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19 dic 2008

La peor soledad imaginable. M P Shiel



M P Shiel
La nube púrpura
Editorial Reino de Redonda


En una entrevista reciente publicada en La Vanguardia un crítico de jazz norteamericano dijo que la tarea principal de los padres es educar a sus hijos en vivir la soledad, y, desde aquí podrán desarrollarse plenamente en la sociedad que los acoge. La soledad es así la condición de madurez de todo hombre, entendiendo que su propósito sea el de alcanzar la completa autonomía personal y, con ello, disponer de la principal herramienta humanizadora e imprescindible punto de partida para cualquier proyecto de felicidad: la libertad. La versión moderna de la pregunta sobre la soledad nos remite al aburrimiento: el problema del hombre, incluso la condición del mal en el hombre, es el aburrimiento, su incapacidad para estar en una habitación vacía sin hacer nada de nada. Nacho Duato le dio la vuelta al asunto y matizó acertadamente que se trata entonces del problema del ocio, “¿qué hacer con él?”. Una aproximación a la americana va a ser: no pudiendo responder satisfactoriamente hagamos un buen negocio con ello, el negocio del ocio. Es una alternativa rentable que da de comer a millones, pero tampoco disuelve el problema, aunque sí lo posterga –a menudo hasta el mismo día de nuestra muerte-. Así el ocio, el entretenimiento, la mayor de todas las industrias que hayan existido jamás (y quizás también la más antigua), cumple impecablemente la función de distraer nuestra soledad, y así, evita que encontrándonos solos con nosotros mismos veamos por fin la auténtica cara que se esconde bajo nuestra piel. La ventaja es que quien sobrevive a sí mismo sobrevive a todo. En fin, a la vista de los horrores que nos reserva la soledad, no está de más agradecerle a la Navidad que se avecina lo bien que acomete la función de distraernos unos días de nosotros mismos, aunque sea a costa de apoquinar un dineral y de soportar a algún familiar plomizo con unos grados de más de alcohol en la sangre. Siempre habrá tiempo para echar pestes de la Navidad: ese sano ejercicio de vanidad que habitualmente ejercitamos con una media sonrisa y un guiño de complicidad para con nuestro interlocutor.
Si todas las soledades son terribles y aún peores las indeseadas, imaginemos aquella que nos condena a vagar solos el resto de nuestra vida por una Tierra deshabitada, sin testigos ni confidentes. Este es un planteamiento mil veces traído en la narrativa de ciencia ficción pero que como cualquier otro tuvo sus orígenes. La nube púrpura, magnífica novela de aventuras que el escritor británico Mathew Phipps Shiel (1865) publicó originariamente en 1901, es justamente uno de los más incipientes textos en los que se aborda la posibilidad de la desaparición de la humanidad entera, excepción hecha del desventurado protagonista del relato, Adam Jeffson en nuestro caso, que vagará por la Tierra entera como un Adán desterrado del paraíso. La comparación con el primogénito de Dios no es ociosa, se ha comentado a menudo que el propósito que persigue M P Shiel en este escrito es ilustrar las consecuencias que supone desobedecer los designios de Dios: Jeffson se embarca en la conquista del ártico, la aventura de llegar allí donde nadie lo ha hecho antes y de penetrar en la tierra que Dios ha vedado a sus hijos. El castigo que se reserva a su regreso al díscolo descendiente es el de ser el último hombre vivo en la Tierra. Se trata entonces de un texto con una incuestionable voluntad moralizadora de carácter cristiano; pero dejando aparte estas ínfulas doctrinarias, resulta una novela de aventuras apasionante que ha encandilado a escritores de la talla de H G Wells y Dashiell Hammett.
El texto se divide en tres partes bien definidas: la preparación y el viaje hasta el ártico, en donde se relatan todas las vilezas que condenarán a nuestro protagonista; el regreso a una Tierra desolada y poblada de cadáveres que, como mudos acusadores, se resisten tenazmente a la putrefacción, y que revelará el camino hacia la autodestrucción de Adam Jeffson, y, finalmente, la salvación, por la vía del reencuentro del amor. Dejo este último bloque del relato al feliz descubrimiento del lector. Ciertamente, aunque no es el primer texto que aborda el asunto del último hombre en la Tierra, su aproximación sí que resulta novedosa, en particular por no ahorrarnos ninguna crudeza en la descripción del descenso a los infiernos de su protagonista, y, me atrevo a afirmar que tampoco nunca después se ha obtenido tanto provecho en el tratamiento literario de este tema (los ejercicios posteriores han perecido por exceso de escrúpulo). Quizás M P Shiel podría habernos ahorrado algunos de los viajes de Adam Jeffson por una Tierra desolada, también habría mejorado el relato con una resolución más ambiciosa y con menos pretensiones didácticas; pero afirmo, sin sonrojo, que es a todas luces el mejor texto que conozco sobre el fin del mundo. M P Shiel es valiente al abandonar a su protagonista a las fuerzas de la naturaleza y de la locura y generoso al poner a su alcance todos los elementos que han de permitirle sobrevivir y mostrarnos sin cortapisas las consecuencias del extremo dolor y responsabilidad que soporta sobre sus espaldas. La descripción, aunque fría y desapasionada, no escatima los detalles del horror y se adorna con los necesarios giros que requiere toda novela de aventuras. Un texto realmente extraordinario que deja una huella perdurable en el lector y que aporta un nuevo argumento para dignificar el relato de ciencia ficción. Imprescindible.
No puedo cerrar la reseña sin mencionar la excelente edición que nos presenta la editorial Reino de Redonda, a la que Javier Marías ya nos tiene acostumbrados, y el magnífico prólogo de Antonio Iriarte. Papel de la mejor calidad, una buena traducción y esmero en el acabado para un texto que reposará para siempre tanto en nuestra biblioteca como en nuestra memoria.










