literaria de primer orden, materia para una buena novela negra, claro, -a buen seguro que Tarantino ya ha adquirido los derechos de autor para el cine de su autobiografía, Memoirs of a renegade (todavía no en castellano)-. Un breve repaso a su vida sería el siguiente.
Tras la disolución de su desestructurada familia no hubo reformatorio capaz de contener el afán de libertad del joven Bunker, que se metió en atracos, drogas, palizas y toda suerte de delitos al alcance de un joven en la California de los años 60-70, la época de los hippies y los alucinógenos. Un carrusel de experiencias fuera de la ley que lo destinó a patear los patios de un buen número de prisiones –consiguiendo el dudoso honor de ser el reo más joven encarcelado en San Quintín-. A la edad de 42 años ya había pasado 18 en prisión y su vida se precipitaba sin remedio a una prematura muerte de la que se escabulló milagrosamente por mor de su voraz pasión lectora y de la fortuita ventura: Louise Wallis, la estrella de Hollywood retirada y esposa del afamado productor de Casablanca, dedicada ahora a reformar jóvenes delincuentes, tomó bajo su amparo a un violento reo de 27 años llamado Edward Bunker. La subscripción al New York Time Books Review, regalo de L. Wallis, un curso universitario por correspondencia, miles de lecturas y seis tentativas fallidas de novela, obraron el resto del milagro. Tras la muerte de su mentora en 1962, E. Bunker cayó en el desamparo y tonteó con la delincuencia de nuevo, pero afortunadamente la semilla de Louise Wallis ya había anidado en él y no tardó en reformarse. Publicó seis novelas en vida, además de sus memorias, y participó como actor en más de una veintena de películas, entre las que se cuentan The running man (1987) y Reservoir dogs (1991) (Tarantino nunca ha desaprovechado la ocasión de manifestar públicamente su admirada adhesión). Edward Bunker es ya hoy un referente de la novela negra y cosecha un merecido prestigio que es el orgullo del gremio.
Estas notas biográficas conforman la estrategia que he tomado para contaros el contenido del libro sin mencionar ni una línea del argumento. No hay bestia tan feroz es, sin repetirla, la vida de Bunker contada en primera persona por Max Dembo, otro delincuente de los años 70 en Los Ángeles. En No hay bestia tan feroz encontraremos atracos, palizas, huídas, coches robados, planes fallidos, putas, polis y yonkis, toda la panoplia de mejor cine policíaco de la época. Pero también amor y pasión, y, principalmente, el relato del día a día de los desheredados en los bajos fondos americanos, su desesperada lucha por la supervivencia. Aquí es donde despunta el principal valor añadido de E. Bunker, un valor único e inapreciable en la narrativa de novela negra, la sinceridad de una voz que habla desde la experiencia vivida intensamente. Nadie como él para imprimir veracidad en la perspectiva del delincuente. Y de qué manera, sus delincuentes son personajes llenos de una densidad humana a prueba de la mejor narrativa moderna americana; en el terreno de la creación de personajes, encuentro preceptiva la comparación con Ford, Auster o Roth, sobre todo en su núcleo duro, el plano moral (Bunker sabe mantenerse distante y nunca prejuzga a sus personajes, éstos hablan por sí mismos, y tienen una autenticidad irrebatible). Por lo demás, su narrativa es tan sincera como efectiva: sientes en tu propia piel el terror suicida de la persecución, la adrenalina del atraco, el razonamiento embotado por el exceso de anfetaminas y noches sin dormir, y la desesperación del camino sin salida que es una vida donde el presente es el horizonte más ambicioso.
John Connolly, Fred Vargas o Stieg Larsson nos ofrecen diferentes perspectivas del detective, valiosos matices de un mismo patrón, pero si queréis de verdad una aproximación radicalmente auténtica, si buscáis compartir la verdad con sus protagonistas, daos un paseo por la obra de Edward Bunker. Impresionante.

Nota: es Mr. Blue en Reservoir dogs, el que está más la derecha en la fotografía que os adjunto -el que parece mirarse los zapatos, vamos-.

8 abr 2008

Out, el descubrimiento de una autora extraordinaria



Natsuo Kirino
Out. Editorial Emecé. 551 págs.


