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2 jun 2010

El enigma de la calle Calabria. Jerónimo Tristante



El enigma de la calle Calabria
Jerónimo Tristante
Editorial Maeva




Tengo la penosa fortuna de frecuentar el centro de Barcelona por motivos de trabajo, lo hago casi a diario y vivo la experiencia encabronado. Hubo un tiempo en que lo malo fue la profusión de turistas cerveceros y descamisados, pero hoy las cosas se han puesto ya imposibles; la crisis económica y el desinterés que muestra por sus conciudadanos el ayuntamiento barcelonés, enrocado desde la borrachera de las Olimpiadas del 92 en la promoción de grandes eventos y comandado por gestores lunáticos de oídos sordos y afán recaudador, han transformado el carismático barrio de Ciutat Vella en un parque de atracciones deprimente y vergonzante, núcleo gravitacional que concentra todo el catálogo de miserias de una ciudad desnortada: fulleros, timadores, carteristas, chulapos, mendigos, putas, arribistas, empresarios inmorales, traficantes, borrachos, funcionarios corruptos, etc. La Rambla ya no es un paseo, es una gincana arbitrada a derecha e izquierda por infatigables fantoches degradados en sus pedestales, y el asombroso aparador del mercado de la Boqueria oculta un submundo de catacumbas nauseabundas, pseudoesclavismo, pisos patera y almacenes infestados de plagas. A todos nos gusta visitar otros países, y lo que ansiamos principalmente es asombrarnos con un modo de vida y un paisaje radicalmente diferente al nuestro, incorrupto, incontaminado y orgulloso, desgraciadamente esa esperanza solo la disfrutan los primeros en llegar: al que todavía dude de la capacidad del turismo para hacer pedazos el paisaje físico y moral de una ciudad, que se pase por aquí. Ciutat Vella es ya la zona cero de una Barcelona que expulsa a sus habitantes al extrarradio, cuando no a otras urbes más humanas y civilizadas. A los urbanitas que amamos un espacio público limpio y educado ya sólo nos queda lo rural.
Lo mejor de El enigma de la calle Calabria, la última aventura del ingenioso y racional detective Victor Ros, es que nos muestra la joven Barcelona de finales del siglo XIX, una ciudad en plena expansión económica y cultural, la ciudad de los Cambó, Santiago Rusiñol, Antonio Gaudí y Josep Pla, la del Modernismo, los submarinos de madera de Monturiol, los anarquistas, las tardes del Liceu y las tertulias, la de los Quatre Gats y las sufragistas. En fin, la de la mejor Barcelona que nunca haya existido, una apasionante ciudad llena de vida y cultura, en la que tampoco faltaban los barrios deprimidos, la picaresca y la prostitución, pero a pesar de eso, una Barcelona carismática y con personalidad. A Jerónimo Tristante, el escritor que ha dado vida al afamado detective madrileño -que ya cosecha con esta su tercera aventura- no se le resiste ninguna ambientación histórica; se ha documentado estupendamente y ha sabido transmitir todo ese espíritu de ciudad en ebullición con futuro (¡ay!) que fue la Barcelona tardo-decimonónica. Esta es a fin de cuentas la mayor pretensión del autor, mostrarnos una realidad maravillosa y perdida, adánica: la historia de intriga que nos narra no es más que el caramelillo con el que seducirnos. Lo cual no rebaja el mérito para una aventura bien urdida e impregnada del aura de los grandes clásicos del género, principalmente de Arthur Conan Doyle. Así, el detective Victor Ros nos resultará perfectamente reconocible, una figura a la española inspirada en Sherlock Holmes o H. Poirot, quizás no en los rasgos más llamativos de su personalidad, pero sí en las clásicas herramientas narrativas de las que J. Tristante echa mano para cincelarlo, aquí se le adivinan las lecturas que lo inspiraron.
En el plano estrictamente formal, el entusiasmo se me enfría un tanto. Jerónimo Tristante muestra algunas limitaciones narrativas que debieran haber sido identificadas y remediadas por el editor. Con el loable ánimo de no dejar lagunas en la ambientación histórica, dota a sus personajes y al propio narrador omnisciente de un lenguaje de época a menudo torpe, que me ha resultado indigerible en ciertas escenas por excesivamente pedante o inverosímil. Además, este problema de desafección se agudiza cuando se le desorienta el narrador, que no ha dibujado con claridad desde el principio; tan pronto se presenta como una voz inidentificada de finales del siglo XIX que nos relata una aventura como con la de un historiador contemporáneo que nos ilustra sobre un momento histórico pasado. Además, los personajes carecen en muchos casos de densidad. Esto se evidencia dramáticamente en el caso de Victor Ros, un detective falto de carisma y de contradicciones internas que milita en un género literario donde no es admisible desatender a la personalidad del protagonista. Me da la impresión de que J. Tristante ha repartido mal sus esfuerzos preparatorios, mucho trabajo de documentación histórica y muy poco en el ámbito narrativo y argumental. Su trilogía está perfectamente ambientada, pero carece de alma. Un poco como si los relatos del Padre Brown se hubieran mezclado accidentalmente con Amor en tiempos revueltos.
Terminamos, El enigma de la calle Calabria es una aventura agradable, con buenas intenciones y que cumple solventemente como novela histórica de entretenimiento, pero que adolece de un insuficiente oficio de escritor. Opino que Jerónimo Tristante dispone del talento suficiente para labrarse un nombre en el género de la novela negra histórica, pero para ello tendrá que arrimarse a un editor competente que le pula y mejore los textos.




