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21 may 2009

De repente en lo profundo del bosque. Amos Oz




Amos Oz
De repente en lo profundo del bosque
Editorial siruela


Hubo un tiempo en que... Este es uno de los más exitosos inicios de frase que forman parte del vocabulario de a diario de nuestros viejos. Con él, y sin atender siquiera a lo que le viene de seguido, identificamos de inmediato a nuestro interlocutor; tan fácil como reconocer a un caballo, un perro o un elefante por su voz: un relincho, un ladrido o un barrito. Hubo un tiempo en que... nos habla de la edad de quien tenemos delante, pero también de que efectivamente: hubo un tiempo en que... los muebles no estaban construidos invariablemente en aglomerado, existían las maderas y la voluntad de agradar y perdurar; los fontaneros, los carpinteros, los albañiles conocían bien su profesión y te arreglaban los desaguisados con pericia y con total confianza; las familias sustituían sus electrodomésticos cuando ya no había posibilidad humana de repararlos; el presupuesto mensual no se estiraba para adquirir lo innecesario, sino que se le reducía a fuerza de pequeños milagros para dar posibilidad al ahorro, etc. El tremendo poder que esconde esta frase es mostrarnos que otro mundo es posible, porque ya lo ha sido no hace tanto, y su gran debilidad está en la pronta desaparición de aquellos que aún son capaces de mostrárnoslo. Eso, siempre y cuando no se les agote la paciencia en el camino, pues: bien sabido es que hubo un tiempo en que los jóvenes escuchábamos atentamente el magisterio de nuestros viejos.

Existe esperanza de cambio mientras todavía perviven aquellos que pueden mostrarnos la imagen de otra realidad. Cuando ellos y su memoria dejan de existir, la realidad se afianza en el imaginario social con tal hondura que toda vuelta atrás o adelante es imposible sin un cataclismo previo. Esta es a menudo la simiente de la revolución.

De repente en lo profundo del bosque, la narración que el escritor hebreo Amos Oz publicó por primera vez en el año 2005 como una fábula para todas las edades, penetra en esta enseñanza con toda la potencia pedagógica de un pueblo perseguido hasta su pretendido exterminio a manos de los fanáticos nazis. Amos Oz conoció por voz de sus padres judíos el horror definitivo: el Endlösung der Judenfrage (la Solución Final), y ha dedicado buena parte de su talento como escritor a mostrar la posibilidad de otro mundo, un lugar de concordia donde las disputas se resuelvan por vía del consenso dialogado, la fraternidad y el respeto entre los humanos. Un talento que también le ha valido el reconocimiento internacional y el elogio rubricado por numerosos premios literarios, entre los que conviene anotar uno de los más prestigiosos de casa: el Príncipe de Asturias.

En De repente en lo profundo del bosque son la defensa de la ecología, el respeto por la diferencia y la apología de la individualidad y el coraje quienes toman el protagonismo. Mati y Maya, él y ella, dos niños que tienen la audacia de pensar por sí mismos y llevar a sus últimas consecuencias unas intuiciones que resolverán el enigma de la desaparición de todos los animales de su pueblo y de los bosques que lo circundan. Un vergonzoso secreto que comparten todos los adultos y que es origen de la más triste de las soledades: aquella en la que la naturaleza misma nos abandona. En el relato se pone de manifiesto la genuina humanidad del que se revela contra un orden aborregante en el que la superstición y el prejuicio derrotan la razón y se imponen doblegando la voluntad de los disconformes para justificar un orden abyecto. Como tal, y como es norma en estos casos, es la cobardía de los que miran a otro lado mientras acarician las cabezas de sus inocentes hijos, lo que chirría en el oído moral, pues, como nos recuerda el proverbio romano “la corrupción de lo óptimo es lo pésimo”.

Si bien se trata, como ya habréis identificado claramente por mis comentarios, de un texto cargado de implicaciones éticas, no es por ello menos una magnífica fábula colmada de magia y narrada con la vivacidad y el aplomo literario de un maestro. La técnica de Amos Oz solo se iguala por el cariño que dedica a todos sus personajes, por zoquetes o lamentables que se muestren, a los que no duda en excusar de sus inclinaciones menos dignas: la venganza, la burla, el desprecio y la estigmatización del que es diferente. Aunque, por supuesto, regala su mayor afecto a los dos protagonistas, a quienes reserva algunas escenas que perdurarán revividas una y otra vez en nuestra imaginación. En particular, son las imágenes campestres, las descripciones de los animales y de la flora, los elementos que mejor sabor de boca van a dejarnos; sobre todo si, como yo, vais montados en un tren, bajo el asfalto de un ciudad sofocante, al tiempo que pasáis las páginas de este corto volumen.

