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2 jun 2010

El enigma de la calle Calabria. Jerónimo Tristante



El enigma de la calle Calabria
Jerónimo Tristante
Editorial Maeva




Tengo la penosa fortuna de frecuentar el centro de Barcelona por motivos de trabajo, lo hago casi a diario y vivo la experiencia encabronado. Hubo un tiempo en que lo malo fue la profusión de turistas cerveceros y descamisados, pero hoy las cosas se han puesto ya imposibles; la crisis económica y el desinterés que muestra por sus conciudadanos el ayuntamiento barcelonés, enrocado desde la borrachera de las Olimpiadas del 92 en la promoción de grandes eventos y comandado por gestores lunáticos de oídos sordos y afán recaudador, han transformado el carismático barrio de Ciutat Vella en un parque de atracciones deprimente y vergonzante, núcleo gravitacional que concentra todo el catálogo de miserias de una ciudad desnortada: fulleros, timadores, carteristas, chulapos, mendigos, putas, arribistas, empresarios inmorales, traficantes, borrachos, funcionarios corruptos, etc. La Rambla ya no es un paseo, es una gincana arbitrada a derecha e izquierda por infatigables fantoches degradados en sus pedestales, y el asombroso aparador del mercado de la Boqueria oculta un submundo de catacumbas nauseabundas, pseudoesclavismo, pisos patera y almacenes infestados de plagas. A todos nos gusta visitar otros países, y lo que ansiamos principalmente es asombrarnos con un modo de vida y un paisaje radicalmente diferente al nuestro, incorrupto, incontaminado y orgulloso, desgraciadamente esa esperanza solo la disfrutan los primeros en llegar: al que todavía dude de la capacidad del turismo para hacer pedazos el paisaje físico y moral de una ciudad, que se pase por aquí. Ciutat Vella es ya la zona cero de una Barcelona que expulsa a sus habitantes al extrarradio, cuando no a otras urbes más humanas y civilizadas. A los urbanitas que amamos un espacio público limpio y educado ya sólo nos queda lo rural.
Lo mejor de El enigma de la calle Calabria, la última aventura del ingenioso y racional detective Victor Ros, es que nos muestra la joven Barcelona de finales del siglo XIX, una ciudad en plena expansión económica y cultural, la ciudad de los Cambó, Santiago Rusiñol, Antonio Gaudí y Josep Pla, la del Modernismo, los submarinos de madera de Monturiol, los anarquistas, las tardes del Liceu y las tertulias, la de los Quatre Gats y las sufragistas. En fin, la de la mejor Barcelona que nunca haya existido, una apasionante ciudad llena de vida y cultura, en la que tampoco faltaban los barrios deprimidos, la picaresca y la prostitución, pero a pesar de eso, una Barcelona carismática y con personalidad. A Jerónimo Tristante, el escritor que ha dado vida al afamado detective madrileño -que ya cosecha con esta su tercera aventura- no se le resiste ninguna ambientación histórica; se ha documentado estupendamente y ha sabido transmitir todo ese espíritu de ciudad en ebullición con futuro (¡ay!) que fue la Barcelona tardo-decimonónica. Esta es a fin de cuentas la mayor pretensión del autor, mostrarnos una realidad maravillosa y perdida, adánica: la historia de intriga que nos narra no es más que el caramelillo con el que seducirnos. Lo cual no rebaja el mérito para una aventura bien urdida e impregnada del aura de los grandes clásicos del género, principalmente de Arthur Conan Doyle. Así, el detective Victor Ros nos resultará perfectamente reconocible, una figura a la española inspirada en Sherlock Holmes o H. Poirot, quizás no en los rasgos más llamativos de su personalidad, pero sí en las clásicas herramientas narrativas de las que J. Tristante echa mano para cincelarlo, aquí se le adivinan las lecturas que lo inspiraron.
En el plano estrictamente formal, el entusiasmo se me enfría un tanto. Jerónimo Tristante muestra algunas limitaciones narrativas que debieran haber sido identificadas y remediadas por el editor. Con el loable ánimo de no dejar lagunas en la ambientación histórica, dota a sus personajes y al propio narrador omnisciente de un lenguaje de época a menudo torpe, que me ha resultado indigerible en ciertas escenas por excesivamente pedante o inverosímil. Además, este problema de desafección se agudiza cuando se le desorienta el narrador, que no ha dibujado con claridad desde el principio; tan pronto se presenta como una voz inidentificada de finales del siglo XIX que nos relata una aventura como con la de un historiador contemporáneo que nos ilustra sobre un momento histórico pasado. Además, los personajes carecen en muchos casos de densidad. Esto se evidencia dramáticamente en el caso de Victor Ros, un detective falto de carisma y de contradicciones internas que milita en un género literario donde no es admisible desatender a la personalidad del protagonista. Me da la impresión de que J. Tristante ha repartido mal sus esfuerzos preparatorios, mucho trabajo de documentación histórica y muy poco en el ámbito narrativo y argumental. Su trilogía está perfectamente ambientada, pero carece de alma. Un poco como si los relatos del Padre Brown se hubieran mezclado accidentalmente con Amor en tiempos revueltos.
Terminamos, El enigma de la calle Calabria es una aventura agradable, con buenas intenciones y que cumple solventemente como novela histórica de entretenimiento, pero que adolece de un insuficiente oficio de escritor. Opino que Jerónimo Tristante dispone del talento suficiente para labrarse un nombre en el género de la novela negra histórica, pero para ello tendrá que arrimarse a un editor competente que le pula y mejore los textos.




