Mostrando entradas con la etiqueta Cronicas del Almirante Benbow. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cronicas del Almirante Benbow. Mostrar todas las entradas

2 jun 2010

El enigma de la calle Calabria. Jerónimo Tristante



El enigma de la calle Calabria
Jerónimo Tristante
Editorial Maeva




Tengo la penosa fortuna de frecuentar el centro de Barcelona por motivos de trabajo, lo hago casi a diario y vivo la experiencia encabronado. Hubo un tiempo en que lo malo fue la profusión de turistas cerveceros y descamisados, pero hoy las cosas se han puesto ya imposibles; la crisis económica y el desinterés que muestra por sus conciudadanos el ayuntamiento barcelonés, enrocado desde la borrachera de las Olimpiadas del 92 en la promoción de grandes eventos y comandado por gestores lunáticos de oídos sordos y afán recaudador, han transformado el carismático barrio de Ciutat Vella en un parque de atracciones deprimente y vergonzante, núcleo gravitacional que concentra todo el catálogo de miserias de una ciudad desnortada: fulleros, timadores, carteristas, chulapos, mendigos, putas, arribistas, empresarios inmorales, traficantes, borrachos, funcionarios corruptos, etc. La Rambla ya no es un paseo, es una gincana arbitrada a derecha e izquierda por infatigables fantoches degradados en sus pedestales, y el asombroso aparador del mercado de la Boqueria oculta un submundo de catacumbas nauseabundas, pseudoesclavismo, pisos patera y almacenes infestados de plagas. A todos nos gusta visitar otros países, y lo que ansiamos principalmente es asombrarnos con un modo de vida y un paisaje radicalmente diferente al nuestro, incorrupto, incontaminado y orgulloso, desgraciadamente esa esperanza solo la disfrutan los primeros en llegar: al que todavía dude de la capacidad del turismo para hacer pedazos el paisaje físico y moral de una ciudad, que se pase por aquí. Ciutat Vella es ya la zona cero de una Barcelona que expulsa a sus habitantes al extrarradio, cuando no a otras urbes más humanas y civilizadas. A los urbanitas que amamos un espacio público limpio y educado ya sólo nos queda lo rural.
Lo mejor de El enigma de la calle Calabria, la última aventura del ingenioso y racional detective Victor Ros, es que nos muestra la joven Barcelona de finales del siglo XIX, una ciudad en plena expansión económica y cultural, la ciudad de los Cambó, Santiago Rusiñol, Antonio Gaudí y Josep Pla, la del Modernismo, los submarinos de madera de Monturiol, los anarquistas, las tardes del Liceu y las tertulias, la de los Quatre Gats y las sufragistas. En fin, la de la mejor Barcelona que nunca haya existido, una apasionante ciudad llena de vida y cultura, en la que tampoco faltaban los barrios deprimidos, la picaresca y la prostitución, pero a pesar de eso, una Barcelona carismática y con personalidad. A Jerónimo Tristante, el escritor que ha dado vida al afamado detective madrileño -que ya cosecha con esta su tercera aventura- no se le resiste ninguna ambientación histórica; se ha documentado estupendamente y ha sabido transmitir todo ese espíritu de ciudad en ebullición con futuro (¡ay!) que fue la Barcelona tardo-decimonónica. Esta es a fin de cuentas la mayor pretensión del autor, mostrarnos una realidad maravillosa y perdida, adánica: la historia de intriga que nos narra no es más que el caramelillo con el que seducirnos. Lo cual no rebaja el mérito para una aventura bien urdida e impregnada del aura de los grandes clásicos del género, principalmente de Arthur Conan Doyle. Así, el detective Victor Ros nos resultará perfectamente reconocible, una figura a la española inspirada en Sherlock Holmes o H. Poirot, quizás no en los rasgos más llamativos de su personalidad, pero sí en las clásicas herramientas narrativas de las que J. Tristante echa mano para cincelarlo, aquí se le adivinan las lecturas que lo inspiraron.
En el plano estrictamente formal, el entusiasmo se me enfría un tanto. Jerónimo Tristante muestra algunas limitaciones narrativas que debieran haber sido identificadas y remediadas por el editor. Con el loable ánimo de no dejar lagunas en la ambientación histórica, dota a sus personajes y al propio narrador omnisciente de un lenguaje de época a menudo torpe, que me ha resultado indigerible en ciertas escenas por excesivamente pedante o inverosímil. Además, este problema de desafección se agudiza cuando se le desorienta el narrador, que no ha dibujado con claridad desde el principio; tan pronto se presenta como una voz inidentificada de finales del siglo XIX que nos relata una aventura como con la de un historiador contemporáneo que nos ilustra sobre un momento histórico pasado. Además, los personajes carecen en muchos casos de densidad. Esto se evidencia dramáticamente en el caso de Victor Ros, un detective falto de carisma y de contradicciones internas que milita en un género literario donde no es admisible desatender a la personalidad del protagonista. Me da la impresión de que J. Tristante ha repartido mal sus esfuerzos preparatorios, mucho trabajo de documentación histórica y muy poco en el ámbito narrativo y argumental. Su trilogía está perfectamente ambientada, pero carece de alma. Un poco como si los relatos del Padre Brown se hubieran mezclado accidentalmente con Amor en tiempos revueltos.
Terminamos, El enigma de la calle Calabria es una aventura agradable, con buenas intenciones y que cumple solventemente como novela histórica de entretenimiento, pero que adolece de un insuficiente oficio de escritor. Opino que Jerónimo Tristante dispone del talento suficiente para labrarse un nombre en el género de la novela negra histórica, pero para ello tendrá que arrimarse a un editor competente que le pula y mejore los textos.