Es, en resumidas cuentas, un relato optimista y una lección ética llena de poesía que disfrutaremos en toda circunstancia, y que nos granjeará el amor incondicional de nuestros hijos y sobrinos.

La edición que ha caído en mis manos, año 2006 de Siruela, es correcta y tiene un precio razonable.

8 may 2009

Sock Monkey. Tony Millionaire



Tony Millionaire
Sock Monkey
Editorial Rossell



Si alguna ventaja tienen las crisis, es que uno aprende cosas mal que le pese. Así, ahora ya sabemos que todo virus de la gripe proviene originariamente de las aves y, también, que al saltar de una especie animal a otra, éste adquiere mayor virulencia y poder infectivo. Es el caso también del virus de la influenza que ocupa nuestros desvelos actuales, la gripe N1H1: de las aves a los cerdos, y de aquí al gran mundo. Una nueva excusa para meterle mano a los animales y ahondar en las estrategias de sometimiento que tan excelentes resultados gastronómicos nos han reportado. Aunque claro, ¿cuándo nos han hecho falta excusas? A día de hoy, la mayor parte de especies en vías de extinción, ni forman parte de nuestros menús ni compiten con nosotros por los mismos alimentos. En fin, que es una enorme alegría cuando un artista con sensibilidad y una masa gris bien aposentada tras lustros de juergas le da por derribar las barreras que nos separan del resto de mundo animal, humanizando a unos y animalizando a los otros y, siguiendo el espíritu de la técnica del espejo de Stendhal, nos muestra el verdadero aspecto de nuestro humanismo. Para la ocasión que nos ocupa: Tony Millionaire, un autor de cómics literalmente inclasificable, nos regala la vista y nos hace más inteligentes con Las aventuras de Sock Monkey, un universo de animales parlanchines, muñecos de trapo animados, casas americanas decimonónicas, goletas piratas y borracheras gloriosas, muchas borracheras con final catastrófico. Aquí en nuestra tierra, la editorial Rossell ha publicado el primer volumen de una colección (confiemos en que se convierta en tal cosa) que se presenta como la versión menos gamberra de Maakies, una suerte de universo alternativo de las exitosas tiras cómicas que llevan años siendo el azote de las mentes biempensantes y políticamente correctas de los EUA.
La vida de Tony Millionaire hace buena la vieja teoría según la cual un escritor de talento tiene que haber cuajado una biografía intensa antes de decidirse a poner negro sobre blanco: además de boxear dentro y fuera del cuadrilátero, ha vivido en varios lugares del mundo, ejerciendo todo tipo de empleos, ha transformado en leyenda su faceta más juerguista y se jacta ante cualquiera de tener dos dientes frontales postizos. De todo lo cual queda buena parte patente en sus enloquecidos guiones.
En Las aventuras de Sock Monkey se dan cita un mono de peluche, el tío Gabby, y el sr. Cuervo, conocido en su versión canalla de Maakies como Drinky Crow, el cuervo borracho, a cuyo pseudónimo hace justicia también en las páginas que comentamos ahora. Estos dos muñecos de trapo ingenian y protagonizan aventuras que parecen germinarse en la imaginativa mente de un niño: ayudan a una cabeza reducida a regresar a su tierra natal, hacen de celestinos entre un murciélago y un ratón que ha enviudado, colaboran con la venganza que ingenia un gnomo contra la urraca que ha convertido su vivienda en un almacén de objetos robados, etc. Y, como tratándose efectivamente de un juego infantil, todos los relatos contenidos en el pequeño volumen de Rossell se llevan hasta sus consecuencias más radicales, hasta que se hace imposible volver atrás. Así, no nos debe extrañar que sean los accidentes fatales, los suicidios y otros desenlaces violentos los que pongan fin a una narración llena de poesía y candidez. La cara más dulce convive con su otro reverso más cruel. Todo lo cual se expresa con un dibujo apasionante que nos devuelve la magia del clásico Little Nemo in Slumberland, obra de la que Millionaire es innegable deudor y que supone un punto de inflexión en la historia del cómic. El dibujo de los caserones decimonónicos de madera, como preciosas casas de muñecas a escala humana, y las frecuentes escenas marinas, son los escenarios en los que mejor se desenvuelve Millionaire, aunque su habilidad con la pluma debe permitirle sobresalir en cualquier proyecto en que se embarque. Pero, ¿para qué penetrar en lo desconocido cuando lo familiar es un inabarcable universo lleno de ocurrentes posibilidades? Abrir el libro al azar por cualquier página es quedarse boquiabierto de inmediato por su prodigioso dibujo y su habilidad en la construcción de las viñetas y la paginación, un auténtico hallazgo.
La desbordante imaginación de Tony Millionaire conjuga con su compromiso en favor de la libertad creativa, sin prebendas para la moda del momento ni la censura de los timoratos, para producir una obra que es ya un referente imposible de desatender cuando recapitulamos sobre actual panorama del cómic mundial. La edición de Rossell mantiene idénticas las características de la original de Dark Horse, lo cual tampoco es un demérito. Una escueta introducción de John Flansburgh sirve para cuajar un volumen memorable que confiemos sea el primero de una colección que hará historia.
Por cierto, para aquellos que queráis explorar más concienzudamente el universo de Millionaire, encontraréis que resulta fácil hacerse con los elegantes volúmenes apaisados de la serie Maakies en versión americana. Pero ¡ojo!, sólo son aptos para aquellos que dispongáis de un conocimiento del inglés en calidad de virtuosismo: menudo rompecabezas. Desde aquí, este modesto blog, rogamos encarecidamente a las más exquisitas editoriales que se hagan eco de nuestra petición: ¡publiquen ya Maakies en castellano!.