22 mar 2010

Un lugar incierto. Fred Vargas





Un lugar incierto
Fred Vargas
Siruela




No habíamos superado aún el estupor de ver las librerías literalmente colapsadas por una montaña derrumbada de volúmenes etiquetados como "novela histórica", cuando una nueva cordillera ya amenaza con venirse abajo, la de los detectives. Los hay griegos, jóvenes y viejos, peluqueros, arrabaleros, aristócratas y también suecos, que son los más abundantes y rentables. Todo el mundo, sobre todo si está en posesión de la irrefutable certeza de tener algo qué decir, se apunta a la moda y produce un texto con el que redondear ese sueldo que nos va menguando como si lo hubiéramos obtenido de manos de la Reina de Corazones (cada vez más la realidad, y esta es una opinión sobaquera, es Carrolliana: está más del otro lado del espejo). Los que hacemos el chorra con las letras sin ánimo pecuniario somos la salvación de la especie (pues vaya una gilipollez). En fin, si un marciano visitara la Fnac, penetrara en su mundo de moqueta húmeda y 5% del precio en puntos indirectos, y sondeara las mesas de novedades editoriales, se llevaría la impresión de que somos una especie hiperviolenta y mitómana, entusiasmada con los asesinatos y las masacres, y deseosa de que los muertos cobren vida y nos compliquen todavía más las cosas. Y no andarían muy desencaminados: a menudo parece que, subconscientemente, reclamemos a los muertos, o a los más tarados de entre los vivos, el desembrollo de los problemas que nosotros mismos generamos. Cuando se trata de aplicar soluciones imaginativas y aleladas, no hay quien nos gane (ojo! a la clase política española, la vanguardia del surrealismo).
Volvamos a los detectives, que me pierdo. En el universo de la novela negra los matices son la madre del cordero (eso, y poco más, distingue a J. Connolly de S. Larsson). Aquí, donde ya se sabe que la atención a los detalles es la herramienta esencial para dotarse de voz propia en un género agotado formalmente, me quedo con Fred Vargas. La escritora francesa ha sabido edificar un castillo al que no le faltan los fantasmas ni los pasajes secretos custodiados por gárgolas que cobran vida, un factor diferencial único en su especie que la sitúa a caballo entre la novela policíaca y la ciencia ficción (abundando principalmente en el primero de los géneros, por supuesto). Su detective, el comisario parisiense Adamsberg, milita en el subgrupo de los investigadores despistados que apuntalan su talento de sabueso escrutador en la intuición, la misma "vocecita" que siempre aconsejó sabiamente al atlético Thomas Magnum. Salvando las distancias, ni el porte ni sus escarceos amorosos se le asemejan, Adamsberg sabe que su fuerte no es la precisión analítica ni su habilidad para la deducción, sino la perspicacia y una finísima atención para los elementos anacrónicos: los detecta y memoriza sin dificultad, necesitando, por otro lado, llevar siempre a cuestas una libreta de bolsillo para anotar el nombre y aspecto de sus subordinados, incapaz de recordarlos. Aquí, y tratándose del jefe de un grupo de investigación criminal de la policía, las investigaciones nunca las lleva en solitario si no que se apoya en sus subordinados, por lo que las historias de F. Vargas dibujan