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8 may 2009

Sock Monkey. Tony Millionaire



Tony Millionaire
Sock Monkey
Editorial Rossell



Si alguna ventaja tienen las crisis, es que uno aprende cosas mal que le pese. Así, ahora ya sabemos que todo virus de la gripe proviene originariamente de las aves y, también, que al saltar de una especie animal a otra, éste adquiere mayor virulencia y poder infectivo. Es el caso también del virus de la influenza que ocupa nuestros desvelos actuales, la gripe N1H1: de las aves a los cerdos, y de aquí al gran mundo. Una nueva excusa para meterle mano a los animales y ahondar en las estrategias de sometimiento que tan excelentes resultados gastronómicos nos han reportado. Aunque claro, ¿cuándo nos han hecho falta excusas? A día de hoy, la mayor parte de especies en vías de extinción, ni forman parte de nuestros menús ni compiten con nosotros por los mismos alimentos. En fin, que es una enorme alegría cuando un artista con sensibilidad y una masa gris bien aposentada tras lustros de juergas le da por derribar las barreras que nos separan del resto de mundo animal, humanizando a unos y animalizando a los otros y, siguiendo el espíritu de la técnica del espejo de Stendhal, nos muestra el verdadero aspecto de nuestro humanismo. Para la ocasión que nos ocupa: Tony Millionaire, un autor de cómics literalmente inclasificable, nos regala la vista y nos hace más inteligentes con Las aventuras de Sock Monkey, un universo de animales parlanchines, muñecos de trapo animados, casas americanas decimonónicas, goletas piratas y borracheras gloriosas, muchas borracheras con final catastrófico. Aquí en nuestra tierra, la editorial Rossell ha publicado el primer volumen de una colección (confiemos en que se convierta en tal cosa) que se presenta como la versión menos gamberra de Maakies, una suerte de universo alternativo de las exitosas tiras cómicas que llevan años siendo el azote de las mentes biempensantes y políticamente correctas de los EUA.
La vida de Tony Millionaire hace buena la vieja teoría según la cual un escritor de talento tiene que haber cuajado una biografía intensa antes de decidirse a poner negro sobre blanco: además de boxear dentro y fuera del cuadrilátero, ha vivido en varios lugares del mundo, ejerciendo todo tipo de empleos, ha transformado en leyenda su faceta más juerguista y se jacta ante cualquiera de tener dos dientes frontales postizos. De todo lo cual queda buena parte patente en sus enloquecidos guiones.
En Las aventuras de Sock Monkey se dan cita un mono de peluche, el tío Gabby, y el sr. Cuervo, conocido en su versión canalla de Maakies como Drinky Crow, el cuervo borracho, a cuyo pseudónimo hace justicia también en las páginas que comentamos ahora. Estos dos muñecos de trapo ingenian y protagonizan aventuras que parecen germinarse en la imaginativa mente de un niño: ayudan a una cabeza reducida a regresar a su tierra natal, hacen de celestinos entre un murciélago y un ratón que ha enviudado, colaboran con la venganza que ingenia un gnomo contra la urraca que ha convertido su vivienda en un almacén de objetos robados, etc. Y, como tratándose efectivamente de un juego infantil, todos los relatos contenidos en el pequeño volumen de Rossell se llevan hasta sus consecuencias más radicales, hasta que se hace imposible volver atrás. Así, no nos debe extrañar que sean los accidentes fatales, los suicidios y otros desenlaces violentos los que pongan fin a una narración llena de poesía y candidez. La cara más dulce convive con su otro reverso más cruel. Todo lo cual se expresa con un dibujo apasionante que nos devuelve la magia del clásico Little Nemo in Slumberland, obra de la que Millionaire es innegable deudor y que supone un punto de inflexión en la historia del cómic. El dibujo de los caserones decimonónicos de madera, como preciosas casas de muñecas a escala humana, y las frecuentes escenas marinas, son los escenarios en los que mejor se desenvuelve Millionaire, aunque su habilidad con la pluma debe permitirle sobresalir en cualquier proyecto en que se embarque. Pero, ¿para qué penetrar en lo desconocido cuando lo familiar es un inabarcable universo lleno de ocurrentes posibilidades? Abrir el libro al azar por cualquier página es quedarse boquiabierto de inmediato por su prodigioso dibujo y su habilidad en la construcción de las viñetas y la paginación, un auténtico hallazgo.
La desbordante imaginación de Tony Millionaire conjuga con su compromiso en favor de la libertad creativa, sin prebendas para la moda del momento ni la censura de los timoratos, para producir una obra que es ya un referente imposible de desatender cuando recapitulamos sobre actual panorama del cómic mundial. La edición de Rossell mantiene idénticas las características de la original de Dark Horse, lo cual tampoco es un demérito. Una escueta introducción de John Flansburgh sirve para cuajar un volumen memorable que confiemos sea el primero de una colección que hará historia.
Por cierto, para aquellos que queráis explorar más concienzudamente el universo de Millionaire, encontraréis que resulta fácil hacerse con los elegantes volúmenes apaisados de la serie Maakies en versión americana. Pero ¡ojo!, sólo son aptos para aquellos que dispongáis de un conocimiento del inglés en calidad de virtuosismo: menudo rompecabezas. Desde aquí, este modesto blog, rogamos encarecidamente a las más exquisitas editoriales que se hagan eco de nuestra petición: ¡publiquen ya Maakies en castellano!.