17 feb 2009

Una mina de historias preciosas. Jason


Jason
¿Por qué haces esto?
Yo maté a Adolf Hitler
El último mosquetero
Editorial Astiberri



En la contraportada de sus libros, por lo menos en los publicados en España por Astiberri, Jason (John Arne Sæterøy) se dibuja a sí mismo sentado ante la mesa de trabajo, con barba de tres días y saliéndole de la cabeza los humos, estrellas y tirabuzones habituales para indicar que está devanándose los sesos. No imagino mejor caricatura: la impresión que me queda después de terminar cualquiera de sus volúmenes es que este hombre se deja la piel en todas y cada una de sus propuestas. Y eso, por dispares que éstas sean, pues aunque pueda identificarse sin problemas un lenguaje propio y personal, no podemos acusarlo de estar siempre reescribiendo el mismo libro; busca, y logra en toda ocasión, situarse en las Antípodas de su anterior trabajo.
Sus últimos volúmenes en Astiberri, ¿Por qué haces esto?, Yo maté a Adolf Hitler y El último mosquetero, son tres piedras preciosas pulidas hasta la circularidad más redonda. Una somera aproximación a sus tramas vendría a ser la que sigue: en ¿Por qué haces esto?, el protagonista se ve envuelto en la persecución y huída de un asesino tras haber presenciado accidentalmente como éste liquidaba a un amigo suyo. En Yo maté a Adolf Hitler, nuestro protagonista, que comparte un parecido sorprendente al del anterior volumen, es contratado por el inventor de una máquina del tiempo, para matar a Adolf Hitler. Y, en El último mosquetero, asistimos a la aventura de un desahuciado espadachín, probable hermano gemelo de los anteriores, para desbaratar un intento de invasión marciana. Mi impresión, aun a sabiendas de perder la última ocasión que dispongo de ingresar en algún club de caballeros eruditos, es que los parecidos ni son azarosos, ni responden a poco más que al muy probable desinterés de Jason por perder tiempo en detalles que le distraigan de contar su historia, que es para lo que ha venido. Nada tengo que objetarle, pues, ciertamente, la calidad de los argumentos es excepcional y el dibujo de línea clara, sin pretensiones, se aviene perfectamente a su interés por focalizar los esfuerzos y la atención en lo que nos cuenta. Lo que no es obstáculo para que nuevos quebraderos de cabeza le conduzcan a crear personajes reales y consistentes, echando mano para ello de las mejores armas de que disponen los autores noreuropeos: el encuadre intencionado en los silencios, las incomodidades en las relaciones sociales, la contención al expresar las emociones, las obsesiones personales, la contingencia de las circunstancias que nos rodean, la imposibilidad, a pesar de todo empeño, de tomar decisiones reflexivas, la presencia inquietante del azar y del revés, etc. Para entendernos: Bergman y Kaurismäki se encuentran en un páramo noruego y se miran a los ojos intensamente.
Como ya habréis detectado, en estos tres volúmenes Jason hace un homenaje a Hitchcock, así como al cine de ciencia ficción y aventuras, conjurando para ello a Flash Gordon, H. G. Wells, A. Dumas, Raymond Chandler, Kafka, Hergé, Ray Bradbury… y poniéndole como guinda al cóctel, algo de los directores de cine nórdicos: Dreyer, von Trier, Bergman, etc. El combinado resultante, mezclado sin agitar, promete una hora intensa de emoción, pero no más (uno no se detiene mucho en los dibujos ni en las verborreas de los personajes, sino que pasa de puntillas, como si leyera una tira cómica). El impacto, de todas formas, llega con lentitud pero, inexorablemente, nos da de lleno.