6 may 2010

Descansa en paz. John Ajvide Linkvist





Descansa en paz
John Ajvide Lindqvist
Espasa



Los zombies están de moda. Quizás este hecho esté relacionado con el cauteloso retorno de la moda hippy (no sé, siempre me he imaginado a los zombies vestidos con pantalones de pata de elefante y peinado afro), aunque, por otro lado, un autor atento a las historias que puedan surgir a su alrededor, nunca podrá sustraerse completamente a la tentación de escribir sobre ellos cuando se los encuentra cada lunes por la mañana en la oficina, incluso a mi me entran ganas al observar a algunos compañeros. En fin, el retorno de los zombies siempre es una buena noticia, particularmente para los que pasamos miedo de verdad con las cosas del terror y en general preferimos la cola descafeinada; a su favor juega que el fenómeno resulta completamente inverosímil -frente a la consistencia real de los asesinos, el regreso de los muertos es totalmente insensata-, que con ese aspecto de muppets en baja forma, estéticamente dan más asco que susto y que, además, siempre nos dejan margen para la huída. A mí, supremo caguica entre los cagones, los encuentro de lo más simpáticos y los prefiero principalmente por una razón incontrovertible, lo más cercano a los redivivos que buscan carne humana para alimentarse son los caníbales y éstos sí que representan la punta de lanza del terror más pavoroso y escalofriante, así que mientras funcione la moda zombie, bienvenida sea, los cobardes del mundo nos libramos del regreso de la insoportable moda caníbal.

Además de simpatía, también me han despertado generalmente un cálido sentimiento de ternura, incluso confieso haberme sentido aliviado en muchas ocasiones cuando se dan un festín con algún patoso rezagado. Claramente, esta afabilidad que siento tiene origen en la inocencia infantil de los zombies, que al igual que con sus primos hermanos los fantasmas, tampoco han escogido despertar del sueño de los justos para no sacar provecho alguno, y de la terrible injusticia que supone además para los vivos asistir a la traumática escena de ver a sus seres más queridos convertidos en zombies y, lo que todavía es peor, vestidos y peinados a la moda de los años 60-70. Esta misma ternura parece que es la que ha espoleado a John Ajvide Lindqvist, el autor de esa extraordinaria novela de vampiros que fue Déjame entrar, a narrar una historia centrada de nuevo en esos sentimientos de desencuentro que, a la postre, mediatizan todas las relaciones humanas.

Descansa en paz, publicada por Espasa con papel de calidad de edición de bolsillo y lamentable ilustración de portada, no va a representar la cumbre de la carrera narrativa de su autor, pero sí un peldaño más en la construcción de un universo personal que va camino de sumarse a los de las más ilustres plumas de la narrativa de terror. En Descansa en paz JA Lindqvist repite ese formato de historias cruzadas que ya domina a la perfección: la de un cómico que en el mismo día en que se enfrenta a la noticia de la muerte de su amada esposa, presencia su despertar en la camilla de un hospital, la de una anciana ferviente católica que, junto con su nieta, tiene que hacer frente a su detestable marido, al que creía ya fallecido y, finalmente, la más terrible, la de una mujer que en connivencia con su padre esconde a su hijo, que literalmente ha regresado de la tumba. La historia se inicia con un extraño episodio de cefaleas que afecta a todos los habitantes de Estocolmo un día en el que la ciudad se abrasa de calor, en el punto culminante todos los aparatos eléctricos dejan de funcionar normalmente. A partir de este momento, que cesa tan súbitamente como se ha iniciado, todos los muertos recientes regresan a la vida y tratan por todos los medios de llegar a su casa. Lo que viene de seguido se intuye fácilmente; los ciudadanos se encierran aterrorizados en sus casas mientras el gobierno activa todos los servicios sanitarios y de seguridad disponibles para restablecer la situación de Alerta Nacional declarada en toda Suecia. A los redivivos se les encierra inicialmente en un gran hospital para su estudio y, tras confirmar que son inofensivos, en un centro ad hoc en las afueras de Estocolmo. El grueso del argumento, como ya os he comentado, lo componen las tres historias familiares; el efecto emocional y las distintas reacciones que causa el regreso de los muertos entre sus allegados. Lógicamente las historias personales se ligan entre si mediante el relato de superficie que traspasa toda la novela, y que trata de esclarecer aquellos enigmas que encierran estos sorprendentes acontecimientos. Todas las historias convergen y se cierran convincentemente en los últimos capítulos del libro dejando un redondo regusto de obra completada con oficio.

Nos encontramos pues ante otra vuelta de tuerca en el imaginario de JA Lindqvist: para aquellos de vosotros que leísteis y disfrutasteis Déjame entrar, su nueva novela se actualiza con un cambio en la forma, pero no en el fondo -a las pocas líneas os reencontraréis en un conocido entorno familiar en el que repantigaros y pasarlo bien relajadamente, como en casa vamos-. El autor reedita una fórmula de éxito que, si no cansa, es porque funciona perfectamente y a la que no le faltan argumentos: tiene tensión, nervio y escenas tremendas, los personajes, por muy muertos que estén, son de carne y hueso, orgánicos y veraces, y aunque el género de los zombies esté más que trillado JA Lindqvist llena su libro con un torrente de buenas ideas. Definitivamente, las mismas virtudes que ya destacamos en Déjame entrar. En una reciente entrevista JA Lindqvist confesó estar preparando una novela de fantasmas, uno de mis temas favoritos. Habiendo visto su trayectoria profesional, quizás busque aplicar a cada subgénero dentro del terror esta efectiva fórmula, y machacarla hasta que deje de funcionar. Bueno, tampoco me parece mal, otros están triunfando con una sola idea, y JA Lindqvist tiene sacos llenos de ellas.

Si bien es verdad que se trata de una obra inferior a Déjame entrar, que hasta la fecha supone el momento cumbre de su narrativa, Descansa en paz le pisa los talones, va a convencer a sus nuevos lectores y a gustar a los ya convencidos. Narrativa de calidad, talento y mejores ideas son las fuentes que nutren al mejor autor de terror del momento.