25 mar 2008

Sinergia entre los mejores momentos del cómic Petrus Barbygère de Joann Sfar.


Joann Sfar
Petrus Barbygère. Norma Cómics. 54 págs.
Son muchos los momentos sobresalientes. Está cuando Petrus Barbygère y sus dos acompañantes, el chef Gerine “mago de las cacerolas” y el fión azul originario de Elfiria, se restriegan todo el cuerpo con desechos malolientes de pescados para callejear de extranjis por la ciudad conocida como la “Cloaca del pulpo”, el lugar donde moran y dan rienda suelta a sus instintos, la fornicación principalmente, los condenados antes de embarcarse hacia la muerte, su postrer destino. Para gozo de los que amamos la aventura, están además los momentos de mayor tensión dramática, como cuando se ven enfrentados contra las criaturas marinas conjuradas por el detestable Red Scarlett, como el David Jones o el Kraken. Aunque a mi entender, el más inspirado de todos es aquel en que un esforzado Barbygère presume que el mejor remedio a la penosa situación en la que se encuentran el barco y su tripulación es la de despertar al primero de su letargo, esto es al navío, y, con su ayuda, dar caza al depravado esclavista. Para conseguirlo, retozará en el fondo marino con Carmilla, la hermosa sirena esculpida en madera del mascarón de proa, y, así, enamorándola, obtendrá los favores de la nave en pro de la justa cacería.
Otros momentos memorables son los que se refieren al dibujo de los personajes. Y aquí aludo tanto al trazo sobre el papel, como al diseño de su personalidad. El primero: para aquellos que ya conozcáis su obra, aparca, por esta vez, la habitual línea picasiana y apuesta por un trazo más terminado que realza con un intenso tratamiento del color, un penetrante acuarelado. El segundo: ahora ya nada nuevo bajo el sol; se trata de personalidades magnéticas y robustas, y de personajes dinámicos, irónicos y siempre voluntariosos. Un botón de muestra: Barbygère es un bon vivant de oronda barriga y risa generosa, temible espadachín a pecho descubierto, estudioso y aplicado naturalista, mago olvidadizo, gran conversador, poeta de espíritu y palabra y mejor amigo.
Pero aquí tampoco nos detendremos, sigamos, sigamos con más momentos. Están por ejemplo aquellos referidos al texto. Para desesperación del elfo azul, los discursos de Barbygère a sus colegas de asedio se demoran en maravillosas descripciones poéticas y fantásticas. También hay tiempo para la reflexión, aun cuando el villano se escabulle, y la humorada, principalmente con Barbygère, pues se trata de un hombre positivamente dispuesto. E incluso para perorar algún que otro vocabulario musical, como el del capitán fantasma requiriendo a su tripulación en estos términos: “¡Foques, contrafoques y velas de estay! ¡Soltad las cuerdas del puente! ¡Barra de escota a barlovento! ¡Largad la mesana! ¡Atentos al timón de fortuna! ¡Desplegad la vela mayor!”. En realidad, es el momento de la palabra, cargado de emoción poética y fantástica, el que nos evoca más acertadamente el mundo de fantasía, y, siendo así, todas esas calaveras, unicornios, elfos y ogros asumen su papel de atrezo y comparsa con toda su dignidad inafectada. Como remata el propio Van Haecken: “las palabras son las estrellas de las cosas”.
Y está incluso el momento dedicado al abominable Red Scarlett, que también lo merece. El terrible pirata tiene su momento en cuatro densas láminas, y con una bastaría, teñidas de sangre coagulada, vísceras, dolor y depravación. Cuatro páginas rojísimas. Su momento está en esa cueva donde pone en práctica las perversiones que engendra su mente enferma.
También el guión, claro. Pierre Dubois, el prestigioso guionista francés, pone en manos de Joann Sfar una trama y unos textos por los que cualquier ilustrador vendería su alma al diablo. ¿Pero, quién sabría exprimirle todo el jugo a esta exótica fruta? Además de Sfar, quizás solo Christophe Blain. Pero eso ya nunca lo sabremos…

Hablamos de sinergia, por decirlo rápido y mal, cuando 2+2>4. Verbigracia: en farmacología, cuando al suministrar dos medicamentos el efecto resultante resulta superior al que cabria esperar de aunar los efectos de cada uno de los fármacos por separado. Este fenómeno, por ejemplo, es muy frecuente al usar ciertas drogas con efecto psicotrópico. Pues bien, algo de eso, de la sinergia, sucede con las obras de Sfar: los diferentes momentos se potencian entre sí y el producto excede la expectativa inicial con extraordinarios resultados. Claro que, también sucede a menudo un poco de lo segundo: sus obras tienen un efecto psicotrópico alucinógeno. Y que así continúe.