6 may 2010

Descansa en paz. John Ajvide Linkvist





Descansa en paz
John Ajvide Lindqvist
Espasa



Los zombies están de moda. Quizás este hecho esté relacionado con el cauteloso retorno de la moda hippy (no sé, siempre me he imaginado a los zombies vestidos con pantalones de pata de elefante y peinado afro), aunque, por otro lado, un autor atento a las historias que puedan surgir a su alrededor, nunca podrá sustraerse completamente a la tentación de escribir sobre ellos cuando se los encuentra cada lunes por la mañana en la oficina, incluso a mi me entran ganas al observar a algunos compañeros. En fin, el retorno de los zombies siempre es una buena noticia, particularmente para los que pasamos miedo de verdad con las cosas del terror y en general preferimos la cola descafeinada; a su favor juega que el fenómeno resulta completamente inverosímil -frente a la consistencia real de los asesinos, el regreso de los muertos es totalmente insensata-, que con ese aspecto de muppets en baja forma, estéticamente dan más asco que susto y que, además, siempre nos dejan margen para la huída. A mí, supremo caguica entre los cagones, los encuentro de lo más simpáticos y los prefiero principalmente por una razón incontrovertible, lo más cercano a los redivivos que buscan carne humana para alimentarse son los caníbales y éstos sí que representan la punta de lanza del terror más pavoroso y escalofriante, así que mientras funcione la moda zombie, bienvenida sea, los cobardes del mundo nos libramos del regreso de la insoportable moda caníbal.

Además de simpatía, también me han despertado generalmente un cálido sentimiento de ternura, incluso confieso haberme sentido aliviado en muchas ocasiones cuando se dan un festín con algún patoso rezagado. Claramente, esta afabilidad que siento tiene origen en la inocencia infantil de los zombies, que al igual que con sus primos hermanos los fantasmas, tampoco han escogido despertar del sueño de los justos para no sacar provecho alguno, y de la terrible injusticia que supone además para los vivos asistir a la traumática escena de ver a sus seres más queridos convertidos en zombies y, lo que todavía es peor, vestidos y peinados a la moda de los años 60-70. Esta misma ternura parece que es la que ha espoleado a John Ajvide Lindqvist, el autor de esa extraordinaria novela de vampiros que fue Déjame entrar, a narrar una historia centrada de nuevo en esos sentimientos de desencuentro que, a la postre, mediatizan todas las relaciones humanas.

Descansa en paz, publicada por Espasa con papel de calidad de edición de bolsillo y lamentable ilustración de portada, no va a representar la cumbre de la carrera narrativa de su autor, pero sí un peldaño más en la construcción de un universo personal que va camino de sumarse a los de las más ilustres plumas de la narrativa de terror. En Descansa en paz JA Lindqvist repite ese formato de historias cruzadas que ya domina a la perfección: la de un cómico que en el mismo día en que se enfrenta a la noticia de la muerte de su amada esposa, presencia su despertar en la camilla de un hospital, la de una anciana ferviente católica que, junto con su nieta, tiene que hacer frente a su detestable marido, al que creía ya fallecido y, finalmente, la más terrible, la de una mujer que en connivencia con su padre esconde a su hijo, que literalmente ha regresado de la tumba. La historia se inicia con un extraño episodio de cefaleas que afecta a todos los habitantes de Estocolmo un día en el que la ciudad se abrasa de calor, en el punto culminante todos los aparatos eléctricos dejan de funcionar normalmente. A partir de este momento, que cesa tan súbitamente como se ha iniciado, todos los muertos recientes regresan a la vida y tratan por todos los medios de llegar a su casa. Lo que viene de seguido se intuye fácilmente; los ciudadanos se encierran aterrorizados en sus casas mientras el gobierno activa todos los servicios sanitarios y de seguridad disponibles para restablecer la situación de Alerta Nacional declarada en toda Suecia. A los redivivos se les encierra inicialmente en un gran hospital para su estudio y, tras confirmar que son inofensivos, en un centro ad hoc en las afueras de Estocolmo. El grueso del argumento, como ya os he comentado, lo componen las tres historias familiares; el efecto emocional y las distintas reacciones que causa el regreso de los muertos entre sus allegados. Lógicamente las historias personales se ligan entre si mediante el relato de superficie que traspasa toda la novela, y que trata de esclarecer aquellos enigmas que encierran estos sorprendentes acontecimientos. Todas las historias convergen y se cierran convincentemente en los últimos capítulos del libro dejando un redondo regusto de obra completada con oficio.

Nos encontramos pues ante otra vuelta de tuerca en el imaginario de JA Lindqvist: para aquellos de vosotros que leísteis y disfrutasteis Déjame entrar, su nueva novela se actualiza con un cambio en la forma, pero no en el fondo -a las pocas líneas os reencontraréis en un conocido entorno familiar en el que repantigaros y pasarlo bien relajadamente, como en casa vamos-. El autor reedita una fórmula de éxito que, si no cansa, es porque funciona perfectamente y a la que no le faltan argumentos: tiene tensión, nervio y escenas tremendas, los personajes, por muy muertos que estén, son de carne y hueso, orgánicos y veraces, y aunque el género de los zombies esté más que trillado JA Lindqvist llena su libro con un torrente de buenas ideas. Definitivamente, las mismas virtudes que ya destacamos en Déjame entrar. En una reciente entrevista JA Lindqvist confesó estar preparando una novela de fantasmas, uno de mis temas favoritos. Habiendo visto su trayectoria profesional, quizás busque aplicar a cada subgénero dentro del terror esta efectiva fórmula, y machacarla hasta que deje de funcionar. Bueno, tampoco me parece mal, otros están triunfando con una sola idea, y JA Lindqvist tiene sacos llenos de ellas.

Si bien es verdad que se trata de una obra inferior a Déjame entrar, que hasta la fecha supone el momento cumbre de su narrativa, Descansa en paz le pisa los talones, va a convencer a sus nuevos lectores y a gustar a los ya convencidos. Narrativa de calidad, talento y mejores ideas son las fuentes que nutren al mejor autor de terror del momento.

Finalmente, todavía quedan tres libros por traducir al castellano de JA lindqvist, además del que tiene entre manos, así que tenemos terror sueco del bueno para rato. ¡Enhorabuena!




14 abr 2010

APOCALIPSIS Z. Los días Oscuros.





Manel Loureiro.
APOCALIPSIS Z: Los días oscuros.
Plaza & Janes.




Buena Luna Criaturas.