siempre un populoso fresco que es una de sus principales virtudes argumentales (su fuerte no es la penetración psicológica de los personajes). Adamsberg no es una racionalista, acepta lo que viene "del más allá" sin prejuzgarlo, pero tampoco utiliza más herramientas en sus investigaciones que las que están al alcance de cualquier policía (los ouijas o las estacas en el corazón no son de su gusto); si alguien le dice que es un vampiro, no va a perder un minuto en rebatirlo, a él solo le interesa atrapar al asesino, y para eso es un fiera. Este es justamente el caso que nos ocupa: en Un lugar incierto, que es la última novela publicada por Fred Vargas en España (Siruela-Policíaca), Adamsberg y su equipo se las ven con un matador de vampiros que utiliza métodos brutales de aniquilación (se ve que ya no fabrican los ajos y las estacas como antes); transforma a sus víctimas en papilla o les corta los pies para evitar que regresen del más allá hechas una furia. La investigación se inicia en el esperpéntico cementerio londinense de Highgate y evoluciona en París y Serbia. Para los que ya hayáis leído otras de sus aventuras os avanzo que en ésta se esclarecen algunos cabos sueltos y se nos permite fisgar en ciertos asuntos escandalosos del pasado del comisario, y no leo más allá.
La narrativa de Fred Vargas aúna algunas de los mejores cualidades del género, como la arrebolada velocidad, el verbo sagaz y el diálogo acerado. Pero también adolece de ciertos deméritos clásicos: los personajes, excesivamente caricaturizados, carecen de grosor (el subordinado tonto, en toda ocasión es tonto, y el colega obeso lleva siempre sus bolsillos atiborrados de madalenas, aunque se haya anunciado el fin del mundo en los noticiarios de la tarde), tampoco parece haber espacio para la vida normal (salvo cuando está relacionada directamente con el caso, para todo lo demás aparece muy marginalmente), y la autora muestra un gusto vertiginoso por la extravagancia que en ocasiones aleja el relato de lo plausible. En fin, el tradicional conjunto de problemillas que es ya la sal del género pero que pervive como argumento crítico para tildar al género de "menor", ahí están los Hammett, Chandler o el tándem Bogart-Bacall para corroborar que en este género se ha sabido hacer de la necesidad virtud. El efectismo y la escenificación teatralizada tan frecuente en la novela negra, representa para el común de los lectores la realidad paralela en la que se dan los elementos imaginativos que garantizan una aventura policiaca "como las de antes".
Un lugar incierto supone otra más de las muescas con las que Fred Vargas rubrica la culata de un proyecto de género aventajado por la circunstancia de que su autora no se plantea la escritura como un oficio, es investigadora en arqueología para el CNRS, sino como un divertimento. Y eso se nota y se contagia. Si bien Un lugar incierto no puede considerarse, como tampoco ninguna otra de las investigaciones del comisario Adamsberg, ciencia ficción o fantasía sensu strictu, no le faltan puntos de conexión con estos géneros, ni otros méritos, para que un lector aficionado a ellos no pueda pasarlo en grande. Como yo lo he hecho, vamos. Si no fantasiosa, sí que es una novela fantástica como pocas.