PS: en relación al hábito común, a buena parte de la crítica literaria, de menospreciar la novela de aventuras y ciencia ficción como el patito feo de la narrativa, no me resisto a revelaros la respuesta que Fernando Savater dedicó ayer a aquellos que tildan despreciativamente su última novela de “divertimento”. Les replicó: “lo realmente terrible es que hubiera sido un aburrimiento”. Savater siempre a punto.
¡Feliz Navidad a todos!

22 ago 2008

Distopía, revolución y robots con Karel Čapek



Karel Čapek
R.U.R (Robots Universales Rossum)
La fábrica de Absoluta. 270 págs


Es moneda común en toda biografía, reseña o crítica literaria que se precie de un libro de Karel Čapek mencionar que a él se le atribuye la invención de la palabra robot, con el significado que ya todos reconocemos. La palabra robot, en la forma checoslovaca robota, apareció por primera vez en su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum), fechada en 1920, y se popularizó rápidamente por medio del fabuloso éxito que obtuvo la representación de la obra en todo el mundo. Bien, ahora que ya he cumplido con el trámite prescrito para las reseñas de libros de Karel Čapek, pasemos a otro tema.
Hace un tiempo, cenando con unos amigos en un moderno restaurante estilo vintage en el célebre bulevar barcelonés de El Born, me llamó la atención un chico que leía un libro mientras cenaba, a ritmo sincopado con la lectura, un sándwich en la barra. Lo anecdótico, si bien se trata de una postura cada vez más usual, es que el antedicho lector ocupaba más tiempo en comprobar por el rabillo del ojo el efecto que producía su imagen lectora sobre los demás y sobre sí mismo (guiándose por su reflejo en el espejo cercano) que en el texto que reposaba condenado entre sus dedos. Creo que durante el tiempo que estuve en el restaurante no llegó a pasar nunca la página. Bien, a todos los efectos, y meditando un poco la imagen, considero que su actitud es en extremo moderna, incluso posmoderna, asumiendo el hecho que finalmente se ha impuesto entre nosotros el imperio de la apariencia, con la siempre bienintencionada ayuda de los medios de comunicación, que cada día emiten mayor cantidad de imágenes y menor de contenidos –la imagen es ya el contenido-. En consecuencia, cualquier acción que esté sinceramente alejada de todo artefacto aparente, es decir, que se desentienda por completo del entorno, es subversiva. Así, este aparente lector –o mejor aún, lector aparente-, tan preocupado por mostrar un perfil lo más bohemio e intelectual posible, conjugaba perfectamente con el moderno ambiente del restaurante. Por el contrario, la imagen de alguien absorto y volcado en la lectura de un libro, completamente desentendido de su entorno y de su propia piel, es, no tan solo maravillosa y envidiable, sino también subversiva y revolucionaria. Y que persista. ¡Viva la revolución!