Después de ver el éxito que esta teniendo este mes en lo que a estrenos cinematográficos se refiere, nos hemos tenido que pasar al terror ancestral escrito negro sobre blanco. A no ser que la peculiar "Alicia" del amigo Tim nos anime el mes, parece que este va a ser uno de los meses mas duros en cuanto a reseñas cinematográficas desde que iniciamos nuestra andadura por el ciberespacio.

Pero dejandome de reflexiones oscurantistas sobre lo malo de los estreno de cine, hoy vuelvo al ataque con uno de mis temas predilectos, los amigos Zombis. Hace ya bastante que escribí una reseña sobre le primer trabajo del letrado Manel Loureiro, donde después de dar el salto desde los post's de su blog fantástico sobre un hipotético ataque zombie mundial, pero narrado desde la prespectiva española, publicaba el primer libro de "Apocalipsis Z" en diciembre de 2007.

La verdad es que fue un libro, que sin florituras linguísticas de las que suele disfrutar el Almirante, a mí me entretuvo gratamente y me absorvió sin mas. Pronto me enteré de que Manel Loureiro estaba preparando una segunda parte y en cuanto la vi en las novedades, no puede mas que comprar y leerla avidamente. "Apocalipsis Z: Los dias Oscuros" es la continuación lineal de la historia narrada en el libro anterior y de como los cuatro protagonistas llegan hasta las Canarias y prueban en sus carnes lo que es la nueva civilización.

SINOPSIS:
Los supervivientes de Apocalipsis Z consiguen llegar a las islas Canarias, una de las últimas zonas a salvo de los No Muertos. Pero lo que allí encuentran es un estado militar enzarzado en una guerra civil, con una población hambrienta y sin apenas recursos para sobrevivir.

Los altos mandos de Tenerife le piden al protagonista y a su inseparable compañero que junto a un equipo de soldados lleven a cabo una misión casi suicida: saquear el hospital La Paz de Madrid, uno de los primeros Puntos Seguros en caer, donde se almacenan toneladas de medicamentos imprescindibles para los supervivientes. Deberán decir adiós a la seguridad de la isla y volver a un infierno inimaginable: un Madrid posapocalíptico, lleno de zombis agresivos que volverán a poner a prueba el coraje de los protagonistas.

Pero lo que no imaginan es que la maldad de un hombre pondrá en peligro los restos de la civilización que han dejado atrás…
 
Lo primero que pensé al ver el segundo libro era que me soprenderia mucho que mantuviese el ritmo al nivel adrenalínico del primero, pasando a ser mas un producto de encargo diseñado para el puro consumo. Lo cierto es que tiene algo de lo anterior, pero gracias a la intervención de la editorial Plaza & Janés, el libro ha ganado en estructura, riqueza lingüistica y formas, cosa que creo  que tiene que ver mas con un buen corrector que con un subito advenimiento de la literatura a la mente del autor. Espero que nadie se ofenda por lo anterior, pero así como su primer libro destilaba frescura y aunque a veces de forma embarullada y torpe, te metia de lleno en el caos del apocalipsis, esta última entrega parece un episodio mas de una larga saga zombi, que forrará los bolsillos de Loureiro.

Independientemente de los motivos y formas de hacer de Loureiro y Plaza & Janés, lo cierto es que la historia nos devuelve a los viejos amigos del primer libro, y aunque mas convencional, es divertido y entretenido con momentos estelares como la presencia de la Familia Real, Esperanza Aguirre y las luchas intestinas entre los republicanos y los "Froilos". Todo ello dirigido a explicarnos una pequeña aventura del autorretratado protagonista y dejar todo un mundo de posibilidades para seguir argumentando el mundo zombi que ha inventado Loureiro.

Sin duda recomemdable para los que, como yo, disfruten de la destrucción de lo establecido, pero que no esperen nada nuevo, porque esto parece mas un guión de algún episodio de una serie televisiva que se emite a temporadas, que un libro con un principio y fin, aunque sea parcial, en sí mismo.