Este de arriba es Jean-Hugues Anglade haciendo de comisario Adamsberg para la TV francesa.

29 nov 2009

Fin. David Monteagudo





Fin

David Monteagudo

Acantilado


Nota importante: os prevengo que, por primera vez, y espero que última, voy a destripar el final de una novela en una reseña literaria. ¡Ojito! los que sigáis leyendo aceptáis así las condiciones de uso y no podréis reclamar en el futuro ninguna restitución moral.


La estructura clásica de toda obra literaria incluye un desenlace, ese lugar donde se centrifuga toda la trama y se cuela por el estrecho sumidero que sirve para rendir cuentas, resolver los enigmas y aliviar las mentes de los lectores. Este último apeadero cumple además el postrero propósito de enjuiciar al autor, es aquí donde se le permite dar la vuelta al ruedo con la pechera bien abierta y la montera en la mano para recibir los laureles del público lector o, en su caso, la pedrada (el símil con la lucha de gladiadores romana quizás sea más feliz, en fin). Muchos otros cometidos pretende el desenlace, pero a la postre se trata de esclarecer los hechos y de cumplir con el viejo requisito de toda historia, sea ésta de carácter artístico, científico, filosófico o religioso, es decir, de satisfacer la humana curiosidad. Esto explica también la escasa aceptación entre los lectores de aquella moda, iniciada por las tendencias literarias renovadoras de los siglos XIX y XX, consistente en exponer un fresco social aparcando la clásica estructura narrativa, el conocido espejo de Stendhal -¡si incluso a los documentales les pedimos narratividad!-. Cuando, además, se trata de géneros muy ensayados y completamente interiorizados en la genética del lector, como es el caso de la literatura de aventuras, es casi inconcebible violentar las férreas estructuras preconcebidas. Entonces, resulta de una valentía kamikaze no siempre artísticamente encomiable, atreverse con semejantes inventivas (sospecho que en general, el lector medio no es muy propicio a la cocina de autor, menos aún el de aventuras –y para los escépticos, me remito a las estadísticas de ventas-).

Así que para confirmar la regla voy a hacer lo que nunca antes me atreví y siempre me prohibí, explicar el final de una novela. En mi descargo quiero aclarar que haciendo esto cumplo a pies juntillas con el único precepto que me impuse al tomar posesión del cargo: siéndome imposible asumir una crítica en profundidad de una obra literaria (ni estando remotamente preparado), comentaré aquello que más ha contribuido a la impresión que me cause el texto.

Con Fin, David Monteagudo pretende desentrañar las reacciones de un grupo de personas normales, ciudadanos de a pie, según se van derrumbando al ser enfrentados a una situación límite –o esto es lo que él dice-. Para ello, los reúne en la misma vieja casa de campo donde de jóvenes formularon la promesa de reencontrase veinte años más tarde. Bien pronto se ve que lo que prometía ser una reunión de lo más decepcionante, como sería de esperar de un grupo de antiguos amigos que ya ni comparten recuerdos trasnochados, revierte en una desesperada huída adelante a medida que los compañeros van desapareciendo uno a uno en alucinantes circunstancias. Desde el principio Monteagudo suscita dos enigmas alrededor de los cuales va a construir su delirante trama y que nunca terminará por desvelar. Si bien, tras finalizar el volumen comprendes que dichos enigmas son la zanahoria con la que tira del lector y que su pretensión real es otra -impresión que he confirmado al leerle en entrevistas- la sensación de estafa es irremediable. Y esto, a mi entender, sucede porque Monteagudo abusa de la técnica de tentar con el anzuelo hasta el punto de que devoras las páginas, acelerando más y más, para saber de una vez qué demonios está pasando y sentirte aliviado mordiendo la zanahoria. Y, además, porque su objetivo real, el de explorar la condición humana en el miedo, se queda sin desarrollar en profundidad, ni resiste tampoco la menor comparación con las durísimas autobiografías escritas tras los episodios totalitaristas del siglo XX. A pesar de lo cual, no voy a negar tampoco las evidentes cualidades de una novela que te mantiene en vilo y te entretiene como pocas, ni la habilidad de David Monteagudo con la narrativa comercial, que está al mismo nivel que el de cualquier otro autor de bestseller.