Finalmente, todavía quedan tres libros por traducir al castellano de JA lindqvist, además del que tiene entre manos, así que tenemos terror sueco del bueno para rato. ¡Enhorabuena!




22 mar 2010

Un lugar incierto. Fred Vargas





Un lugar incierto
Fred Vargas
Siruela




No habíamos superado aún el estupor de ver las librerías literalmente colapsadas por una montaña derrumbada de volúmenes etiquetados como "novela histórica", cuando una nueva cordillera ya amenaza con venirse abajo, la de los detectives. Los hay griegos, jóvenes y viejos, peluqueros, arrabaleros, aristócratas y también suecos, que son los más abundantes y rentables. Todo el mundo, sobre todo si está en posesión de la irrefutable certeza de tener algo qué decir, se apunta a la moda y produce un texto con el que redondear ese sueldo que nos va menguando como si lo hubiéramos obtenido de manos de la Reina de Corazones (cada vez más la realidad, y esta es una opinión sobaquera, es Carrolliana: está más del otro lado del espejo). Los que hacemos el chorra con las letras sin ánimo pecuniario somos la salvación de la especie (pues vaya una gilipollez). En fin, si un marciano visitara la Fnac, penetrara en su mundo de moqueta húmeda y 5% del precio en puntos indirectos, y sondeara las mesas de novedades editoriales, se llevaría la impresión de que somos una especie hiperviolenta y mitómana, entusiasmada con los asesinatos y las masacres, y deseosa de que los muertos cobren vida y nos compliquen todavía más las cosas. Y no andarían muy desencaminados: a menudo parece que, subconscientemente, reclamemos a los muertos, o a los más tarados de entre los vivos, el desembrollo de los problemas que nosotros mismos generamos. Cuando se trata de aplicar soluciones imaginativas y aleladas, no hay quien nos gane (ojo! a la clase política española, la vanguardia del surrealismo).
Volvamos a los detectives, que me pierdo. En el universo de la novela negra los matices son la madre del cordero (eso, y poco más, distingue a J. Connolly de S. Larsson). Aquí, donde ya se sabe que la atención a los detalles es la herramienta esencial para dotarse de voz propia en un género agotado formalmente, me quedo con Fred Vargas. La escritora francesa ha sabido edificar un castillo al que no le faltan los fantasmas ni los pasajes secretos custodiados por gárgolas que cobran vida, un factor diferencial único en su especie que la sitúa a caballo entre la novela policíaca y la ciencia ficción (abundando principalmente en el primero de los géneros, por supuesto). Su detective, el comisario parisiense Adamsberg, milita en el subgrupo de los investigadores despistados que apuntalan su talento de sabueso escrutador en la intuición, la misma "vocecita" que siempre aconsejó sabiamente al atlético Thomas Magnum. Salvando las distancias, ni el porte ni sus escarceos amorosos se le asemejan, Adamsberg sabe que su fuerte no es la precisión analítica ni su habilidad para la deducción, sino la perspicacia y una finísima atención para los elementos anacrónicos: los detecta y memoriza sin dificultad, necesitando, por otro lado, llevar siempre a cuestas una libreta de bolsillo para anotar el nombre y aspecto de sus subordinados, incapaz de recordarlos. Aquí, y tratándose del jefe de un grupo de investigación criminal de la policía, las investigaciones nunca las lleva en solitario si no que se apoya en sus subordinados, por lo que las historias de F. Vargas dibujan siempre un populoso fresco que es una de sus principales virtudes argumentales (su fuerte no es la penetración psicológica de los personajes). Adamsberg no es una racionalista, acepta lo que viene "del más allá" sin prejuzgarlo, pero tampoco utiliza más herramientas en sus investigaciones que las que están al alcance de cualquier policía (los ouijas o las estacas en el corazón no son de su gusto); si alguien le dice que es un vampiro, no va a perder un minuto en rebatirlo, a él solo le interesa atrapar al asesino, y para eso es un fiera. Este es justamente el caso que nos ocupa: en Un lugar incierto, que es la última novela publicada por Fred Vargas en España (Siruela-Policíaca), Adamsberg y su equipo se las ven con un matador de vampiros que utiliza métodos brutales de aniquilación (se ve que ya no fabrican los ajos y las estacas como antes); transforma a sus víctimas en papilla o les corta los pies para evitar que regresen del más allá hechas una furia. La investigación se inicia en el esperpéntico cementerio londinense de Highgate y evoluciona en París y Serbia. Para los que ya hayáis leído otras de sus aventuras os avanzo que en ésta se esclarecen algunos cabos sueltos y se nos permite fisgar en ciertos asuntos escandalosos del pasado del comisario, y no leo más allá.
La narrativa de Fred Vargas aúna algunas de los mejores cualidades del género, como la arrebolada velocidad, el verbo sagaz y el diálogo acerado. Pero también adolece de ciertos deméritos clásicos: los personajes, excesivamente caricaturizados, carecen de grosor (el subordinado tonto, en toda ocasión es tonto, y el colega obeso lleva siempre sus bolsillos atiborrados de madalenas, aunque se haya anunciado el fin del mundo en los noticiarios de la tarde), tampoco parece haber espacio para la vida normal (salvo cuando está relacionada directamente con el caso, para todo lo demás aparece muy marginalmente), y la autora muestra un gusto vertiginoso por la extravagancia que en ocasiones aleja el relato de lo plausible. En fin, el tradicional conjunto de problemillas que es ya la sal del género pero que pervive como argumento crítico para tildar al género de "menor", ahí están los Hammett, Chandler o el tándem Bogart-Bacall para corroborar que en este género se ha sabido hacer de la necesidad virtud. El efectismo y la escenificación teatralizada tan frecuente en la novela negra, representa para el común de los lectores la realidad paralela en la que se dan los elementos imaginativos que garantizan una aventura policiaca "como las de antes".
Un lugar incierto supone otra más de las muescas con las que Fred Vargas rubrica la culata de un proyecto de género aventajado por la circunstancia de que su autora no se plantea la escritura como un oficio, es investigadora en arqueología para el CNRS, sino como un divertimento. Y eso se nota y se contagia. Si bien Un lugar incierto no puede considerarse, como tampoco ninguna otra de las investigaciones del comisario Adamsberg, ciencia ficción o fantasía sensu strictu, no le faltan puntos de conexión con estos géneros, ni otros méritos, para que un lector aficionado a ellos no pueda pasarlo en grande. Como yo lo he hecho, vamos. Si no fantasiosa, sí que es una novela fantástica como pocas.