22 mar 2010

Un lugar incierto. Fred Vargas





Un lugar incierto
Fred Vargas
Siruela




No habíamos superado aún el estupor de ver las librerías literalmente colapsadas por una montaña derrumbada de volúmenes etiquetados como "novela histórica", cuando una nueva cordillera ya amenaza con venirse abajo, la de los detectives. Los hay griegos, jóvenes y viejos, peluqueros, arrabaleros, aristócratas y también suecos, que son los más abundantes y rentables. Todo el mundo, sobre todo si está en posesión de la irrefutable certeza de tener algo qué decir, se apunta a la moda y produce un texto con el que redondear ese sueldo que nos va menguando como si lo hubiéramos obtenido de manos de la Reina de Corazones (cada vez más la realidad, y esta es una opinión sobaquera, es Carrolliana: está más del otro lado del espejo). Los que hacemos el chorra con las letras sin ánimo pecuniario somos la salvación de la especie (pues vaya una gilipollez). En fin, si un marciano visitara la Fnac, penetrara en su mundo de moqueta húmeda y 5% del precio en puntos indirectos, y sondeara las mesas de novedades editoriales, se llevaría la impresión de que somos una especie hiperviolenta y mitómana, entusiasmada con los asesinatos y las masacres, y deseosa de que los muertos cobren vida y nos compliquen todavía más las cosas. Y no andarían muy desencaminados: a menudo parece que, subconscientemente, reclamemos a los muertos, o a los más tarados de entre los vivos, el desembrollo de los problemas que nosotros mismos generamos. Cuando se trata de aplicar soluciones imaginativas y aleladas, no hay quien nos gane (ojo! a la clase política española, la vanguardia del surrealismo).
Volvamos a los detectives, que me pierdo. En el universo de la novela negra los matices son la madre del cordero (eso, y poco más, distingue a J. Connolly de S. Larsson). Aquí, donde ya se sabe que la atención a los detalles es la herramienta esencial para dotarse de voz propia en un género agotado formalmente, me quedo con Fred Vargas. La escritora francesa ha sabido edificar un castillo al que no le faltan los fantasmas ni los pasajes secretos custodiados por gárgolas que cobran vida, un factor diferencial único en su especie que la sitúa a caballo entre la novela policíaca y la ciencia ficción (abundando principalmente en el primero de los géneros, por supuesto). Su detective, el comisario parisiense Adamsberg, milita en el subgrupo de los investigadores despistados que apuntalan su talento de sabueso escrutador en la intuición, la misma "vocecita" que siempre aconsejó sabiamente al atlético Thomas Magnum. Salvando las distancias, ni el porte ni sus escarceos amorosos se le asemejan, Adamsberg sabe que su fuerte no es la precisión analítica ni su habilidad para la deducción, sino la perspicacia y una finísima atención para los elementos anacrónicos: los detecta y memoriza sin dificultad, necesitando, por otro lado, llevar siempre a cuestas una libreta de bolsillo para anotar el nombre y aspecto de sus subordinados, incapaz de recordarlos. Aquí, y tratándose del jefe de un grupo de investigación criminal de la policía, las investigaciones nunca las lleva en solitario si no que se apoya en sus subordinados, por lo que las historias de F. Vargas dibujan siempre un populoso fresco que es una de sus principales virtudes argumentales (su fuerte no es la penetración psicológica de los personajes). Adamsberg no es una racionalista, acepta lo que viene "del más allá" sin prejuzgarlo, pero tampoco utiliza más herramientas en sus investigaciones que las que están al alcance de cualquier policía (los ouijas o las estacas en el corazón no son de su gusto); si alguien le dice que es un vampiro, no va a perder un minuto en rebatirlo, a él solo le interesa atrapar al asesino, y para eso es un fiera. Este es justamente el caso que nos ocupa: en Un lugar incierto, que es la última novela publicada por Fred Vargas en España (Siruela-Policíaca), Adamsberg y su equipo se las ven con un matador de vampiros que utiliza métodos brutales de aniquilación (se ve que ya no fabrican los ajos y las estacas como antes); transforma a sus víctimas en papilla o les corta los pies para evitar que regresen del más allá hechas una furia. La investigación se inicia en el esperpéntico cementerio londinense de Highgate y evoluciona en París y Serbia. Para los que ya hayáis leído otras de sus aventuras os avanzo que en ésta se esclarecen algunos cabos sueltos y se nos permite fisgar en ciertos asuntos escandalosos del pasado del comisario, y no leo más allá.
La narrativa de Fred Vargas aúna algunas de los mejores cualidades del género, como la arrebolada velocidad, el verbo sagaz y el diálogo acerado. Pero también adolece de ciertos deméritos clásicos: los personajes, excesivamente caricaturizados, carecen de grosor (el subordinado tonto, en toda ocasión es tonto, y el colega obeso lleva siempre sus bolsillos atiborrados de madalenas, aunque se haya anunciado el fin del mundo en los noticiarios de la tarde), tampoco parece haber espacio para la vida normal (salvo cuando está relacionada directamente con el caso, para todo lo demás aparece muy marginalmente), y la autora muestra un gusto vertiginoso por la extravagancia que en ocasiones aleja el relato de lo plausible. En fin, el tradicional conjunto de problemillas que es ya la sal del género pero que pervive como argumento crítico para tildar al género de "menor", ahí están los Hammett, Chandler o el tándem Bogart-Bacall para corroborar que en este género se ha sabido hacer de la necesidad virtud. El efectismo y la escenificación teatralizada tan frecuente en la novela negra, representa para el común de los lectores la realidad paralela en la que se dan los elementos imaginativos que garantizan una aventura policiaca "como las de antes".
Un lugar incierto supone otra más de las muescas con las que Fred Vargas rubrica la culata de un proyecto de género aventajado por la circunstancia de que su autora no se plantea la escritura como un oficio, es investigadora en arqueología para el CNRS, sino como un divertimento. Y eso se nota y se contagia. Si bien Un lugar incierto no puede considerarse, como tampoco ninguna otra de las investigaciones del comisario Adamsberg, ciencia ficción o fantasía sensu strictu, no le faltan puntos de conexión con estos géneros, ni otros méritos, para que un lector aficionado a ellos no pueda pasarlo en grande. Como yo lo he hecho, vamos. Si no fantasiosa, sí que es una novela fantástica como pocas.


Este de arriba es Jean-Hugues Anglade haciendo de comisario Adamsberg para la TV francesa.

8 mar 2010

Observamos cómo cae Octavio, Hernán Migoya

Observamos cómo cae Octavio
Hernán Migoya
Barcelona: Martínez Roca, 2005
ISBN: 8427031688


Las voces de colores de Tete, Mina y Nanín atesoran una aventura tierna y a la vez sobrecogedora. Acompañados de osos de peluche, ogros y fantasmas, estos niños, verdaderos outsiders, se enfrentan al mundo adulto y tienen que capear un auténtico temporal. Observamos cómo cae Octavio, es una novela de imaginación fantástica que se queda ya conmigo. Igual porque en mis recuerdos los Big jims y las series de cruceros también ocupan un lugar destacado. O tal vez porque no me ha costado nada verme reflejada en esa manera de descubrir el mundo a lo bruto que compartimos los de una generación. Sea por el motivo que sea, me ha gustado mucho.

Sinopsis:
“¿Podemos enamorarnos cuando aún nos sabemos qué es el amor?
De niños, el amor y el terror pueden resultar sentimientos muy parecidos. Observamos cómo cae Octavio es una apasionante novela que aborda el descubrimiento prematuro de la vida, el sexo, el amor y…la muerte. Tete, Mina y Nanín son tres niños abocados al oscuro secreto que se encierra en la misteriosa cueva del Ogro Santos, el monstruo al que deberán enfrentarse para salvar sus vidas. Su incursión en lo desconocido les enfrentará, sin ellos saberlo, a una enigmática y estremecedora realidad. A partir de la mirada cándida e inocente de sus protagonistas, el lector se sumergirá en un universo que creía olvidado, en el que todas las experiencias son nuevas y perturbadoras”.

Aunque al principio cuesta un poco coger el hilo, tienes que avanzar y retroceder para no perderte entre las voces de colores, no seré yo la lectora perezosa que se queje de una entrada un pelín difícil, que no cargante, y para nada aburrida. Desde luego el aburrimiento está fuera de lugar en esta novela. Además, enseguida te acostumbras a seguir los colorines. Cuando te das cuenta ya has cogido músculo y podrías leerte lo que te echaran en ese formato.