La editorial Minotauro publicó en 2005 dos de las obras más importantes de Karel Čapek, R.U.R. (Robots Universales Rossum) y La fábrica de Absoluto, en un único y dignamente editado volumen. Enlazando con lo anterior, R.U.R. (Robots Universales Rossum) muestra no tan solo una distopía repetida hasta la náusea por la ciencia-ficción posterior, la de la escalada tecnológica que desemboca en un futuro desastroso, un baño de sangre, sino, y ante todo, la de la revolución de los robots, hartos de que los traten como esclavos (significado real de la palabra robota) y carne de cañón para los trabajos más penosos (el símil con la actual situación de los trabajadores emigrantes del hemisferio sur del planeta que conviven entre nosotros da escalofríos). El lumpenproletariado tomando conciencia de clase y pasando a degüello a los opresores. Revolución pura y dura. Lo más interesante, tratándose del primer texto que imagina la figura del robot, y lo nombra, es que introduce el drama que supone para éstos carecer de sentimientos y las consecuencias, personales y sociales, que se derivan de sus acciones tan pronto empiezan a experimentarlos. Lo dicho, un lugar común discurrido habitualmente por muchos de los autores posteriores de ciencia ficción. Esto, sin embargo, no resta interés a una obra que reclama una lectura detenida y entusiasta.
Más interesante y sorprendente resulta la novela corta, originalmente un serial por folletines publicado con periodicidad semanal en el periódico checo Lidové Noviny, La fábrica de Absoluto, un auténtico hallazgo que recomiendo efusivamente como la más efectiva terapia para aquellos con el ánimo por los suelos y tal que píldora de la risa a sorber sosegadamente por los más acerados lectores. El vulgo que sobrevive de diario con la jacaranda televisiva, que se abstenga. Esto es fino destilado para gourmets bibliófagos. Quizás, el único inconveniente del texto, que impide que sea perfectamente redondo, radique justamente en que el formato en que se publicó originalmente se aviene difícilmente a transformarse en novela, como asimismo atestigua el propio autor en la introducción, pareciendo a menudo más un amontonamiento informe de capítulos que un relato clásicamente estructurado (en su momento se le reprochó que el libro terminaba con un “indigno hartazgo de longanizas”, según feliz expresión de Čapek).
El relato se eleva alrededor de una ingeniosa ocurrencia del autor: si, como sostiene Baruch Spinoza, Dios se encuentra presente en toda la materia del universo, éste se liberaría si pudiésemos destruir completamente la materia que lo contiene, por ejemplo, con un carburador. El contacto directo del Absoluto, liberado de sus ataduras materiales, con los hombres, provoca entonces alocadas situaciones que, tratadas con la fina ironía satírica de Čapek, resultan de una hilaridad explosiva. No diré más, pero lo expuesto hasta aquí no hace justicia a la brillantez del texto.
La fábrica de Absoluto reproduce el mensaje que Čapek ya nos transmite en R.U.R. (Robots Universales Rossum) pero con nuevas palabras y más carcajada. La utopía negativa, la alerta ante los excesos tecnológicos, la imposibilidad de cambiar radicalmente el orden natural del mundo sin provocar un desastre, el antibelicismo, la apuesta por el hombre por medio de un humanismo no antropocentrista, etc. Karel Čapek es un autor inteligente y sensible que gana con los años y que tiene bien merecido el pedestal en que se asienta su busto, allá en el paraíso de los más grandes autores de ciencia ficción de todos los tiempos.

30 jul 2008

La terrorífica mirada de Arthur Machen






Arthur Machen
Los tres impostores. 226 págs.