Este de arriba es Jean-Hugues Anglade haciendo de comisario Adamsberg para la TV francesa.

13 feb 2010

No hay bestia tan feroz. Edward Bunker.



No hay bestia tan feroz
Edward Bunker
Sajalín Editores




Max Dembo lo tiene todo para ser un delincuente temible, es listo, perspicaz y valiente, tiene un pasado, tiene armas y un odio atroz que le fulmina el miedo, pero sobre todo, tiene un nombre, Max Dembo. Siempre he pensado que uno de los momentos más agradecidos para el escritor de novela negra es cuando tiene que escoger el nombre de sus personajes. Max Dembo es un nombre genial, nadie con un nombre cargado de esa sonoridad podría hacer otra cosa que reventar bancos y huir de la persecución policial en un Cadillac trucado. Vive rápido y muere joven, ya conocéis la historia.
Edward Bunker también es otro nombre impresionante. Edward es moneda corriente en todas las lenguas europeas desde tiempos inmemoriales, tiene una sonoridad vulgar y no le sobra carisma, sin embargo, el diminutivo ya es otro cantar, Eddie. Además, parece que el apodo le viene de seguido; algo del estilo de Eddie Scarface” o Eddie “lo que fuere” se aviene de maravilla con el ambiente carcelario. Quién no se pondría en guardia al ser presentado ante alguien con semejante nombre. A la vez, el tono se redondea con el extraordinario apellido, Bunker, que suena igual que el disparo de un arma de gran calibre. Veamos:
En mitad de la noche un leve crujido del parqué lo despierta, alarga la mano y, a tientas, acciona el interruptor de la lamparita de noche. En la fatigosa consciencia de la duermevela percibe una alargada figura acercándose,
- ¿Eddie? ¿eres tú?
- ¡Ban-ker! ¡Ban-ker!, estás muerto.
No hay bestia tan feroz es el primer libro que se publica en España de Edward Bunker (1933-2005), y lo hace, 36 años después de su publicación en EUA (1973), la jovencísima editorial barcelonesa Sajalín Editores (que ya ha sacado al mercado una nueva narración del mismo autor, Stark).
Tan pronto te haces con el volumen y ojeas la contraportada, la granítica mirada de Bunker te traspasa dejándote desarmado y adviertes inmediatamente que la conexión entre el autor y su bestia no es otra que la autobiográfica, Edward Bunker es Max Dembo. La vida de E. Bunker es materia literaria de primer orden, materia para una buena novela negra, claro, -a buen seguro que Tarantino ya ha adquirido los derechos de autor para el cine de su autobiografía, Memoirs of a renegade (todavía no en castellano)-. Un breve repaso a su vida sería el siguiente.
Tras la disolución de su desestructurada familia no hubo reformatorio capaz de contener el afán de libertad del joven Bunker, que se metió en atracos, drogas, palizas y toda suerte de delitos al alcance de un joven en la California de los años 60-70, la época de los hippies y los alucinógenos. Un carrusel de experiencias fuera de la ley que lo destinó a patear los patios de un buen número de prisiones –consiguiendo el dudoso honor de ser el reo más joven encarcelado en San Quintín-. A la edad de 42 años ya había pasado 18 en prisión y su vida se precipitaba sin remedio a una prematura muerte de la que se escabulló milagrosamente por mor de su voraz pasión lectora y de la fortuita ventura: Louise Wallis, la estrella de Hollywood retirada y esposa del afamado productor de Casablanca, dedicada ahora a reformar jóvenes delincuentes, tomó bajo su amparo a un violento reo de 27 años llamado Edward Bunker. La subscripción al New York Time Books Review, regalo de L. Wallis, un curso universitario por correspondencia, miles de lecturas y seis tentativas fallidas de novela, obraron el resto del milagro. Tras la muerte de su mentora en 1962, E. Bunker cayó en el desamparo y tonteó con la delincuencia de nuevo, pero afortunadamente la semilla de Louise Wallis ya había anidado en él y no tardó en reformarse. Publicó seis novelas en vida, además de sus memorias, y participó como actor en más de una veintena de películas, entre las que se cuentan The running man (1987) y Reservoir dogs (1991) (Tarantino nunca ha desaprovechado la ocasión de manifestar públicamente su admirada adhesión). Edward Bunker es ya hoy un referente de la novela negra y cosecha un merecido prestigio que es el orgullo del gremio.
Estas notas biográficas conforman la estrategia que he tomado para contaros el contenido del libro sin mencionar ni una línea del argumento. No hay bestia tan feroz es, sin repetirla, la vida de Bunker contada en primera persona por Max Dembo, otro delincuente de los años 70 en Los Ángeles. En No hay bestia tan feroz encontraremos atracos, palizas, huídas, coches robados, planes fallidos, putas, polis y yonkis, toda la panoplia de mejor cine policíaco de la época. Pero también amor y pasión, y, principalmente, el relato del día a día de los desheredados en los bajos fondos americanos, su desesperada lucha por la supervivencia. Aquí es donde despunta el principal valor añadido de E. Bunker, un valor único e inapreciable en la narrativa de novela negra, la sinceridad de una voz que habla desde la experiencia vivida intensamente. Nadie como él para imprimir veracidad en la perspectiva del delincuente. Y de qué manera, sus delincuentes son personajes llenos de una densidad humana a prueba de la mejor narrativa moderna americana; en el terreno de la creación de personajes, encuentro preceptiva la comparación con Ford, Auster o Roth, sobre todo en su núcleo duro, el plano moral (Bunker sabe mantenerse distante y nunca prejuzga a sus personajes, éstos hablan por sí mismos, y tienen una autenticidad irrebatible). Por lo demás, su narrativa es tan sincera como efectiva: sientes en tu propia piel el terror suicida de la persecución, la adrenalina del atraco, el razonamiento embotado por el exceso de anfetaminas y noches sin dormir, y la desesperación del camino sin salida que es una vida donde el presente es el horizonte más ambicioso.
John Connolly, Fred Vargas o Stieg Larsson nos ofrecen diferentes perspectivas del detective, valiosos matices de un mismo patrón, pero si queréis de verdad una aproximación radicalmente auténtica, si buscáis compartir la verdad con sus protagonistas, daos un paseo por la obra de Edward Bunker. Impresionante.