Me ha sorprendido esa habilidad impresionante para saltar de un registro a otro (niño pequeño, niño más mayor, niña, adulto). Me han cautivado la riqueza del lenguaje y las descripciones que, de un soplo, te transportan a un camino nevado, al gimnasio de un colegio o a la intimidad de un hogar al mediodía. Me ha emocionado el final de la historia y he pensado ¡Cómo escribe este tío! Me encanta su obstinación creativa.

Pero no he entendido esa atemporalidad engañosa ¿Por qué euros? ¡Eran pelas!

13 feb 2010

No hay bestia tan feroz. Edward Bunker.



No hay bestia tan feroz
Edward Bunker
Sajalín Editores




Max Dembo lo tiene todo para ser un delincuente temible, es listo, perspicaz y valiente, tiene un pasado, tiene armas y un odio atroz que le fulmina el miedo, pero sobre todo, tiene un nombre, Max Dembo. Siempre he pensado que uno de los momentos más agradecidos para el escritor de novela negra es cuando tiene que escoger el nombre de sus personajes. Max Dembo es un nombre genial, nadie con un nombre cargado de esa sonoridad podría hacer otra cosa que reventar bancos y huir de la persecución policial en un Cadillac trucado. Vive rápido y muere joven, ya conocéis la historia.
Edward Bunker también es otro nombre impresionante. Edward es moneda corriente en todas las lenguas europeas desde tiempos inmemoriales, tiene una sonoridad vulgar y no le sobra carisma, sin embargo, el diminutivo ya es otro cantar, Eddie. Además, parece que el apodo le viene de seguido; algo del estilo de Eddie Scarface” o Eddie “lo que fuere” se aviene de maravilla con el ambiente carcelario. Quién no se pondría en guardia al ser presentado ante alguien con semejante nombre. A la vez, el tono se redondea con el extraordinario apellido, Bunker, que suena igual que el disparo de un arma de gran calibre. Veamos:
En mitad de la noche un leve crujido del parqué lo despierta, alarga la mano y, a tientas, acciona el interruptor de la lamparita de noche. En la fatigosa consciencia de la duermevela percibe una alargada figura acercándose,
- ¿Eddie? ¿eres tú?
- ¡Ban-ker! ¡Ban-ker!, estás muerto.
No hay bestia tan feroz es el primer libro que se publica en España de Edward Bunker (1933-2005), y lo hace, 36 años después de su publicación en EUA (1973), la jovencísima editorial barcelonesa Sajalín Editores (que ya ha sacado al mercado una nueva narración del mismo autor, Stark).
Tan pronto te haces con el volumen y ojeas la contraportada, la granítica mirada de Bunker te traspasa dejándote desarmado y adviertes inmediatamente que la conexión entre el autor y su bestia no es otra que la autobiográfica, Edward Bunker es Max Dembo. La vida de E. Bunker es materia literaria de primer orden, materia para una buena novela negra, claro, -a buen seguro que Tarantino ya ha adquirido los derechos de autor para el cine de su autobiografía, Memoirs of a renegade (todavía no en castellano)-. Un breve repaso a su vida sería el siguiente.
Tras la disolución de su desestructurada familia no hubo reformatorio capaz de contener el afán de libertad del joven Bunker, que se metió en atracos, drogas, palizas y toda suerte de delitos al alcance de un joven en la California de los años 60-70, la época de los hippies y los alucinógenos. Un carrusel de experiencias fuera de la ley que lo destinó a patear los patios de un buen número de prisiones –consiguiendo el dudoso honor de ser el reo más joven encarcelado en San Quintín-. A la edad de 42 años ya había pasado 18 en prisión y su vida se precipitaba sin remedio a una prematura muerte de la que se escabulló milagrosamente por mor de su voraz pasión lectora y de la fortuita ventura: Louise Wallis, la estrella de Hollywood retirada y esposa del afamado productor de Casablanca, dedicada ahora a reformar jóvenes delincuentes, tomó bajo su amparo a un violento reo de 27 años llamado Edward Bunker. La subscripción al New York Time Books Review, regalo de L. Wallis, un curso universitario por correspondencia, miles de lecturas y seis tentativas fallidas de novela, obraron el resto del milagro. Tras la muerte de su mentora en 1962, E. Bunker cayó en el desamparo y tonteó con la delincuencia de nuevo, pero afortunadamente la semilla de Louise Wallis ya había anidado en él y no tardó en reformarse. Publicó seis novelas en vida, además de sus memorias, y participó como actor en más de una veintena de películas, entre las que se cuentan The running man (1987) y Reservoir dogs (1991) (Tarantino nunca ha desaprovechado la ocasión de manifestar públicamente su admirada adhesión). Edward Bunker es ya hoy un referente de la novela negra y cosecha un merecido prestigio que es el orgullo del gremio.
Estas notas biográficas conforman la estrategia que he tomado para contaros el contenido del libro sin mencionar ni una línea del argumento. No hay bestia tan feroz es, sin repetirla, la vida de Bunker contada en primera persona por Max Dembo, otro delincuente de los años 70 en Los Ángeles. En No hay bestia tan feroz encontraremos atracos, palizas, huídas, coches robados, planes fallidos, putas, polis y yonkis, toda la panoplia de mejor cine policíaco de la época. Pero también amor y pasión, y, principalmente, el relato del día a día de los desheredados en los bajos fondos americanos, su desesperada lucha por la supervivencia. Aquí es donde despunta el principal valor añadido de E. Bunker, un valor único e inapreciable en la narrativa de novela negra, la sinceridad de una voz que habla desde la experiencia vivida intensamente. Nadie como él para imprimir veracidad en la perspectiva del delincuente. Y de qué manera, sus delincuentes son personajes llenos de una densidad humana a prueba de la mejor narrativa moderna americana; en el terreno de la creación de personajes, encuentro preceptiva la comparación con Ford, Auster o Roth, sobre todo en su núcleo duro, el plano moral (Bunker sabe mantenerse distante y nunca prejuzga a sus personajes, éstos hablan por sí mismos, y tienen una autenticidad irrebatible). Por lo demás, su narrativa es tan sincera como efectiva: sientes en tu propia piel el terror suicida de la persecución, la adrenalina del atraco, el razonamiento embotado por el exceso de anfetaminas y noches sin dormir, y la desesperación del camino sin salida que es una vida donde el presente es el horizonte más ambicioso.
John Connolly, Fred Vargas o Stieg Larsson nos ofrecen diferentes perspectivas del detective, valiosos matices de un mismo patrón, pero si queréis de verdad una aproximación radicalmente auténtica, si buscáis compartir la verdad con sus protagonistas, daos un paseo por la obra de Edward Bunker. Impresionante.