Unos pocos argumentos han bastado para despertar mi curiosidad para con el escritor de terror decadente Arthur Machen. Quizás el más revelable de los que pueda confesar sea la genuina admiración que le muestran tanto H.P. Lovecraft, el megagurú del terror, como Jorge Luis Borges. Aunque, aquí entre nosotros, se trata del hecho, nada accesorio, de que hubiera traducido las Memorias de Giacomo Casanova y el Heptamerón de Margarita de Navarra, lo que me ha llevado a leer Los tres impostores con una prejuiciada alegría de espíritu y con el ojo crítico mirando para Las Urdes. Y en particular, después de que conociese que fue por causa de la explicitud del dibujo que hace de las escenas sexuales lo que le cerró las puertas de muchas editoriales a sus Memorias de Casanova. Delicioso. Lógicamente, en Los tres impostores, y como puede comprenderse de un texto sinceramente dispuesto hacia el terror tardo-decimonónico, nada queda de esa escenificación sexual, y muy poco de su espíritu, pero en fin, todo ayuda a disponerse positivamente a la lectura. La mente es así de retorcida. Al menos la mía.
Los tres impostores, recientemente publicada por la muy correcta editorial Backlist (Planeta, oiga), en tapa blanda y papel de calidad, es una de las obras más conocidas de Arthur Machen, el autor galés que vivió a caballo de los siglos XIX y XX, y que dejó una fuerte impronta en la generación posterior de autores de terror, hasta el punto de que no puede entenderse el abandono de los clásicos estereotipos del género: la cripta, el castillo embrujado, los espíritus, la noche, etc. sin acudir a su encuentro más pronto o más tarde. Lo mejor de la obra de Arthur Machen pertenece al período comprendido entre 1890 y 1899, aunque, como suele suceder, no bebió las mieles del éxito hasta dos lustros más tarde, en 1920, cuando fue redescubierto y popularizado por algunos influyentes escritores americanos. Sucedió entonces que, movido por el espíritu extrovertido y hedonista que había cultivado en su periplo de actor, de escaso talento pero feliz disposición, de una compañía ambulante de teatro, dilapidó en fiestas, copas y una cara residencia en el Londres bohemio, buena parte del monto que había obtenido con la publicación de sus obras. Desafortunadamente, cuando años más tarde pasó la moda del horror decadente entre los lectores anglosajones, al pobre Machen no le quedó más remedio que colgar los hábitos de desprendido despilfarrador y mudarse a una humilde casa en Amersham, Buckinghamshire, donde tuvo que apañarse con una pensión modesta y la esporádica ayuda de sus amigos hasta su muerte, en 1947.
Los tres impostores está estructurada en cortos relatos engarzados en una narración de largo recorrido que da pie, capítulo a capítulo, a cada uno de los cuentos. La historia arranca cuando dos amigos, aficionados a la conversación vaporosa y pseudoilustrada de taberna, tropiezan, en extrañas circunstancias, con un tiberio de oro, una rarísima y antigua moneda romana de la que tan solo queda ese ejemplar conocido. A partir de este momento se cruzarán en sus vidas unos sospechosos tipos que les harán partícipes de perversas historias y cuyas maléficas intenciones se desvelarán en el último tramo del libro. La narración gana intensidad con el trascurso de la lectura hasta el brillante giro final, realmente digno de una obra de este prestigio. Los relatos, con mayor o menor acierto, son francamente buenos y, alguno de ellos, ha sido mencionado abundantemente como referente por renombrados autores de terror de la segunda mitad del siglo XX, como, por ejemplo la extraordinaria Novela del polvo blanco, la cual además antecede por méritos sobrados las conocidas Tales from the crypt. Es importante recordar aquí que el libro que nos ocupa fue escrito en 1895, razón por la cual tanto el lenguaje utilizado por los personajes como el carácter de sus relaciones personales y de trato, puede resultar un tanto decimonónico y entumecido para nuestro paladar habituado a los sabores directos y potentes de la literatura de hoy. Esto no es obstáculo para que el texto esté salpicado de magníficas perlas. Para muestra un botón: describiendo a los dos amigos protagonistas Machen procede así, “gracias a la extraviada benevolencia de parientes fallecidos, ambos jóvenes se hallaban fuera del alcance del hambre y, meditando altas empresas, pasaban la vida en un ocio agradable, saboreando las despreocupadas alegrías de una bohemia a la que faltaba la sal de la adversidad”. Tonificante y refrescante como el mejor mojito que podáis tomaros este verano.

19 mar 2008

Se ha ido el último clásico, Arthur C. Clarke

Fue esa habitual sensación de nostalgia que siempre se abate sobre mí durante las Navidades lo que me llevó a releer la excepcional novela de Arthur C. Clarke, 2001 una odisea del espacio, y dejar de postre una modesta reseña en el blog. Habiendo podido escoger a otro clásico, recalé en Clarke porque acababa de cumplir los 90 años, el último de su ilustre generación aún con vida. Pero viéndolo con perspectiva, quizás también lo eligiese porque en cierta forma intuía que sus días se acercaban a su fin. Ya se sabe, los festejos que celebran la aparición de una nueva vida, como hace la Navidad, nos ilustran en realidad sobre la caducidad de toda vida, y, con ello, evocan la muerte. Fue posiblemente, ahora lo veo, la nostalgia de una especie casi extinta.