Jason recurre de nuevo al dibujo habitual de los personajes como animales humanizados, tipo perro o ave, vestidos para la ocasión aunque descalzos como nuestras mascotas (una manía del autor, supongo), del que os dejo una muestra. El coloreado de las viñetas corre a cargo de Hubert; un trabajo impecable que bien vale lo que haya cobrado por ello.

Estoy cada día más persuadido de que Jason realmente ha inventado una máquina de confeccionar cómics, que trabaja con una precisión suiza envidiable para producir productos siempre diferentes pero capaces de generar, cada vez, la misma emoción. Estoy avisado, también, de que aplica una dosis doble de aceite de engrasar en el mecanismo que elabora las historias, solo así me explico estos finales irrepetibles.

Pregunta: ¿Es posible, a día de hoy, llevar en nuestro maletín un cómic extraordinario que no nos deforme la espalda? Respuesta: sí, Jason lo consigue en tan sólo 48 páginas.

20 ene 2009

El comisario Adamsberg contra la peste negre. Fred Vargas






Fred Vargas
Huye rápido, vete lejos
Editorial Siruela


Tan cercano y, al mismo tiempo, tan inalcanzable. El investigador de novela policiaca es un héroe en quien luce, por encima de todo, su mundanidad: al recorrer los bajos fondos de las ciudades que directamente conocemos, o que son prototípicas de las que habitamos; al sonsacar información a los chivatos usando un lenguaje parejo al nuestro, descuidado y trufado de palabrotas; al conocer, ¡ay!, los mismos apretones económicos que cualquiera de nosotros y, principalmente, por su porte y su presencia tan común que pasa desapercibido y sin dejar huella en la multitud, no podemos menos que sentirlo un hermano de sangre, amigo confidente o, incluso, carne de nuestra carne. Pero también tan lejano: por su estilazo al acodarse en la barra pidiendo un whisky; al usar ese lenguaje telegráfico donde cada palabra está medida milimétricamente para causar un vértigo insoportable a su interlocutor, más aún si se trata de una joven y hermosa clienta; también por recibir tan elegantemente y sin queja las palizas de los hampones y algún que otro balazo, y por dignificar esa prenda que de no ser por él habría sucumbido a la voracidad intempestiva de la moda, me refiero, claro está, a la gabardina. El investigador deja aparcado en la cuneta al héroe enfático que usa calzoncillos por encima de los leotardos, que vuela, dispara rayos láser y lanza por los aires locomotoras de tren; pero también al héroe lunático, el que usa varita mágica o penetra en mundos habitados por hadas y gigantes de piedra y, al repelente, el que te saca de quicio resolviendo lo irresoluble sin salpicarse sus pantalones planchados a raya. Él, por el contrario, se mueve por instinto, se equivoca y es, casi siempre, una víctima más, pero finalmente se redime por esa cualidad suya que lo rescata en toda ocasión, su afán inquebrantable por desvelar la verdad, la honradez de una moral brumosa a prueba de sentido común; una ética cercana que aprobamos y hacemos nuestra. Se codea así con nosotros mostrándonos la posibilidad más plausible de la aventura, la que está ya sucediendo a cada momento en tantos lugares de nuestra pateada ciudad y que únicamente espera que nos colguemos la gabardina a los hombros y nos atrevamos.