Nota: es Mr. Blue en Reservoir dogs, el que está más la derecha en la fotografía que os adjunto -el que parece mirarse los zapatos, vamos-.

1 feb 2010

Burton por Burton- Prólogo de Johnny Depp, de Mark Salisbury


BURTON por BURTON.

Edición de Mark Salisbury.
Prólogo de Johnny Depp.
Edición ampliada y actualizada.
Angle Editorial, 2009.
ISBN: 978-84-96970-49-6.

El universo Burton es un océano profundo en el que hay que sumergirse. Es otro mundo, con otra luz, con otras reglas, lleno de detalles que dan sentido a la totalidad. Y ahí estás disfrutando de la intensa vida de los muertos, de amores de ultratumba, de sorpresas funestas, cuando te preguntas cómo empezó todo. Y entonces por arte de birlibirloque aparece “Burton por Burton”, con prólogo de su amigo Johnny Depp que además de estar como un queso, es un auténtico icono underground.

¿Qué más se le puede pedir a un libro sobre Tim Burton?

En palabras de Johnny Depp,

“Para mi es un auténtico genio y, creedme, no utilizaría este calificativo con mucha gente. Lo que hace él no se puede etiquetar (…) Tiene un don muy especial que no se encuentra cada día. No se le puede considerar un simple director de cine. Resulta más adecuado el título, tan escaso de “genio”, y no sólo por sus películas, sino también por los dibujos, fotografías, ideas, por su agudeza y por su imaginación.”

Burton por Burton” nos explica como empezó todo, desde el principio. Aporta nueva luz a ese universo cautivador y mágico. Se detiene detalladamente en cada una de sus obras explicando las anécdotas, el antes y el después, analizando el acto creativo.

Después de los agradecimientos, el prólogo de Johnny Depp y la introducción de Mark Salisbury, comenzamos el recorrido por su infancia en Burbank y a continuación nos explica su experiencia en Disney y cómo nació “Vincent”.

Rememorando esa etapa, Burton nos habla sobre los modelos impuestos por la sociedad y los impulsos reprimidos.

“Recuerdo que un día me sentí completamente frustrado, porque me encanta dibujar pero en realidad no se me da demasiado bien. Un día alguna cosa hizo clic dentro de mi cerebro. Estaba preparando unos bocetos y pensé - A la mierda, me da igual si sé dibujar o no. Me gusta y punto – Juro por Dios que de un segundo a otro experimenté una sensación de libertad que no había sentido nunca anteriormente.”

A los que nos gusta que nos cuenten cómo nace una idea, cómo se gesta un proyecto, esta parte del libro nos muestra que de lo malo siempre se aprende. Nos enseña lo transformadores que pueden ser los baches de la vida, la importancia de la amistad, la coherencia de una vida apasionada, el valor de mantener la fe en lo que uno hace.
La importancia de encontrar el sentido, de conseguir la capacidad de comunicar. Es un gran mensaje, la verdad.

A continuación, de su mano recorremos “Hansel y Gretel” “Frankenweenie, “La lámpara de Aladino”, “La gran aventura de Pee-Wee” “Beetlejuice” y “Eduardo Manostijeras”.

Aquí aparece el tema de la soledad, de la conexión con el entorno y también nos presenta el tema de la libertad bajo los disfraces.

“Crecí con películas de Lon Chaney y Boris Karloff. Estos tipos tenían una libertad especial, aunque mucha gente crea que no se les ve por culpa de la cantidad de maquillaje que llevan, cosa que me parece una tontería. He descubierto que cuando maquillas a un actor, en realidad le estás liberando. Se pueden esconder detrás de una máscara y mostrar otra cara de ellos mismos, y eso es genial.”

Poco a poco llegamos a “Batman vuelve” “Pesadilla antes de Navidad” “Cabin boy” y “Ed wood”. Seguidos de “James y el melocotón gigante” “Mars attacks!” “Superman lives” “La melancólica muerte del chico ostra” “Sleepey Hollow” y “El planeta de los simios”, capítulo especialmente interesante para quien quiera saber los motivos que llevan a producir un remake sin tener acabado el guión.

Finalmente la obra repasa “Big Fish” “Charlie y la fábrica de chocolate” “La novia cadáver” y “Sweeney Todd”.

El recorrido por la filmografía Burtoniana no sólo sirve para tratar el tema del arte en el cine. También nos habla sobre la dualidad y sobre el rechazo de la realidad. Además de mostrarnos “esas cosas” que se hacen para sobrellevar la existencia y enseñarnos a dar la vuelta a ciertos estereotipos expresivos.

El libro, repleto de fotografías y dibujos originales del director, es una delicia concebida para ser leída de un tirón. Imprescindible para amantes del cine, del arte y por supuesto de Tim Burton.