Sir Arthur Charles Clarke murió ayer a los 90 años en su residencia de Sri Lanka. Seguro que lo que perdure de él no está ahora en los cielos, sino mucho más allá, surcando galaxias lejanas y descubriendo nuevos mundos habitados por extraordinarias criaturas con las que se entenderá a las mil maravillas. Buen viaje maestro.

9 mar 2008

Los niños pasados por agua de Charles Kingsley

Charles Kingsley
Los niños del agua. Rey Lear. 299 págs.

Por fin se termina la campaña electoral, y los políticos, una vez más, confirman con sus actuaciones el tan manido “desprestigio de la política” y descienden otro nivel en los círculos del infierno. La campaña empobrecida, los debates aún más mediocres si cabe y la publicidad electoral que daría vergüenza ajena si no fuera porque sus destinatarios finales somos todos los ciudadanos. Todo vale con tal de mantener el mandarinato, incluso la amenaza y el aliento del miedo. ¡Que vienen, que vienen, eh, eh! Lo más enervante es darse cuenta de que, efectivamente, pasan los años y todo pasa, menos los malos políticos; que pasando pasando, se van quedando. ¡Ay! Hermosa Política, menudos hijos has parido.
El mal político, el que olvida sus convicciones políticas a la menor ocasión, comparte a menudo cartel con aquel otro engendro aún más perverso, por fanático, el sermoneador; pues al menos el primero muda de chaqueta a conveniencia y no está dispuesto a llevarse consigo a nadie por delante si no convence con su verborrea. Este nefasto engendro ha abundado tanto en nuestro país que habitualmente no ha necesitado de aditamento alguno para pasar desapercibido, se ha presentado con toda la franqueza y bien henchido en su uniforme de gala. Quincalleros ambulantes engastados en una sotana, militares arengadores, filántropos salvaguardas de la correcta moral, siniestros aduladores del autoritarismo político y chivatos varios. Un grupo taxonómico amplísimo que comparte en todas sus ramificaciones tanto el gusto por la soflama latosa como la más impertérrita inflexibilidad en el mantenimiento de sus dogmas de fe. De entre los más ilustres jivarizadores de mentes que ha dado este orden sobresale, por lo elevado del atril desde el que arenga, el que lo hace en nombre de una malentendida fe religiosa, aquella obcecada en la conversión de los incrédulos por las buenas o por las otras.
El libro que hoy comento, si es que finalmente dejo espacio para hacerlo, fue escrito por uno de estos promotores de la correcta moral, una moral de potente calado religioso. Se trata de Los niños del agua, de Charles Kingsley, publicada ahora en España por la editorial Rey Lear y que obtuvo una nada desdeñable popularidad en el mundo anglosajón. El original está fechado en 1863, dos años antes de la publicación de Alicia en el país de las maravillas y, al igual que éste, trata de las peripecias de un infante, un niño, en un universo maravilloso que discurre paralelo al mundo real y donde todo es posible y sugerente. Sin embargo, y a diferencia de la obra maestra de Lewis Carroll, el texto está dirigido explícitamente al público infantil, por mal que les pese a sus editores españoles, y tiene el ánimo puesto en formar y conformar conciencias y morales en la línea muy conveniente de su autor, canónigo de la abadía de Westminster. El texto está lastrado, hasta la ilegibilidad en algunos pasajes, de consejos y directrices acerca de cómo conducirse por la vida que no dejan el menor espacio para tomar aliento y, para empeorar la cosa, Kingsley se toma la justicia por su mano y pasa por la guillotina a todos los pensadores que le son contemporáneos y con quienes disiente. Una auténtica pena, porque la historia del joven deshollinador que, huyendo del amo que lo maltrata y de la época victoriana que lo esclaviza, se sumerge en una zona lacustre de Inglaterra y comparte aventuras con hadas acuáticas, truchas y libélulas, es, ciertamente, extraordinaria y de una imaginación desbordante. La edición es muy notable, salvo por el precio algo excesivo, y se acompaña de las magníficas ilustraciones de Linley Sambourne que pertenecen a la edición inglesa de 1889, y de las que os dejo una muestra para vuestro deguste. En fin, salvando la hermosa historia que discurre de fondo, un texto pretencioso con aspiraciones de gran vuelo que se estrella bien pronto, aplastado como un insecto, contra la sombra gigante de Lewis Carroll.