Si no fuera porque el género policíaco ya existe, habría que inventarlo. Afortunadamente, hoy en día goza de una salud de hierro y muchos de los grandes narradores de nuestro tiempo ya no le temen al sambenito de novelista de folletín y producen investigadores inolvidables, como el comisario Adamsberg, el protagonista de Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas, editado en España por Siruela dentro de la colección Nuevos Tiempos (que publica toda su obra policiaca). Fred Vargas nos presenta un investigador moderno, que actúa en nuestro Paris contemporáneo, pero que conserva todos los atractivos de los clásicos: la vida desordenada, la personalidad magnética, el descuido en lo banal y la mirada siempre fija en lo primordial: atrapar al criminal. En esta ocasión, el asesino buscará la publicidad de su obra, pues la entiende como arte vengativo, por medio de un pregonero moderno y unos mensajes oscuros sólo accesibles a unas pocas personas versadas en historia medieval. Entiendo las reservas que siempre produce, y debe producirnos en estos tiempos, la palabra “medieval”, denostada hasta poner la piel de gallina con solo oírla por causa de tanto best-seller abominable. Pero, en esta ocasión, lo medieval tiene aquí un papel accesorio, de servidumbre, para dar más empaque a una historia de intriga sensacional hilada con el talento sobresaliente del que sabe de lo que escribe, no en vano Fred Vargas es especialista en arqueozoología y ha trabajado varios años en el prestigioso Centro Nacional de Investigación Científica el tema que sobrevuela esta novela, la peste negra. Acompañando al comisario Adamsberg y al asesino, hay una retahíla de secundarios de lujo, como dicen los cinéfilos, encabezados por Danglard, el segundo del comisario, que siempre le cubre las espaldas y supone el contrapunto racionalista a sus devaneos instintivos; Joss Le Guern, el taciturno pregonero; Bertin, el dueño normando del bar El Vikingo, donde sirven un calvados que te deja aturdido 24 horas; Decambrais, el profesor de historia que es el primero en desvelar el misterio de los mensajes y que, también ostenta la propiedad de la pensión donde habitan otros tantos personajes imborrables, como la opulenta cantante Lizbeth, o Éva, la mujer maltratada por su marido. Todos estos personajes, de los que no he nombrado más que una ínfima parte, junto con la eficaz narración en tercera persona, convierten la clásica novela policiaca, protagonizada por un comisario carismático que se atribuye todo el hechizo, en una obra coral, donde las pequeñas historias no desmerecen el relato de largo recorrido que supone la investigación y se engarzan con precisión mostrando un collage que te atrapa desde las primeras líneas y devoras extasiado. La autora, que domina el género como nadie, sabe sacar todo el provecho a las situaciones y a los contextos y, así, construye algunos escenarios reconocibles desde su presentación, y que son lugar común a lo largo de la narración, donde ya nos sentimos como un habitual más: me refiero principalmente a la plaza donde Joss Le Guern vocea sus pregones y al bar El Vikingo, lugar de encuentro de los principales personajes de la novela. Todo, los contextos, las atractivas personalidades que se dan cita, la trama enrevesada, las relaciones que se crean y las que mueren, las buenas conversaciones, todo, de la fina factura de los mejores orfebres, para una novela que deja una huella negra indeleble.
La novela policiaca ocupa un lugar memorable en el imaginario de todo lector seducido por la aventura y el misterio, y autoras como Fred Vargas, con una voz personalísima, te recuerdan siempre porqué te gusta tanto este género.

24 ene 2008

Una muy buena de piratas

Jesús del Campo
Las últimas voluntades del caballero Hawkins. Editorial Edhasa. 248 págs.


