No hay bestia tan feroz
Edward Bunker
Sajalín Editores




Max Dembo lo tiene todo para ser un delincuente temible, es listo, perspicaz y valiente, tiene un pasado, tiene armas y un odio atroz que le fulmina el miedo, pero sobre todo, tiene un nombre, Max Dembo. Siempre he pensado que uno de los momentos más agradecidos para el escritor de novela negra es cuando tiene que escoger el nombre de sus personajes. Max Dembo es un nombre genial, nadie con un nombre cargado de esa sonoridad podría hacer otra cosa que reventar bancos y huir de la persecución policial en un Cadillac trucado. Vive rápido y muere joven, ya conocéis la historia.
Edward Bunker también es otro nombre impresionante. Edward es moneda corriente en todas las lenguas europeas desde tiempos inmemoriales, tiene una sonoridad vulgar y no le sobra carisma, sin embargo, el diminutivo ya es otro cantar, Eddie. Además, parece que el apodo le viene de seguido; algo del estilo de Eddie Scarface” o Eddie “lo que fuere” se aviene de maravilla con el ambiente carcelario. Quién no se pondría en guardia al ser presentado ante alguien con semejante nombre. A la vez, el tono se redondea con el extraordinario apellido, Bunker, que suena igual que el disparo de un arma de gran calibre. Veamos:
En mitad de la noche un leve crujido del parqué lo despierta, alarga la mano y, a tientas, acciona el interruptor de la lamparita de noche. En la fatigosa consciencia de la duermevela percibe una alargada figura acercándose,
- ¿Eddie? ¿eres tú?
- ¡Ban-ker! ¡Ban-ker!, estás muerto.
No hay bestia tan feroz es el primer libro que se publica en España de Edward Bunker (1933-2005), y lo hace, 36 años después de su publicación en EUA (1973), la jovencísima editorial barcelonesa Sajalín Editores (que ya ha sacado al mercado una nueva narración del mismo autor, Stark).
Tan pronto te haces con el volumen y ojeas la contraportada, la granítica mirada de Bunker te traspasa dejándote desarmado y adviertes inmediatamente que la conexión entre el autor y su bestia no es otra que la autobiográfica, Edward Bunker es Max Dembo. La vida de E. Bunker es materia literaria de primer orden, materia para una buena novela negra, claro, -a buen seguro que Tarantino ya ha adquirido los derechos de autor para el cine de su autobiografía, Memoirs of a renegade (todavía no en castellano)-. Un breve repaso a su vida sería el siguiente.
Tras la disolución de su desestructurada familia no hubo reformatorio capaz de contener el afán de libertad del joven Bunker, que se metió en atracos, drogas, palizas y toda suerte de delitos al alcance de un joven en la California de los años 60-70, la época de los hippies y los alucinógenos. Un carrusel de experiencias fuera de la ley que lo destinó a patear los patios de un buen número de prisiones –consiguiendo el dudoso honor de ser el reo más joven encarcelado en San Quintín-. A la edad de 42 años ya había pasado 18 en prisión y su vida se precipitaba sin remedio a una prematura muerte de la que se escabulló milagrosamente por mor de su voraz pasión lectora y de la fortuita ventura: Louise Wallis, la estrella de Hollywood retirada y esposa del afamado productor de Casablanca, dedicada ahora a reformar jóvenes delincuentes, tomó bajo su amparo a un violento reo de 27 años llamado Edward Bunker. La subscripción al New York Time Books Review, regalo de L. Wallis, un curso universitario por correspondencia, miles de lecturas y seis tentativas fallidas de novela, obraron el resto del milagro. Tras la muerte de su mentora en 1962, E. Bunker cayó en el desamparo y tonteó con la delincuencia de nuevo, pero afortunadamente la semilla de Louise Wallis ya había anidado en él y no tardó en reformarse. Publicó seis novelas en vida, además de sus memorias, y participó como actor en más de una veintena de películas, entre las que se cuentan The running man (1987) y Reservoir dogs (1991) (Tarantino nunca ha desaprovechado la ocasión de manifestar públicamente su admirada adhesión). Edward Bunker es ya hoy un referente de la novela negra y cosecha un merecido prestigio que es el orgullo del gremio.
Estas notas biográficas conforman la estrategia que he tomado para contaros el contenido del libro sin mencionar ni una línea del argumento. No hay bestia tan feroz es, sin repetirla, la vida de Bunker contada en primera persona por Max Dembo, otro delincuente de los años 70 en Los Ángeles. En No hay bestia tan feroz encontraremos atracos, palizas, huídas, coches robados, planes fallidos, putas, polis y yonkis, toda la panoplia de mejor cine policíaco de la época. Pero también amor y pasión, y, principalmente, el relato del día a día de los desheredados en los bajos fondos americanos, su desesperada lucha por la supervivencia. Aquí es donde despunta el principal valor añadido de E. Bunker, un valor único e inapreciable en la narrativa de novela negra, la sinceridad de una voz que habla desde la experiencia vivida intensamente. Nadie como él para imprimir veracidad en la perspectiva del delincuente. Y de qué manera, sus delincuentes son personajes llenos de una densidad humana a prueba de la mejor narrativa moderna americana; en el terreno de la creación de personajes, encuentro preceptiva la comparación con Ford, Auster o Roth, sobre todo en su núcleo duro, el plano moral (Bunker sabe mantenerse distante y nunca prejuzga a sus personajes, éstos hablan por sí mismos, y tienen una autenticidad irrebatible). Por lo demás, su narrativa es tan sincera como efectiva: sientes en tu propia piel el terror suicida de la persecución, la adrenalina del atraco, el razonamiento embotado por el exceso de anfetaminas y noches sin dormir, y la desesperación del camino sin salida que es una vida donde el presente es el horizonte más ambicioso.
John Connolly, Fred Vargas o Stieg Larsson nos ofrecen diferentes perspectivas del detective, valiosos matices de un mismo patrón, pero si queréis de verdad una aproximación radicalmente auténtica, si buscáis compartir la verdad con sus protagonistas, daos un paseo por la obra de Edward Bunker. Impresionante.

Nota: es Mr. Blue en Reservoir dogs, el que está más la derecha en la fotografía que os adjunto -el que parece mirarse los zapatos, vamos-.