Pensar en el holocausto judío significa preguntarse por la posibilidad del más execrable mal entre aquellos que disfrutan las fugas de Bach, leen a Goethe y se enzarzan en una discusión de café acerca del imperativo categórico. Es decir, salvando las imprecisiones de toda generalización, entre los más civilizados. Se trata de una cuestión que ha modulado el espíritu de la historia de los últimos 50 años, y, en razón de la cual se han producido innumerables infolios, muchos irrepetibles. Pero nunca definitivos. Pues si algo sucede tras mucho pensar al respecto, es que, ante la imposibilidad de sistematizar la naturaleza humana en una fórmula que conjugue entre tantas virtudes y maravilla el horror del campo de concentración, finalmente sobreviene la suspensión del juicio ante la visión desnuda de ese espanto. Tan solo nos queda la perplejidad. Podríamos apelar al carácter eterno de esta pregunta, baste para ello con acudir a los horrores de la guerra que inmortalizó Goya, a los textos de la inquisición española o al circo romano. Sin embargo, sí hay efectivamente algo que singulariza el caso nazi, y se trata de que en ningún momento anterior fueron tantos los civilizados y tan pocos los bárbaros. Es decir, antes siempre se había convivido con un cierto grado de brutalidad y horror en la propia ciudad, en la vecindad. Era corriente que un hombre de mediana edad hubiese presenciado en algunos momentos de su vida horribles atrocidades cometidas por sus pares u otros espantos producto de desastres naturales o epidemias infecciosas, o incluso que las hubiese sufrido en carnes propias. Pero tras la revolución industrial, la universalización de la educación y la consolidación de la democracia en occidente (que viene a sustituir al vasallo por el ciudadano), se presuponía al mal sometido para siempre a las garantías de los nuevos derechos individuales. Toda esta comedia se desvaneció como vapor de agua en el aire ante la Shoá y Auschwitz. Parece que, tras este oscuro episodio, la lección a no olvidar es que no existe la posibilidad civilizadora que disipe definitivamente el mal de la naturaleza de los humanos, éste es el envés siniestro que nos acompañará para siempre y que representa la principal batalla que como hombres y como sociedad debemos librar. Ahora, si bien no podemos desentrañar con precisión los motivos que nos conducen a cometer maldades, debemos, como un acuerdo de mínimos, mantener viva la memoria histórica del mal e indagar continuamente en sus motivaciones.
Esto último es justo lo que ha hecho la escritora japonesa Natsuo Kirino en su magnífico libro Out (Auto, en japonés) publicado este 2008 en su versión española por la editorial Emecé (Grupo Planeta), once años más tarde que el original. Out explora los motivos que llevan a un grupo de operarias japonesas del turno de noche de una fábrica de alimentos precocinados a cometer o colaborar en un crimen atroz y las consecuencias derivadas que tendrán que afrontar. Sospecho que, tal y como a mí me sucedió, encontraréis esta novela en la sección de policíaca de la librería que frecuentéis, pero a mi entender, se trata de un thriller de difícil categorización: no hay investigación y la policía tiene un papel testimonial; es una huída hacia delante, como una negra road movie. La novela contiene múltiples niveles de lectura, todos muy interesantes, sostenidos por una trama en espiral que se encierra sobre sí misma evacuando el aire hasta sofocar a sus protagonistas. Aquello que explora Kirino es la banalidad del mal, tal y como la aprendimos de H. Arendt, mediante una fina disección de la vida y del interior de cada uno de sus personajes. El bisturí tiene por tanto una presencia real y metafórica en todo el texto. La habilidad narrativa de Kirino es asombrosa, no solo consigue, mediante una trama hipnótica, que no podamos abandonar la novela en la mesita de noche, sino que cuando lo hacemos, ésta revive en nuestra mente reclamando que la retomemos de inmediato. Sus más de 550 páginas de minuciosas descripciones se devoran en un suspiro. En cuanto a la trama, baste con apuntar sus elevadas dosis de hemoglobina, tensión narrativa y el extraordinario giro final, que por sí solo justificaría cualquier otra novela de menor calado. Merecen además nota aparte: la descripción de un Japón suburbial con grises familias hacinadas en pisos prefabricados y endeudadas hasta las cejas, del que no teníamos prácticamente noticias, y un feminismo subterráneo que exonera, o si acaso disculpa, a sus protagonistas femeninas de los terribles actos que cometen. Unas trazas de ironía y fino humor le sirven también a Kirino para quitarle hierro a un texto que no tiene intenciones de adentrarse en el puro terror gore, sino más bien entretener y suscitar la reflexión.
Aunque no considero que la madurez de un texto se obtenga en su puesta en escena, sino que se basta y se sobra con mostrar sus propias virtudes, sospecho que el productor que promocionara económicamente su adaptación a la gran pantalla haría un buen negocio. Out es con toda seguridad una de las mejores sorpresas literarias de los últimos años, en lo que a novela negra se refiere, y, en mi fuero interno, abrigo la esperanza de que la editorial Emecé, con su buen hacer, tenga a bien seguir publicando la obra de Natsuo Kirino en nuestra lengua.