6 ene 2010

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Haruki Murakami



El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas
Haruki Murakami
Tusquets Editores


Si no fuera porque siempre he escogido los libros que he criticado según impulsos liderados por el estandarte del eclecticismo, muchos pensaríais que sin duda desvariaba al incluir un texto de Murakami entre las reseñas de este blog. Nada más desacertado, os aseguro que Haruki Murakami se ha metido de lleno en la ciénaga de la ciencia ficción con los dos pies y con intenciones de darse algo más que un paseo de domingo por la tarde, tanto como que mi sentido de la orientación y la conducción personal sigue pendiendo de un hilo de seda como siempre a pesar del cambio de año, que aseguran que cura sana cura sana.
Tras haber publicado en España seis novelas y un libro de relatos en Tusquets Editores, donde el patrón consistía en desentrañar si el hombre posmoderno tiene realmente algo de hombre o si en realidad resulta que el elegante encanto de navío a la deriva que lo eleva un palmo del suelo se queda en realidad en el vacío atributo que le acompaña, nos llega esta novela de aún más extraño título en la que, sin abandonar este prolífico proyecto de indagación, se arremanga la camisa para mostrarnos que es capaz de afrontar nuevos horizontes; una demostración de fuerza para los que lo han tachado siempre de autor circular condenado a reescribir mil veces el mismo libro. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (para facilitar las cosas, EFMyDPM) utiliza el habitual formato Murakami de historias paralelas que se alternan en los capítulos del libro, y que no se sabe cómo convergen en los episodios finales para completa confusión de unos esperanzados lectores que repiten la receta a pesar de las reiteradas frustraciones a los que somete una y otra vez el autor. La primera de las historias se desarrolla en El fin del mundo, una ciudad amurallada perfecta que reclama de sus habitantes el corazón y su sombra a cambio de la paz absoluta, y la segunda, en un Despiadado país de las maravillas sito en el Tokio de inicios del siglo XXI, pero en versión ciencia ficción distópica: el control de la información está en manos del Sistema, una megaempresa que lucha incansablemente contra la organización clandestina rival conocida como Factoría y que agrupa a los despiadados semióticos (otros tipos aún más siniestros que disfrutan comiéndose a los humanos, los Tinieblos, también complicarán las cosas). El protagonista de El fin del mundo entra en la ciudad amurallada con el objeto de leer los antiguos sueños almacenados en cráneos de renos, mientras que el de El despiadado país de las maravillas es un técnico calculador -una especie de informático- encargado de encriptar información sensible para el Sistema mediante el uso de una sofisticada técnica mental y que, por causa aceptar el encargo de un alucinado científico, se ve envuelto en las peligrosas luchas de poder entre las organizaciones antagónicas. A pesar de lo disparatado que os pueda parecer este argumento, tras añadirle las imposibles simbologías de Murakami y los habituales devaneos líricos-mágicos de la literatura japonesa contemporánea la cosa deviene aún más estrambótica. Si bien tanto la trama como la ambientación son ciencia ficción al servicio de objetivos superiores, EFMyDPM se enmarca en este género con total compromiso.
La historia de EFMyDPM sigue una línea poco habitual para una novela de aventuras aunque perfectamente trenzada, con momentos de clímax, valles, enredos y resolución de enigmas repartidos en un ordenado desconcierto, y con un final poco o nada resolutivo que se extiende por varios capítulos enredándose en aparentemente inocuas descripciones costumbristas que van a dejarnos un agradable regusto de inaprensible sabor. Terminamos y queremos más, aun cuando parece que no hemos hecho otra cosa que pasar de puntillas por la desbordante imaginación de un lunático en pleno delirio. Las obras de Murakami siempre me causan este efecto, y EFMyDPM no es la excepción, parece que nunca pasa nada pero la tenue vibración que percibimos en su interior sintoniza perfectamente con la nuestra, y la reclamamos una y otra vez. Cuando termino un libro de Murakami siempre me prometo que va a ser el último, hasta que nos reencontramos en la mesa de novedades, qué se le va hacer, se trata de una debilidad personal que comparto con millones de Murakamizados lectores.
Los personajes de EFMyDPM, el lugar donde se echa toda la carne al asador, son triviales e insulsos, parece que sólo paseen sus huesos por este mundo sin importarles nada el tránsito al otro, las emociones no les modifican el gesto y se conducen tomando decisiones carentes de objeto y asentadas en convicciones apenas aprehensibles, les acuchillan y no oponen resistencia, hacen el amor con la misma pasión con la que se anudan la corbata. Sin embargo, de alguna manera nos resultan humanos, les comprendemos, compartimos su constante duda y les queremos, nos vemos reflejados en su fragilidad. El hombre posmoderno me resulta indefendible e indeseable, pero en parte le estimo, quizás porque se parece tanto a mí. Haruki Murakami es el escritor con mayúsculas de un prototipo generacional, y los que pertenecemos a esa generación no podemos sustraernos a su embrujo. Mi tesis se completa con la convicción de que parte de la trampa radica justamente aquí, los protagonistas de Murakami son tan corrientes y escasos de mérito que no nos exigen esfuerzo alguno para identificarnos con ellos y, para postre, les suceden cosas extraordinarias, son nucleares en historias que les caen encima como de un guindo y que todos ansiaríamos protagonizar. Además, y para enlucir un tanto a tan insípidos personajes, Murakami dota de significación los acontecimientos que les ocurren, por triviales que resulten, con lo que hace único y especial a cada humano; un anhelo que también compartimos todos nosotros.
En cuanto al aspecto formal de EFMyDPM, la ambientación es sobresaliente: Murakami afronta el reto que se ha propuesto con una solvencia sólo al alcance de los más experimentados escritores de ciencia ficción, por surrealista que sea la situación que nos presenta, jamás pierde el rumbo ni la sensación de verosimilitud y es capaz de argumentarla acudiendo a comprensibles aunque delirantes motivos, las escenas de acción son trepidantes y las transiciones sutiles. Además, y para escarnio de críticos esteticistas, consigue combinar con éxito en un mismo texto dos historias que discurren por cauces aparentemente irreconciliables y pertenecientes a mundos dispares: el de la ciencia ficción futurista y el de la fantasía mágica.
Sin alcanzar la altura del modelo que consiguió en Tokio blues, la nueva novela de Haruki Murakami viene a reforzar con una nueva aleación de sólidos materiales los cimientos del personal edifico que se trae entre manos y en el que confía plenamente, pues no lo ha abandonado un solo momento en tantos años de profesión. Murakami, como el conocido arquitecto catalán que apasiona a los japoneses, ha sido tan denostado y criticado como ensalzado y, casi con toda seguridad, su estilo perdurará para gozo de los lectores de todo el mundo más allá de su desaparición (esperemos lejana y menos traumática que la de Gaudí). EFMyDPM no es tan sólo una notable novela sino también un sobresaliente experimento de género que deseamos que no haya colmado las ansias exploradoras de Murakami, y que se repita el invento.