El año 1935 Walt Disney realizó en su serie Silly Simphonies un cortometraje animado basado en el cuento de C. Kingsley, del que os incluyo el link de Youtube.







14 feb 2008

Las almas en pena de Vernon Lee

Vernon Lee
La voz maligna. Atalanta. 163 págs.



Se ha convertido en moneda corriente del uso del castellano, y me consta que también del de otros idiomas, llamar fantasmas del pasado a aquellas personas, o a veces a aquellas cosas o situaciones, que surgen de nuevo en nuestra vida provenientes de un tiempo ya pasado que considerábamos concluido, embotado y sepultado a más de 2000 metros de profundidad marina, en los fondos abisales. Las sensaciones físicas que experimentamos en estas situaciones, el cuerpo tieso como un carámbano y el aliento que se nos condensa tan pronto lo exhalamos, no son tanto producto de lo remoto de este tiempo pasado que se rememora, cuanto del yo al que el fantasma nos retrotrae y del que abjuramos ya hace lustros, en un tiempo anterior al que no querríamos prestar más oídos que a aquellas noticias que certificasen su defunción. Pero claro, pensar que realmente íbamos a dar por cancelada cualquier biografía con tan solo desearlo, por lejana que esta sea, es cosa de ingenuos. Hubo, sin embargo, un tiempo en que esta inofensiva expresión del lenguaje se tomaba al pie de la letra: los fantasmas del pasado eran efectivamente translúcidos, impalpables, se arrogaban el aspecto de una persona que ya había pasado a mejor vida y, en la mayoría de los casos, traían consigo las peores intenciones. Me refiero, está claro, a los siglos XVIII y XIX europeos, período que corresponde, en lo que al mundo del arte atañe, al Romanticismo. Es entonces cuando surge, en paralelo a aquellas obras de trascendente y plomiza espiritualidad de J.W. Goethe, Lord Byron, Victor Hugo o W. Blake, la literatura gótica, o de terror gótico, profundamente influenciada por los autores románticos y cuya producción, con sobresaltos, se alargará hasta nuestros días. Una literatura que toma inspiración en las leyendas populares, en la ciencia que despunta y en el trabajo de los científicos; que abunda en escenarios sobrecogedores y tenebrosos, como los castillos, cementerios, criptas o páramos y que sazona sus historias con monstruos de todo tipo y pelaje, ya sean en estado sólido, líquido o gaseoso.
Uno de los autores de esta generación, a caballo de los siglos XIX y XX, que merece una mayor atención es Vernon Lee, pseudónimo masculino de la escritora Violet Paget, de quien recientemente se han publicado unos pocos títulos que vienen como avanzadilla a llenar el sonoro hueco que teníamos en la sección de clásicos de nuestra librería y que confiemos en que engorde próximamente con nuevas publicaciones. De entre estos me he tomado el gusto de escoger La voz Maligna, publicado por la excelente editorial gerundense Atalanta (ojo a su bien diseñada web), para ponerme los pelos como escarpias. Aprovecho para comentar que, a su vez, la editorial del Reino del Redonda -sí, la de Javier Marías- ha publicado en su acostumbrado papel de alta gama Amor dure, que incluye seis textos de Vernon Lee, dos de los cuales se encuentran también en el volumen de Atalanta. La voz maligna consta de tres relatos fantásticos y un no menos excelente epílogo final titulado La voz del pasado, de Menchu Gutiérrez; en razón del cual sabremos de la peculiar biografía de esta autora inglesa de origen francés: la atormentada relación que mantuvo con su madre y con su hermano; su pasión, tan decimonónica, por Italia, en donde pasó gran parte de su vida, y sus ilustres conocidos y amigos, entre los que se encuentran George Eliot, Edith Wharton o Henry James. Los tres relatos que componen el volumen tienen el mismo eje nuclear: la manifestación de un fantasma que viene a mortificar al infeliz protagonista hasta que obtiene de él lo que ansía y, en algunos casos, se lleva de propina algo más por delante. En los tres casos además, es la curiosidad y no el miedo, o el temor por las eventuales represalias, lo que enreda al personaje en una espiral que se tensa obsesivamente hasta el dramático desenlace final. La trama de los tres textos es muy ingeniosa y se va dosificando perfectamente como un dulce veneno del que no es posible escaparse, evitando siempre el susto fácil. Las descripciones y el uso magistral que hace del lenguaje Vernon Lee la destacan en un lugar privilegiado entre los escritores de novelas de espectros que le fueron contemporáneos, y no digamos de los que han venido más tarde. Finalmente, me gustaría destacar la gran habilidad de la autora al situar al protagonista como narrador del relato, lo que nos permite compartir la progresiva obsesión que lo enferma e identificarnos con sus flaquezas muy fielmente, para lo que es menester un brillante ejercicio narrativo.