Nota: es Mr. Blue en Reservoir dogs, el que está más la derecha en la fotografía que os adjunto -el que parece mirarse los zapatos, vamos-.

6 ene 2010

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Haruki Murakami



El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas
Haruki Murakami
Tusquets Editores


Si no fuera porque siempre he escogido los libros que he criticado según impulsos liderados por el estandarte del eclecticismo, muchos pensaríais que sin duda desvariaba al incluir un texto de Murakami entre las reseñas de este blog. Nada más desacertado, os aseguro que Haruki Murakami se ha metido de lleno en la ciénaga de la ciencia ficción con los dos pies y con intenciones de darse algo más que un paseo de domingo por la tarde, tanto como que mi sentido de la orientación y la conducción personal sigue pendiendo de un hilo de seda como siempre a pesar del cambio de año, que aseguran que cura sana cura sana.
Tras haber publicado en España seis novelas y un libro de relatos en Tusquets Editores, donde el patrón consistía en desentrañar si el hombre posmoderno tiene realmente algo de hombre o si en realidad resulta que el elegante encanto de navío a la deriva que lo eleva un palmo del suelo se queda en realidad en el vacío atributo que le acompaña, nos llega esta novela de aún más extraño título en la que, sin abandonar este prolífico proyecto de indagación, se arremanga la camisa para mostrarnos que es capaz de afrontar nuevos horizontes; una demostración de fuerza para los que lo han tachado siempre de autor circular condenado a reescribir mil veces el mismo libro. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (para facilitar las cosas, EFMyDPM) utiliza el habitual formato Murakami de historias paralelas que se alternan en los capítulos del libro, y que no se sabe cómo convergen en los episodios finales para completa confusión de unos esperanzados lectores que repiten la receta a pesar de las reiteradas frustraciones a los que somete una y otra vez el autor. La primera de las historias se desarrolla en El fin del mundo, una ciudad amurallada perfecta que reclama de sus habitantes el corazón y su sombra a cambio de la paz absoluta, y la segunda, en un Despiadado país de las maravillas sito en el Tokio de inicios del siglo XXI, pero en versión ciencia ficción distópica: el control de la información está en manos del Sistema, una megaempresa que lucha incansablemente contra la organización clandestina rival conocida como Factoría y que agrupa a los despiadados semióticos (otros tipos aún más siniestros que disfrutan comiéndose a los humanos, los Tinieblos, también complicarán las cosas). El protagonista de El fin del mundo entra en la ciudad amurallada con el objeto de leer los antiguos sueños almacenados en cráneos de renos, mientras que el de El despiadado país de las maravillas es un técnico calculador -una especie de informático- encargado de encriptar información sensible para el Sistema mediante el uso de una sofisticada técnica mental y que, por causa aceptar el encargo de un alucinado científico, se ve envuelto en las peligrosas luchas de poder entre las organizaciones antagónicas. A pesar de lo disparatado que os pueda parecer este argumento, tras añadirle las imposibles simbologías de Murakami y los habituales devaneos líricos-mágicos de la literatura japonesa contemporánea la cosa deviene aún más estrambótica. Si bien tanto la trama como la ambientación son ciencia ficción al servicio de objetivos superiores, EFMyDPM se enmarca en este género con total compromiso.
La historia de EFMyDPM sigue una línea poco habitual para una novela de aventuras aunque perfectamente trenzada, con momentos de clímax, valles, enredos y resolución de enigmas repartidos en un ordenado desconcierto, y con un final poco o nada resolutivo que se extiende por varios capítulos enredándose en aparentemente inocuas descripciones costumbristas que van a dejarnos un agradable regusto de inaprensible sabor. Terminamos y queremos más, aun cuando parece que no hemos hecho otra cosa que pasar de puntillas por la desbordante imaginación de un lunático en pleno delirio. Las obras de Murakami siempre me causan este efecto, y EFMyDPM no es la excepción, parece que nunca pasa nada pero la tenue vibración que percibimos en su interior sintoniza perfectamente con la nuestra, y la reclamamos una y otra vez. Cuando termino un libro de Murakami siempre me prometo que va a ser el último, hasta que nos reencontramos en la mesa de novedades, qué se le va hacer, se trata de una debilidad personal que comparto con millones de Murakamizados lectores.
Los personajes de EFMyDPM, el lugar donde se echa toda la carne al asador, son triviales e insulsos, parece que sólo paseen sus huesos por este mundo sin importarles nada el tránsito al otro, las emociones no les modifican el gesto y se conducen tomando decisiones carentes de objeto y asentadas en convicciones apenas aprehensibles, les acuchillan y no oponen resistencia, hacen el amor con la misma pasión con la que se anudan la corbata. Sin embargo, de alguna manera nos resultan humanos, les comprendemos, compartimos su constante duda y les queremos, nos vemos reflejados en su fragilidad. El hombre posmoderno me resulta indefendible e indeseable, pero en parte le estimo, quizás porque se parece tanto a mí. Haruki Murakami es el escritor con mayúsculas de un prototipo generacional, y los que pertenecemos a esa generación no podemos sustraernos a su embrujo. Mi tesis se completa con la convicción de que parte de la trampa radica justamente aquí, los protagonistas de Murakami son tan corrientes y escasos de mérito que no nos exigen esfuerzo alguno para identificarnos con ellos y, para postre, les suceden cosas extraordinarias, son nucleares en historias que les caen encima como de un guindo y que todos ansiaríamos protagonizar. Además, y para enlucir un tanto a tan insípidos personajes, Murakami dota de significación los acontecimientos que les ocurren, por triviales que resulten, con lo que hace único y especial a cada humano; un anhelo que también compartimos todos nosotros.
En cuanto al aspecto formal de EFMyDPM, la ambientación es sobresaliente: Murakami afronta el reto que se ha propuesto con una solvencia sólo al alcance de los más experimentados escritores de ciencia ficción, por surrealista que sea la situación que nos presenta, jamás pierde el rumbo ni la sensación de verosimilitud y es capaz de argumentarla acudiendo a comprensibles aunque delirantes motivos, las escenas de acción son trepidantes y las transiciones sutiles. Además, y para escarnio de críticos esteticistas, consigue combinar con éxito en un mismo texto dos historias que discurren por cauces aparentemente irreconciliables y pertenecientes a mundos dispares: el de la ciencia ficción futurista y el de la fantasía mágica.
Sin alcanzar la altura del modelo que consiguió en Tokio blues, la nueva novela de Haruki Murakami viene a reforzar con una nueva aleación de sólidos materiales los cimientos del personal edifico que se trae entre manos y en el que confía plenamente, pues no lo ha abandonado un solo momento en tantos años de profesión. Murakami, como el conocido arquitecto catalán que apasiona a los japoneses, ha sido tan denostado y criticado como ensalzado y, casi con toda seguridad, su estilo perdurará para gozo de los lectores de todo el mundo más allá de su desaparición (esperemos lejana y menos traumática que la de Gaudí). EFMyDPM no es tan sólo una notable novela sino también un sobresaliente experimento de género que deseamos que no haya colmado las ansias exploradoras de Murakami, y que se repita el invento.