Desde Mendel, Darwin y Watson y Crick, sabemos de las leyes evolutivas y de la herencia genética que han regido para que los humanos podamos hablar y así comunicarnos más eficazmente. Más tarde, con los antropólogos del lenguaje, Wittgenstein y la hermenéutica, aprendimos de la importancia de las narrativas para que los contenidos se transmitan más sólidamente de una a otra generación y para mantener la cohesión de toda sociedad. Así, de la feliz confluencia de estos y de otros azares, nacen las historias, el cuento, el cuentista, el guión, la novela, Ray Bradbury, Bagheera, Julio Verne, Eco y Ulises, el país de Nunca Jamás, Frodo Bolsón, Michael Ende, los rayos C que brillan en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, el gato de Cheshire, Michel de Montaigne, la Estrella de la Muerte, Moebius, Tetsuo, el monstruo de Frankenstein, Homero, Drácula, el octavo pasajero finiquitando la tripulación de la nave Nostromo, y un etcétera tan largo como incombustible. Quizás, o al menos ese fue mi caso, uno de los momentos más significativos e imborrables de nuestra infancia sea ése en el que nuestro padre, madre o abuelo, se sentaba a nuestro lado, libro en mano, para contarnos una historia. En lo que a mí me atañe, no había mayor éxtasis que sumergirme en otros mundos de la mano de mi abuelo. Su infinita paciencia, su voz bajísima y cadenciosa, y los endemoniados cuentos de la tradición feudal catalana que yo escuchaba aterido como si me acosara una leona, fueron sin duda el mejor acicate para que me acercara a los libros con la curiosidad bien inflamada. Y de que aún siga en la misma senda.
Como ya aclaré en otra ocasión, es para mí La Isla del Tesoro, el clásico de R.L. Stevenson, el espejo en el que debe reflejarse toda novela de aventuras que se precie. Y en lo que a la ciencia ficción atañe, nada más me queda por añadir. Es por esto por lo que me parece una fantástica celebración de la literatura de aventuras la fabulación que Jesús del Campo ha hecho de la vida de Jim Hawkins tras sus aventuras con Long John Silver. Su libro: Las últimas voluntades del caballero Hawkins, fenomenalmente reeditado por Edhasa (el original es del 2002), es un acierto tanto por la alegría de su contenido como por la acertada artimaña narrativa que se ha sacado de la manga (el orador de la historia, Jim, y las réplicas y contrarréplicas de los personajes a los que alude se funden en una misma frase) y que aproxima al texto con mucha fiabilidad a la tradición oral. Jim Hawkins reabre la Posada del Almirante Benbow con la intención de transformarla en un ágora donde los huéspedes que lo tengan a bien cuenten las historias que hayan vivido o que hayan recibido de otros, y al mismo tiempo en lugar de alumbramiento e instrucción en el nuevo pensamiento ilustrado que ya despunta por Europa (el enciclopedismo de d’Alembert, Voltaire, etc.). Así, la posada deviene el teatro donde se escenifica el tránsito de la Europa feudal al Siglo de las Luces, certificando con su propia decadencia la defunción de la era anterior, la de las aventuras de piratas y las islas fantasma. El propio Jim Hawkins sufre en sus carnes esta imprescindible mutación que le impone el nuevo racionalismo y, por mor de su propio esfuerzo de adaptación, es capaz de deshacerse de su vieja piel dignamente, no sin haber tenido que desprenderse con sufrimiento del mundo que le vio nacer. Se trata en resumidas cuentas del despojarse de la adolescencia para entrar en la vida adulta, con toda la tormentosa renuncia que eso conlleva. Por el peregrinaje que conduce al nuevo paradigma, Jim vivirá amores, desamores, adulterios, correrías nocturnas y, por encima de todo, atenderá, y con él todos nosotros, a las magníficas historias contadas por los no menos espléndidos clientes de la posada.


Jesús del Campo ha conseguido, tratándolo ex profeso, que Las últimas voluntades del caballero Hawkins se refleje en La Isla del Tesoro como si de un hermano menor se tratara, mostrando las mismas virtudes y devolviéndonos a los lectores unas sensaciones que hacía un tiempo ya que añorábamos: el sabor de la aventura, el honor de los caballeros, el entrechocar de los sables corsarios y los amores arrebatados con su fru-frú de enaguas blanquísimas.




Las preciosas ilustraciones de esta reseña fueron realizadas por N.C. Wyeth y pertenecen a la edición de 1911 de La isla del tesoro de la editorial estadounidense Charles Scribner´s Sons.