Resumo y cierro: tres hermosas joyas que emiten una luz mortecina, hipnótica e inquietante de vigorizantes efectos para el lector y, las más de las veces, de dramáticas consecuencias para sus protagonistas.
¡Que vivan los fantasmas!

14 ene 2008

The rain in Spain stays mainly in the plain

Si la mujer más hermosa del mundo, Audrey Hepburn, hubiese leído en su momento El eternauta, habría descubierto:
. Una mortal nevada que siembra la devastación en Buenos Aires y en el resto del mundo.
. Un apasionante cómic de aventuras heredero de las invasiones extraterrestres de H. G. Wells; con temibles alienígenas, misteriosos rayos, platillos volantes y malísimas intenciones de los invasores. Un torbellino de acción que gira y vuelve a girar sorprendiéndote a cada momento.
. Al protagonista Juan Salvo condenado como Ulises a disputar con los más malvados y a vagar, siempre en busca de sus amadas mujer e hija, por el continuo espacio-tiempo, a merced de unos Dioses enigmáticos y terribles.
. A Juan Salvo, a Favalli, a Pablo, a Alberto Franco, a Ruperto Mosca… como robinsones perdidos en un mundo, que es su Buenos Aires, irreconocible y nuevo, con peligros espantosos tras cada esquina y la muerte cambiando de máscara a cada momento.
. El contraste de los más altos valores de los que somos capaces los humanos: solidaridad, generosidad, caridad, valor, etc. con los más rastreros: venganza, codicia, traición, rencor, etc.
. Al mito de la ciencia ficción argentina, Oesterheld, en la cumbre de su capacidad creativa. Un guión impecable.
. La insinuación del camino a tomar ante esa apisonadora que nos aborrega llamada sociedad de consumo. Un paso inscrito en un humanismo individualista que privilegia al hombre y apuesta porque cada uno se responsabilice y tome las riendas de su vida. La auto superación personal cuando ya está todo perdido, cuando lo más fácil sería abandonarse a la placidez de una vida sumisa como hombre-robot.

. Un canto a la familia. Y a la humanidad entera como familia y hermandad.
. Una metáfora de la modernidad. Humanos y alienígenas enfrascados en una encarnizada lucha por la supervivencia donde, tanto unos como otros, son víctimas manejadas por una mano negra oculta en las sombras, tan inalcanzable como imposible de destruir.
. La lucha colectiva por un ideal común, por desterrar lo que nos animaliza. El progreso colectivo por delante del rédito personal.
. La fuerza ciega, lo inescrutable, las potencias que mantienen en movimiento al universo y que son indiferentes a las pequeñas chanzas de los habitantes que lo pueblan; y que permanecerá así, impasible, millones de años después de que todo se halla terminado.
. El trazo negro y apretado, lleno de expresión, y perfecto para mostrar tanto el manto pavoroso que se cierne sobre Buenos Aires como las correrías de los hombres y los invasores marcianos, de Francisco Solano López.





Si la mujer más bella del mundo, Audrey Hepburn, hubiese leído en su momento El eternauta, podría haber reinterpretado su famosa frase en My fair lady y haber hecho decir a la florista Eliza Doolittle: “la lluvia en Sevilla es una maravilla, pero la nieve en Buenos Aires es una tremenda pesadilla”.

Por fin, con motivo de sus bodas de oro, podemos disfrutar en España de la edición en un único volumen de El eternauta, en un fantástico apaisado de tinta negrísima, por el buen hacer de Norma Editorial.