21 dic 2009

AVATAR.

Antes que nada vamos a ventilar de un soplido el tedioso episodio del resumen argumental.

Sinopsis:
Una colonia de humanos mineros que extrae un valioso mineral del remoto planeta Pandora reclama los servicios de
nuestro protagonista, James Sully. Éste es un ex militar paralítico del cuerpo de los Marine americanos que se ha dejado convencer para sustituir a su hermano gemelo científico en el proyecto Avatar, el cual persigue entrar en contacto con los nativos de Pandora para negociar los acuerdos de la explotación minera del planeta. Para ello, el proyecto Avatar utiliza organismos desarrollados in vitro, y similares a los de los nativos, que son controlados mentalmente por los científicos del proyecto. De esta forma, James entra en contacto con el pueblo Na’vi y obtiene su confianza, además de aprender su forma de vida y transformarse en uno más del pueblo. Todo vendrá a torcerse cuando las sanguinarias maquinaciones del Coronel Quaritch convencen al responsable de la empresa minera de que la solución para acelerar las extracciones pasa por una acción militar expeditiva contra los nativos.

A la vista está que no se trata de un prodigioso guión en el que prime el ingenio y la novedad. Nada más lejos, el punto flaco de todo el extraordinario artificio está en lo de siempre, el argumento, si le dedicaran sólo un cuarto del tiempo de producción a elaborar un guión con cara y ojos una futura legión de enamorados del cine estaría dispuesta a dejarse parte de su salario de los próximos 30 años para evitar que las salas de cine no pasen a la historia. En fin, así está el patio.Avatar es 100% James Cameron y, así, reúne todas sus virtudes y sus peores vicios: es puro espectáculo, una experiencia visual –y auditiva- que da por válidos todos los halagos que le han caído en gracia durante la promoción, ambientado en un mundo creíble y poblado con una fauna exótica y una flora amazónica real como la vida misma. Los Na’vi son tan reales como los humanos y, por primera vez –desde que recuerde-, tanto sus movimientos como la gesticulación de sus facciones es tan veraz que nunca te planteas la posibilidad de la farsa. El trabajo de diseño de los animales que pueblan Pandora, la esmerada dedicación preciosista en cada detalle de la selva, en los insectos que revolotean constantemente a tu alrededor, en los sonidos que emiten las bestias y los pájaros, en los colores que inundan el bosque, en el detalle de las máquinas y las naves, hacen de Avatar un auténtico punto de inflexión en la posibilidad técnica de crear nuevos mundos. Una sola escena de la película barre de un plumazo toda la segunda trilogía de Star Wars. Eso sí, montado sobre un guión hueco como una calabaza de Halloween. Aquí el trabajo de los actores, en papeles de poco lustre, añade calidad y consigue dar volumen a lo que de otra forma sería plano como un papel (al pobre Stephen Lang, que hace de imposible Coronel Quaritch, le ha tocado bailar con la más fea).