24 ene 2008

Una muy buena de piratas

Jesús del Campo
Las últimas voluntades del caballero Hawkins. Editorial Edhasa. 248 págs.


Desde Mendel, Darwin y Watson y Crick, sabemos de las leyes evolutivas y de la herencia genética que han regido para que los humanos podamos hablar y así comunicarnos más eficazmente. Más tarde, con los antropólogos del lenguaje, Wittgenstein y la hermenéutica, aprendimos de la importancia de las narrativas para que los contenidos se transmitan más sólidamente de una a otra generación y para mantener la cohesión de toda sociedad. Así, de la feliz confluencia de estos y de otros azares, nacen las historias, el cuento, el cuentista, el guión, la novela, Ray Bradbury, Bagheera, Julio Verne, Eco y Ulises, el país de Nunca Jamás, Frodo Bolsón, Michael Ende, los rayos C que brillan en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, el gato de Cheshire, Michel de Montaigne, la Estrella de la Muerte, Moebius, Tetsuo, el monstruo de Frankenstein, Homero, Drácula, el octavo pasajero finiquitando la tripulación de la nave Nostromo, y un etcétera tan largo como incombustible. Quizás, o al menos ese fue mi caso, uno de los momentos más significativos e imborrables de nuestra infancia sea ése en el que nuestro padre, madre o abuelo, se sentaba a nuestro lado, libro en mano, para contarnos una historia. En lo que a mí me atañe, no había mayor éxtasis que sumergirme en otros mundos de la mano de mi abuelo. Su infinita paciencia, su voz bajísima y cadenciosa, y los endemoniados cuentos de la tradición feudal catalana que yo escuchaba aterido como si me acosara una leona, fueron sin duda el mejor acicate para que me acercara a los libros con la curiosidad bien inflamada. Y de que aún siga en la misma senda.
Como ya aclaré en otra ocasión, es para mí La Isla del Tesoro, el clásico de R.L. Stevenson, el espejo en el que debe reflejarse toda novela de aventuras que se precie. Y en lo que a la ciencia ficción atañe, nada más me queda por añadir. Es por esto por lo que me parece una fantástica celebración de la literatura de aventuras la fabulación que Jesús del Campo ha hecho de la vida de Jim Hawkins tras sus aventuras con Long John Silver. Su libro: Las últimas voluntades del caballero Hawkins, fenomenalmente reeditado por Edhasa (el original es del 2002), es un acierto tanto por la alegría de su contenido como por la acertada artimaña narrativa que se ha sacado de la manga (el orador de la historia, Jim, y las réplicas y contrarréplicas de los personajes a los que alude se funden en una misma frase) y que aproxima al texto con mucha fiabilidad a la tradición oral. Jim Hawkins reabre la Posada del Almirante Benbow con la intención de transformarla en un ágora donde los huéspedes que lo tengan a bien cuenten las historias que hayan vivido o que hayan recibido de otros, y al mismo tiempo en lugar de alumbramiento e instrucción en el nuevo pensamiento ilustrado que ya despunta por Europa (el enciclopedismo de d’Alembert, Voltaire, etc.). Así, la posada deviene el teatro donde se escenifica el tránsito de la Europa feudal al Siglo de las Luces, certificando con su propia decadencia la defunción de la era anterior, la de las aventuras de piratas y las islas fantasma. El propio Jim Hawkins sufre en sus carnes esta imprescindible mutación que le impone el nuevo racionalismo y, por mor de su propio esfuerzo de adaptación, es capaz de deshacerse de su vieja piel dignamente, no sin haber tenido que desprenderse con sufrimiento del mundo que le vio nacer. Se trata en resumidas cuentas del despojarse de la adolescencia para entrar en la vida adulta, con toda la tormentosa renuncia que eso conlleva. Por el peregrinaje que conduce al nuevo paradigma, Jim vivirá amores, desamores, adulterios, correrías nocturnas y, por encima de todo, atenderá, y con él todos nosotros, a las magníficas historias contadas por los no menos espléndidos clientes de la posada.


Jesús del Campo ha conseguido, tratándolo ex profeso, que Las últimas voluntades del caballero Hawkins se refleje en La Isla del Tesoro como si de un hermano menor se tratara, mostrando las mismas virtudes y devolviéndonos a los lectores unas sensaciones que hacía un tiempo ya que añorábamos: el sabor de la aventura, el honor de los caballeros, el entrechocar de los sables corsarios y los amores arrebatados con su fru-frú de enaguas blanquísimas.




Las preciosas ilustraciones de esta reseña fueron realizadas por N.C. Wyeth y pertenecen a la edición de 1911 de La isla del tesoro de la editorial estadounidense Charles Scribner´s Sons.