2 ene 2008

Revisitando a Arthur. C. Clarke

Fue, y de eso hace ya 50 años, cuando un pequeño objeto metálico cruzó los fríos cielos soviéticos en dirección a la estratosfera, que se dio pistoletazo de salida a la carrera espacial; la cual vendría a sumarse a las que ya sostenían en lo económico, militar y político los, por aquel entonces, países más poderosos del planeta, la URRSS de Nikita Khruschov y los EEUU de D. D. Eisenhower. Días más tarde un segundo satélite Sputnik alcanzó el cielo extraterrestre con un ser vivo en su interior, la preciosa perrita Laika, de cuya efímera gloria y dramático final mejor no hablar. El éxito de los satélites Sputnik, se lanzaron 8 en 4 años, junto con el desastroso inicio de los proyectos Vanguard estadounidenses precipitó que al año siguiente, en 1958, la NASA empezara a funcionar como agencia y que J. F. Kennedy prometiera a sus conciudadanos que el orgullo de poner la primera pisada en la Luna se la llevaría el pueblo norteamericano. De esta manera comenzó de una forma un tanto atolondrada una era fascinante para la aeronáutica, llena de altibajos, de grandes hitos y de no pocas bajezas. Sea como fuere, el apremio de los gobiernos inmersos en la Guerra Fría permitió un gran progreso tecnológico en poco tiempo y una realidad organizativa y económica de la que la ciencia y, por ende, todos nosotros, nos hemos beneficiado. La curiosidad y el interés por conocer nuestros orígenes y los del universo entero han dispuesto, y lo siguen haciendo, de fondos económicos solventes para sus proyectos de investigación. Tampoco soy un iluso y olisqueo sin mucho esfuerzo el tufillo apestoso del interés militar que esconden muchos de los fondos que se le destinan. Pero lo cortés, no quita lo valiente.
Tirando del hilo de las efemérides, resulta que hace 50 años los EEUU lanzaron el satélite Explorer I y la NASA el Pioneer I; hace 30 años se estrenó en los cines estadounidenses la primera película de Star Wars, otro hito de los viajes interplanetarios en la ficción; además este mismo diciembre Arthur C. Clarke celebró su 90º cumpleaños en Colombo, Sri Lanka, y en este 2008 que comienza se cumplirán 40 años de la publicación de su obra magna, 2001, una odisea del espacio. ¡Qué mejor manera para celebrar el inicio de los viajes espaciales que leyendo justamente este libro! Y eso he hecho.
2001, una odisea del espacio, no existió en formato de libro antes que la película. En realidad, la novela es el producto secundario de un proyecto de guión cinematográfico que Stanley Kubrik encargó a Arthur C. Clarke y que les llevó un año entero de trabajo conjunto. La obra está estructurada en tres partes, tres historias completas, donde cada una resuelve un fragmento particularmente significativo de una historia de más largo recorrido: tres millones de años, ahí es ná. El argumento gira en torno a la visita de los extraterrestres a la Tierra y el efecto que tiene en la evolución como especie del hombre. El resto de la novela, es decir, la segunda y tercera parte, pretende dilucidar los motivos que esconde esa visita y, en consecuencia, el carácter de los mismos visitantes; para lo que se vale de una aventura de exploración espacial, con momentos apoteósicos como el del motín del ordenador HAL 9000 de la Discovery, que se va volviendo más y más abstracta para culminar en un final delirante. Yo, que he visto la película en varias ocasiones, me he llevado además una muy agradable sorpresa al comprobar que buena parte de la confusión de la película se resuelve con razonable solvencia en el libro. Bien es cierto que los capítulos del final y, muy particularmente, el último, que ocupa poco más de un párrafo, son muy del tono existencialista tan en boga en los últimos 60 y que te deja un poco con el rictus en el rostro de una figura de cera. Pero los abundantes y muy caudalosos ríos de tinta que se han vertido al respecto no hacen mella a una obra que se mantiene plenamente vigente, cuya prosa y recursos narrativos marcan mucho músculo y que por lo premonitorio de algunas conjeturas merece codearse con los libros de Julio Verne. La cadencia lenta de la narración junto con las detalladísimas descripciones de los vehículos espaciales y de las imágenes del cosmos nunca se hacen farragosas, bien al contrario, te sumergen y te llevan como en un colchón bien muelle a lo largo de la novela. Eso sí, en la obsesión por primar una historia compleja y en insinuar las consecuencias de la misma para la raza humana y el destino de la Tierra, el desarrollo de los personajes se deja en una muy segunda fila: son tan solo peones con un destino prefijado de antemano y sin libertad de movimientos. Resumiendo, una novela preciosa, adictiva y con un final sorprendente que recomiendo sin dudarlo un minuto.