Sin embargo vamos a dejar que James Cameron salga vivo de esta. Lamentablemente ha escrito un texto donde cada línea responde a una referencia fílmica previa y supersabida (que sigue la tortuosa línea de La diligencia-Alien-El Rey León-El Sargento de Hierro-La Misión): más allá de que el argumento sea previsible desde la segunda escena, que la historia de amor no tenga ni pizca de picardía y de que acuda a una trilladísima moral de buenos y malos que ni en el más tronado de los westerns crepusculares, hay que reconocerle que la película emociona y que nos sabe a gloria la paliza final que le meten los Na’vi al malo Coronel. A todo lo cual debo añadirle un visto bueno al alegato ecologista que acompaña toda la película que, aun pecando de oportunista, es necesario y saludable en los tiempos que corren. La verdad es que de buena gana renunciaría a la lavadora y al lavavajillas con tal de poder corretear medio en pelotas el resto de mi vida por un planeta tan lleno de vida, aventura y peligros como Pandora.
Resumiendo, Avatar es de obligada visión por la asombrosa habilidad técnica que permite hacer realidad lo que de otra forma solo sería imaginación, guiones aparte. A este respecto, que a nadie se le ocurra verla en otro formato que no sea 3D (un salto cualitativo de canguro con respecto a las experiencias anteriores), la mitad del embrujo se le escurrirá por el sumidero. Bajársela –legalmente, claro- para verla en una pantalla plana surte el mismo efecto fraudulento que comerse una paella de bote.





Lo mejor: La impronta de James Cameron en la recreación del planeta Pandora.
Lo peor: La impronta de James Cameron en el guión.

29 nov 2009

Fin. David Monteagudo





Fin

David Monteagudo

Acantilado


Nota importante: os prevengo que, por primera vez, y espero que última, voy a destripar el final de una novela en una reseña literaria. ¡Ojito! los que sigáis leyendo aceptáis así las condiciones de uso y no podréis reclamar en el futuro ninguna restitución moral.


La estructura clásica de toda obra literaria incluye un desenlace, ese lugar donde se centrifuga toda la trama y se cuela por el estrecho sumidero que sirve para rendir cuentas, resolver los enigmas y aliviar las mentes de los lectores. Este último apeadero cumple además el postrero propósito de enjuiciar al autor, es aquí donde se le permite dar la vuelta al ruedo con la pechera bien abierta y la montera en la mano para recibir los laureles del público lector o, en su caso, la pedrada (el símil con la lucha de gladiadores romana quizás sea más feliz, en fin). Muchos otros cometidos pretende el desenlace, pero a la postre se trata de esclarecer los hechos y de cumplir con el viejo requisito de toda historia, sea ésta de carácter artístico, científico, filosófico o religioso, es decir, de satisfacer la humana curiosidad. Esto explica también la escasa aceptación entre los lectores de aquella moda, iniciada por las tendencias literarias renovadoras de los siglos XIX y XX, consistente en exponer un fresco social aparcando la clásica estructura narrativa, el conocido espejo de Stendhal -¡si incluso a los documentales les pedimos narratividad!-. Cuando, además, se trata de géneros muy ensayados y completamente interiorizados en la genética del lector, como es el caso de la literatura de aventuras, es casi inconcebible violentar las férreas estructuras preconcebidas. Entonces, resulta de una valentía kamikaze no siempre artísticamente encomiable, atreverse con semejantes inventivas (sospecho que en general, el lector medio no es muy propicio a la cocina de autor, menos aún el de aventuras –y para los escépticos, me remito a las estadísticas de ventas-).

Así que para confirmar la regla voy a hacer lo que nunca antes me atreví y siempre me prohibí, explicar el final de una novela. En mi descargo quiero aclarar que haciendo esto cumplo a pies juntillas con el único precepto que me impuse al tomar posesión del cargo: siéndome imposible asumir una crítica en profundidad de una obra literaria (ni estando remotamente preparado), comentaré aquello que más ha contribuido a la impresión que me cause el texto.

Con Fin, David Monteagudo pretende desentrañar las reacciones de un grupo de personas normales, ciudadanos de a pie, según se van derrumbando al ser enfrentados a una situación límite –o esto es lo que él dice-. Para ello, los reúne en la misma vieja casa de campo donde de jóvenes formularon la promesa de reencontrase veinte años más tarde. Bien pronto se ve que lo que prometía ser una reunión de lo más decepcionante, como sería de esperar de un grupo de antiguos amigos que ya ni comparten recuerdos trasnochados, revierte en una desesperada huída adelante a medida que los compañeros van desapareciendo uno a uno en alucinantes circunstancias. Desde el principio Monteagudo suscita dos enigmas alrededor de los cuales va a construir su delirante trama y que nunca terminará por desvelar. Si bien, tras finalizar el volumen comprendes que dichos enigmas son la zanahoria con la que tira del lector y que su pretensión real es otra -impresión que he confirmado al leerle en entrevistas- la sensación de estafa es irremediable. Y esto, a mi entender, sucede porque Monteagudo abusa de la técnica de tentar con el anzuelo hasta el punto de que devoras las páginas, acelerando más y más, para saber de una vez qué demonios está pasando y sentirte aliviado mordiendo la zanahoria. Y, además, porque su objetivo real, el de explorar la condición humana en el miedo, se queda sin desarrollar en profundidad, ni resiste tampoco la menor comparación con las durísimas autobiografías escritas tras los episodios totalitaristas del siglo XX. A pesar de lo cual, no voy a negar tampoco las evidentes cualidades de una novela que te mantiene en vilo y te entretiene como pocas, ni la habilidad de David Monteagudo con la narrativa comercial, que está al mismo nivel que el de cualquier otro autor de bestseller.