6 feb 2008

Philip Kerr y la ciencia ficción

Philip Kerr
Una investigación filosófica. Editorial Anagrama. 383 págs.


Desde el horizonte de mi experiencia y apetencias, las novelas policíacas se me antojan como un cruce de caminos en el universo de la lectura. Diría que tienen su lugar perfectamente identificable en el espacio e incluso su momento, la dirección en la que se encaminan, o quizás mejor, hacia la que me orientan. Supongo que muchos otros lectores, al igual que yo mismo, buscan en las intrigas mafiosas y en los asesinatos cerca de los muelles portuarios un lugar, espacio, donde reposar, y un momento, dirección, donde encaminar nuevas lecturas. Voy sumando densidades literarias en mi maltrecha sesera hasta que suena la válvula de la olla a presión indicándome que es el momento de retirarme al mundo del hampa, comprobar el cargador de mi Remington, subirme las solapas de la gabardina y disfrutar como un loco con la hemoglobina y las frases agüiscadas. No me cabe duda, sobre todo porque sé que hay documentos que lo confirman, que existe también un poul de lectores para los que la novela negra resulta el único cielo digno de sobrevolar. En fin, sea porque pertenecemos a aquellos que arriban ocasionalmente al género policiaco o a sus acérrimos seguidores, lo cierto es que resulta un motivo de sanísima alegría que Barcelona acoja, del 4 al 9 de febrero, la cuarta edición del encuentro de novela negra BCNegra. El programa de esta edición incluye, además de la entrega del premio Carvalho a P.D. James, coloquios, exposiciones, lecturas dramatizadas, actos infantiles y un buen elenco de autores invitados. Todo muy sensatamente programado y primorosamente dispuesto. Parece además que el encuentro recalará en Madrid, el día 21 de febrero, con motivo de una mesa redonda con varios escritores del género.
Para celebrar este acontecimiento del mundo de la novela negra, género plenamente afín a los que venimos tocando en este blog, me he leído estos días Una investigación filosófica, del autor escocés Philip Kerr, que es precisamente uno de los invitados a esta edición de la BCNegra. Esta novela, publicada originalmente en 1992, y que ha llevado en el mundo castellano parlante la editorial Anagrama, conjuga justamente el género policiaco con la ciencia ficción, y de ahí mi interés por la misma. La trama discurre por los habituales escenarios del subgénero del asesino en serie y se ambienta en el Londres del año 2013. El policía encargado de dar caza al alterado psicópata es la inspectora jefe Jake; una mujer joven, esbelta y atractiva, como no podía ser de otra forma, de finísima inteligencia, buenos propósitos y puños siempre dispuestos y cuya personalidad incluye además algunos de los trillados tópicos del género: un carácter muy suspicaz, producto de un pasado atormentado, gran intuición y dotes fotográficas para la observación. El asesino, apodado Wittgenstein, dedica su tiempo libre a eliminar a otras personas apodadas también con nombres de pensadores ilustres y, además, emulando al auténtico filósofo vienés, anota sus pensamientos en un diario. Al contenido del cual tendremos lógicamente acceso a lo largo del libro. Como ya tengo por costumbre, no voy a dar detalles del argumento, desliz estrepitoso que no puedo sufrir encontrar en una crítica literaria, y tan solo evocaré mis impresiones. La novela me ha parecido sugestiva y, en algunos momentos, incluso inspirada. Sin embargo, encuentro que el dibujo que se hace de la inspectora Jake es un lugar común demasiado común y que el giro final con el que se da caza al asesino resulta poco convincente. A favor del libro me gustaría hacer notar la novedad que supone incluir la reflexión filosófica en una novela negra, que además está razonablemente bien resuelto, y el ritmo de la novela, especialmente por la importancia nuclear que tiene en este género, que no decae en ningún momento y se va tensando rápidamente como una soga en el cuello de un convicto. Resulta además de mucho interés la ocurrencia del autor de hacer que en este futuro cercano la pena de muerte haya sido abolida y conmutada por un coma punitivo. El interés radica, se sobreentiende, en las implicaciones morales y sociopolíticas de esta decisión.
Resumiendo, una novela policíaca y de ciencia ficción amena y diferente, donde la suma de sus virtudes y sus vicios resulta en positivo y de la que seguro que un director de cine como David Cronenberg, o el mismo Steven Spilberg, sabría sacar buen provecho para una película de lo más entretenida.