El nombre del viento

Patrick Rothfuss

Editorial Plaza y Janés


Uno de los caminos infalibles para labrarse una reputación legendaria en la creación artística es el de producir una obra que sea el inicio a todo un nuevo género; sin embargo, muy pocos son los casos en los que esto sucede, un autor nunca empieza a crear de la nada sino que se basa en la progresiva acumulación de trabajo de anteriores autores, la obra primigenia difícilmente le puede ser atribuída. Entonces el autor aspirante a leyenda puede recurrir a una segunda opción: puede crear una obra que aun no siendo la primera del nuevo género, sea la que obtenga el mayor prestigio, un boom de crítica y ventas, y así, le sea atribuída también la autoría del mismo; este es un camino más trillado y propicio. Por él han discurrido escritores como Edgar Allan Poe o cineastas de la talla de Orson Welles o Steven Spielberg. Finalmente queda, con todo, una tercera vía para acceder al Olimpo, la más transitada. Tras el boom descomunal que supususieron las películas de Star Wars, que dieron pie al género de aventuras espaciales, muchos directores noveles fascinados por la trilogía se afanaron en copiar al maestro, llevando al nuevo género a un fangoso pantanal: agarrar las espadas láser, las naves espaciales, el poder del lado oscuro, los tirabuzones de la Princesa Leia, y recurrir a la coctelera, es el método más eficaz para transformar en pocos años los ingredientes accesorios de un nuevo género en un cúmulo de clichés. Aquí surge el tercer camino, el de los revisionistas. Esta fue la vía a la que acudió Ridley Scott reinventando todo un género con una nueva mirada y dos películas extraordinarias, Alien y, principalmente, Blade Runner. Si bien el tercer camino es a priori el más accesible, el autor que lo enfrente debe ser capaz de cuestionar todo lo que los aficionados al género damos por hecho, para reedificarlo desde sus cimientos. Dicho en plan enteradillo: la duda cartesiana aplicada a la creación artística. Este es el camino escogido por el escritor que nos ocupa hoy.
Así como una vez tuvimos a J.R.R. Tolkien para crear un nuevo género literario, ahora nos llega el joven profesor de literatura anglosajona Patrick Rothfuss, nacido y afincado en Wisconsin, que viene a reinventar la literatura épica fantástica con una trilogía cuyo primer libro ya aporta una revolucionaria fórmula, mezcla de lógica, alquimia y ciencia: se terminaron "los elfos, el mago malvado, el dragón, la profecía y la espada mágica", según el autor. El primer volumen, El nombre del viento, ha sido ya publicado por doquier con un éxito extraordinario y ha arrancado elogiosos comentarios de autores como Ursula K. Leguin o Orson Scott Card, amén de la mayoría de las publicaciones especializadas en el género. Plaza y Janés se hizo con los derechos para la versión en castellano y lo puso en las librerías el pasado mes de mayo con la ayuda de la impecable traducción de Gemma Rovira (al volumen, sin embargo, no se le encuentra el índice por ninguna parte, será un despiste causado por las prisas). En mis manos ha caído ya la segunda edición, de este pasado junio, que vengo a comentaros.
La trama general no es un prodigio de ingenio: Kvothe, un héroe de leyenda retirado a la temprana edad de 30 años (o quizás menos) como propietario de una remota taberna, cuenta su vida al más famoso compilador de biografías, el Cronista.
El nombre del viento ocupa el primer día de registro de la crónica completa (casi 900 páginas que leí en un suspiro), que llevará un total de tres días, a volumen por día para completar la que será conocida como la Crónica del Asesino de Reyes. Rothfuss evita con inteligencia que el lector caiga en la sensación del final feliz, a sabiendas de que el propio protagonista narra su vida, construyendo una segunda historia que discurre paralela con la contada por Kvothe: la que le involucra a él, a Cronista y a su discípulo Bast en el tiempo presente y que solo queda esbozada en este libro. En la crónica del primer día, Kvothe explica sus andanzas desde su más tierna infancia, cuando formaba parte junto a sus padres de la troupe itinerante de comediantes Edena Ruh, hasta que está a punto de ser expulsado de la Universidad por causa de las maquinaciones del peligroso aunque impresentable niño pijo Ambrose, uno de sus enemigos en la misma (escena que queda pendiente de resolver en el segundo volumen). En El nombre del viento Kvothe conocerá el amor, la gloria, la venganza, la mentira, la admiración, el terror, la peor de las hambres, la depresión y gran parte de las emociones y experiencias que son capaces de forjar un héroe. Para ello, cuenta además con un talento prodigioso para aprender cosas y una curiosidad y coraje naturales sin los cuales la leyenda no sería posible. La ayuda de sus amigos, siempre a punto, llegará allí donde sus sobrehumanas capacidades flaqueen.
La exitosa fórmula de P. Rothfuss consiste, como ya he avanzado, en procurarse un nuevo mundo desde cero: crea un sistema monetario formado por talentos, iotas, drabines, etc., varias lenguas llenas de sentido de las que algún día contará sus intríngulis (la conversación en
palurdo entre Kvothe y el porquero Skoivan Schiemmelpfenneg en los últimos capítulos es impagable y desternillante, ¡chapó para la traductora!), un universo de seres perfectamente argumentado, y, por encima de todo, un sistema coherente y sensato para explicar cómo una persona bien entrenada, un miembro del Arcano, es capaz de mover objetos a distancia, hacer que exploten o matar a un hombre con la combinación del poder de su mente (la Simpatía) y algunos objetos cotidianos. Esto último es sin duda la principal proeza y el logro que explica la sensación de veracidad que emana el mundo inventado por Rothfuss, no en vano la tarea completa hasta la publicación le llevó catorce años (ha prometido que el segundo volumen, El temor del hombre sabio, estará terminado mucho antes), y la reconfortante emoción de encontrarnos efectivamente ante algo radicalmente nuevo en el universo de la épica fantástica. El resto de la fórmula, el 30% que falta, si llega, está compuesto por una eficacísima trama que viaja a la velocidad de un caballo desbocado; una habilidad narrativa incuestionable, ocasionalmente desorientada por su un tanto cursi vocación poética; unos personajes creíbles, aunque no siempre de carne y hueso, y una palpable pasión por la literatura que hace que no podamos por menos que disculpar los pequeños deslices que contiene toda primera obra. Leed desapasionadamente las primeras 100 páginas del libro, las más previsibles, para notar la potencia real de la narrativa de Rothfuss desde allí hasta el final.
¿Estamos realmente ante la trilogía que va a reinventar el género de la épica fantástica? Para responder a esto acudiré al patio de la Universidad donde estudia Kvothe conocido como la Casa del Viento. Escribo la pregunta en un papel, lo doblo y lo dejo caer en el patio para que el loco viento que lo habita le dé mil vueltas antes de dejarlo salir por alguna de sus puertas, las que con su nombre darán respuesta a la pregunta: "Sí", "No", "Quizá", "En otro sitio", "Pronto".
El nombre del viento
de Patrick Rothfuss es un principio extraordinario que puede dar pie al inicio de una gran amistad. Contiene todos los argumentos para ello: pasión, acción, amor, ternura, música a raudales, poesía, simpatía y Simpatía, un héroe de leyenda conocido como Kvothe, y unos villanos a su altura, los Chandrian, la auténtica amistad, y, por encima de todo, un mundo que nos despierta con cada nuevo conocimiento las ganas de saber más de él. No hay que perdérselo.