Me atrevo a esbozar algunos de los motivos que explican por qué los caprichosos vientos comerciales de las ventas le están siendo favorables a Fin. Por un lado está el aspecto distinguido que atesora toda rara avis y que lo promociona ante los lectores que se venden como “descubridores de piedras preciosas”; por otro la eficacísima estrategia de marketing de Acantilado y el prestigioso acompañamiento de su nombre; también ha funcionado el boca-oreja para un texto con notables virtudes narrativas, así como el aspecto referencial: se le ha comparado con La piel fría de Sánchez Piñol, el Mecanoscrit del segon origen de Pedrolo o a La carretera de Cormac McCarthy; y, quizás, también ayuda la imagen de “hombre hecho a sí mismo” o de “Juan Nadie” del propio David Monteagudo. A pesar de ello, me temo que Fin juega en una división más humilde que la de las obras antes mencionadas y que difícilmente resistirá el fino tamiz de los años; mientras éstas tienen claro a dónde van, y allí se encaminan y culminan siguiendo un plan trazado de antemano, la novela de Monteagudo naufraga en los objetivos aun convenciendo en varios aspectos formales: si uno escoge sacrificar el desenlace en un género en el que eso es causa de excomunión, más le vale proveerse de unos argumentos estéticos o de contenido irrebatibles. Fin es una obra precipitada en la que no se ha invertido todo el trabajo previo de maduración que debiera garantizarle arribar a buen puerto.

A pesar de todas las pegas expuestas me atrevo a recomendar la lectura de Fin, sobre todo después de haberos estropeado el desenlace, así soy yo. Quizás, ahora que ya no estéis preocupados por la resolución de los enigmas que plantea Monteagudo podáis apreciar mejor su habilidad narrativa.


13 nov 2009

Lavinia. Ursula K. Leguin




Lavinia
Ursula K. Leguin
Minotauro
Cuando Andy Warhol salió con aquello de los 15 minutos de fama en el fondo no hacía más que actualizar uno de los anhelos más viejos del hombre, el de ser reconocido como un héroe: en su momento en virtud de la relación tabulada de gestas heroicas –liquidar al minotauro o vencer la tenaz resistencia troyana- y ahora con cualquier excusa que lo publicite a uno en los mass media, principalmente futilidades de escasa consistencia y mérito. Sin embargo, la perspectiva histórica sí que matiza la puesta en escena y la perdurabilidad de los medios de registro: clásicamente en forma de poema épico o epopeya que afronta inmutable los siglos que le echen, frente a la brevedad de usar y tirar de la televisión y la prensa modernos. Así, la ventaja que supone haber nacido hace más de dos mil años, en el marco de un proyecto personal heroico, es que la persistencia del relato de las gestas está garantizado, salvando las obvias catástrofes naturales y la quema de bibliotecas en manos de pirados con antorchas, y, con ello, el principal requisito: ¡que dure la cosa! Al final, una más de las estrategias para despistar a la muerte y que certifica el éxito sin paliativos del hombre activo frente al hombre reflexivo; este pobre la verdad que se lleva la peor parte, ni le cantan los poetas ni se come un rosco. En fin, que como sucede siempre, el tiempo lo reduce todo a polvo: cuando antes era imprescindible para el héroe que su fama traspasara las generaciones hasta lo inconcebible, hoy en día, en la era del low cost, hay que conformarse con unos minutillos heroicos. El héroe clásico vencía con su fama a la muerte, ahora chulea ante los amigos y poco más. Las diferencias entre ambos son tantas que, para el atareado hombre moderno, la posibilidad de acceder a una versión actualizada de las epopeyas clásicas es una herramienta utilísima para hacerse una composición de lugar imprescindible: la historia pone a cada uno en su sitio y desenmascara al impostor. Así que conviene celebrar que una de las plumas más laureadas de la literatura fantástica se sume a esta corriente de enmienda histórica –y, porque no, de desvelo de los auténticos significados de las palabras; léase aquí héroe- con la revisión de La Eneida del poeta romano Virgilio.
Ursula K. Leguin ha aprovechado toda su habilidad de contadora de historias y su reconocido feminismo para dar voz, en Lavinia, a la mujer del héroe ateniense Eneas, a la que Virgilio dejó un poco esquinada en su poema (recordemos el papel escasamente cenital de las mujeres en los textos clásicos). Lavinia, hija del rey Latino, llega a la mayoría de edad y debe desposarse con uno de los pretendientes venidos de los reinados cercanos con intención de fortalecer los lazos políticos entre ambos países. Lavinia decide postergar su decisión hasta la llegada del héroe Eneas que, como le ha augurado el espíritu aparecido del poeta que cantará su vida, trae consigo la guerra y la fundación de un imperio colosal. Y hasta aquí puedo leer.
Leguin ha respetado el tono lírico que caracteriza la voz de Virgilio pero la ha modernizado de tal forma que podemos identificarnos con la protagonista y compartir sus sentimientos, además de asistir a la versión de aquellos que no tienen la palabra en el poema clásico, las mujeres y los débiles. Esta apuesta nos permite evitar la digestión pesada de un texto antiguo sin tener que hacer concesiones a la historia. Pero todo tiene un precio, naturalmente lo que está más cerca de la Italia de hace 2000 años es un texto de entonces, así que la versión del siglo XXI siempre se dejará cosas por el camino, ni que se trate de un cierto desapego histórico. Además, Leguin no puede evitar que su protagonista hable a veces por boca de la autora, como en algunos párrafos un tanto teñidos de reivindicación feminista, o que se comporte como una guía turística transportada en el tiempo y nos comente, de vez en cuando, el folclore y las peculiaridades locales (aquí el embrujo se disuelve de inmediato). Aunque, por fortuna, Ursula K. Leguin dispone de unas habilidades narrativas incuestionables y es capaz casi siempre de mantener bien sujetas las riendas de su argumento y sobresalir allí donde siempre ha triunfado: la tensión narrativa y la armonización de la realidad con lo mágico. Aquí enmienda las debilidades inherentes a toda actualización de un texto clásico y justifica la lectura de una novela que emociona y que añade una nota de cierto exotismo a una bibliografía completamente enmarcada en la ficción fantástica.
Lavinia, publicada en España por la editorial Minotauro, se encuadra perfectamente en el proyecto literario de Ursula K. Leguin y defraudará a muy pocos; aunque quizás, sea ésta su principal pega, que es otra vuelta de tuerca más a un universo que ya casi no da de sí.