29 nov 2009

Fin. David Monteagudo





Fin

David Monteagudo

Acantilado


Nota importante: os prevengo que, por primera vez, y espero que última, voy a destripar el final de una novela en una reseña literaria. ¡Ojito! los que sigáis leyendo aceptáis así las condiciones de uso y no podréis reclamar en el futuro ninguna restitución moral.


La estructura clásica de toda obra literaria incluye un desenlace, ese lugar donde se centrifuga toda la trama y se cuela por el estrecho sumidero que sirve para rendir cuentas, resolver los enigmas y aliviar las mentes de los lectores. Este último apeadero cumple además el postrero propósito de enjuiciar al autor, es aquí donde se le permite dar la vuelta al ruedo con la pechera bien abierta y la montera en la mano para recibir los laureles del público lector o, en su caso, la pedrada (el símil con la lucha de gladiadores romana quizás sea más feliz, en fin). Muchos otros cometidos pretende el desenlace, pero a la postre se trata de esclarecer los hechos y de cumplir con el viejo requisito de toda historia, sea ésta de carácter artístico, científico, filosófico o religioso, es decir, de satisfacer la humana curiosidad. Esto explica también la escasa aceptación entre los lectores de aquella moda, iniciada por las tendencias literarias renovadoras de los siglos XIX y XX, consistente en exponer un fresco social aparcando la clásica estructura narrativa, el conocido espejo de Stendhal -¡si incluso a los documentales les pedimos narratividad!-. Cuando, además, se trata de géneros muy ensayados y completamente interiorizados en la genética del lector, como es el caso de la literatura de aventuras, es casi inconcebible violentar las férreas estructuras preconcebidas. Entonces, resulta de una valentía kamikaze no siempre artísticamente encomiable, atreverse con semejantes inventivas (sospecho que en general, el lector medio no es muy propicio a la cocina de autor, menos aún el de aventuras –y para los escépticos, me remito a las estadísticas de ventas-).

Así que para confirmar la regla voy a hacer lo que nunca antes me atreví y siempre me prohibí, explicar el final de una novela. En mi descargo quiero aclarar que haciendo esto cumplo a pies juntillas con el único precepto que me impuse al tomar posesión del cargo: siéndome imposible asumir una crítica en profundidad de una obra literaria (ni estando remotamente preparado), comentaré aquello que más ha contribuido a la impresión que me cause el texto.

Con Fin, David Monteagudo pretende desentrañar las reacciones de un grupo de personas normales, ciudadanos de a pie, según se van derrumbando al ser enfrentados a una situación límite –o esto es lo que él dice-. Para ello, los reúne en la misma vieja casa de campo donde de jóvenes formularon la promesa de reencontrase veinte años más tarde. Bien pronto se ve que lo que prometía ser una reunión de lo más decepcionante, como sería de esperar de un grupo de antiguos amigos que ya ni comparten recuerdos trasnochados, revierte en una desesperada huída adelante a medida que los compañeros van desapareciendo uno a uno en alucinantes circunstancias. Desde el principio Monteagudo suscita dos enigmas alrededor de los cuales va a construir su delirante trama y que nunca terminará por desvelar. Si bien, tras finalizar el volumen comprendes que dichos enigmas son la zanahoria con la que tira del lector y que su pretensión real es otra -impresión que he confirmado al leerle en entrevistas- la sensación de estafa es irremediable. Y esto, a mi entender, sucede porque Monteagudo abusa de la técnica de tentar con el anzuelo hasta el punto de que devoras las páginas, acelerando más y más, para saber de una vez qué demonios está pasando y sentirte aliviado mordiendo la zanahoria. Y, además, porque su objetivo real, el de explorar la condición humana en el miedo, se queda sin desarrollar en profundidad, ni resiste tampoco la menor comparación con las durísimas autobiografías escritas tras los episodios totalitaristas del siglo XX. A pesar de lo cual, no voy a negar tampoco las evidentes cualidades de una novela que te mantiene en vilo y te entretiene como pocas, ni la habilidad de David Monteagudo con la narrativa comercial, que está al mismo nivel que el de cualquier otro autor de bestseller.

Me atrevo a esbozar algunos de los motivos que explican por qué los caprichosos vientos comerciales de las ventas le están siendo favorables a Fin. Por un lado está el aspecto distinguido que atesora toda rara avis y que lo promociona ante los lectores que se venden como “descubridores de piedras preciosas”; por otro la eficacísima estrategia de marketing de Acantilado y el prestigioso acompañamiento de su nombre; también ha funcionado el boca-oreja para un texto con notables virtudes narrativas, así como el aspecto referencial: se le ha comparado con La piel fría de Sánchez Piñol, el Mecanoscrit del segon origen de Pedrolo o a La carretera de Cormac McCarthy; y, quizás, también ayuda la imagen de “hombre hecho a sí mismo” o de “Juan Nadie” del propio David Monteagudo. A pesar de ello, me temo que Fin juega en una división más humilde que la de las obras antes mencionadas y que difícilmente resistirá el fino tamiz de los años; mientras éstas tienen claro a dónde van, y allí se encaminan y culminan siguiendo un plan trazado de antemano, la novela de Monteagudo naufraga en los objetivos aun convenciendo en varios aspectos formales: si uno escoge sacrificar el desenlace en un género en el que eso es causa de excomunión, más le vale proveerse de unos argumentos estéticos o de contenido irrebatibles. Fin es una obra precipitada en la que no se ha invertido todo el trabajo previo de maduración que debiera garantizarle arribar a buen puerto.

A pesar de todas las pegas expuestas me atrevo a recomendar la lectura de Fin, sobre todo después de haberos estropeado el desenlace, así soy yo. Quizás, ahora que ya no estéis preocupados por la resolución de los enigmas que plantea Monteagudo podáis apreciar mejor su habilidad narrativa.