Me atrevo a esbozar algunos de los motivos que explican por qué los caprichosos vientos comerciales de las ventas le están siendo favorables a Fin. Por un lado está el aspecto distinguido que atesora toda rara avis y que lo promociona ante los lectores que se venden como “descubridores de piedras preciosas”; por otro la eficacísima estrategia de marketing de Acantilado y el prestigioso acompañamiento de su nombre; también ha funcionado el boca-oreja para un texto con notables virtudes narrativas, así como el aspecto referencial: se le ha comparado con La piel fría de Sánchez Piñol, el Mecanoscrit del segon origen de Pedrolo o a La carretera de Cormac McCarthy; y, quizás, también ayuda la imagen de “hombre hecho a sí mismo” o de “Juan Nadie” del propio David Monteagudo. A pesar de ello, me temo que Fin juega en una división más humilde que la de las obras antes mencionadas y que difícilmente resistirá el fino tamiz de los años; mientras éstas tienen claro a dónde van, y allí se encaminan y culminan siguiendo un plan trazado de antemano, la novela de Monteagudo naufraga en los objetivos aun convenciendo en varios aspectos formales: si uno escoge sacrificar el desenlace en un género en el que eso es causa de excomunión, más le vale proveerse de unos argumentos estéticos o de contenido irrebatibles. Fin es una obra precipitada en la que no se ha invertido todo el trabajo previo de maduración que debiera garantizarle arribar a buen puerto.

A pesar de todas las pegas expuestas me atrevo a recomendar la lectura de Fin, sobre todo después de haberos estropeado el desenlace, así soy yo. Quizás, ahora que ya no estéis preocupados por la resolución de los enigmas que plantea Monteagudo podáis apreciar mejor su habilidad narrativa.


12 sept 2008

Resucita Sherlock Holmes invocado por Jamyang Norbu y Joann Sfar







Jamyang Norbu
Los años perdidos de Sherlock Holmes. 328 pàgs.






Joann Sfar
Profesor Bell
Vol. 1. El mejicano de dos cabezas
Vol. 2. Los muñecos de Jerusalén
Vol. 3. El carguero del Rey Mono



Ya que mi pretensión es reseñar dos obras paralelas, una en cómic y la otra en narrativa, protagonizadas por el popular investigador Sherlock Holmes, me comprometo a postergar, ni que sea por esta vez, los habituales y tediosos circunloquios con los suelo aplomar mis críticas de libros. Seguro que los que me leéis habitualmente agradeceréis el detalle.
Sir Arthur Conan Doyle, el renombrado autor que creó a Sherlock Holmes en 1887, se vio impelido a arrebatar de las garras de la muerte a su detective adicto a la heroína, por aclamatoria petición popular, tras despeñarse éste, junto al temible doctor Moriarty, por las cascadas de Reichenbach, sitas en los suizos prados de impecable gorjeo tirolés (La aventura del problema final). A su regreso a Londres, nuestro hierático detective confesará al doctor Watson, el abnegado cronista de sus aventuras, lo siguiente: “viajé durante dos años por el Tíbet, y pasé un tiempo entretenido en Lhasa y unos días con el Gran Lama”. Estas sorprendentes revelaciones son la única referencia que dejó Sir Arthur Conan Doyle de lo acontecido a Sherlock Holmes tras los funestos sucesos de Reichenbach, y se encuentran recogidas en la aventura La casa vacía (1903).
El relato de las aventuras de Holmes en el Tíbet es pergeñado por el escritor Jamyang Norbu en el volumen Los años perdidos de Sherlock Holmes, que publica en nuestra lengua la excelente editorial El Acantilado y cuyo original está fechado en 1999. Para referir la aventura que nos ocupa J. Norbu improvisa un Watson a la india de nombre imposible de conjurar, Hurree Chunder Mookerjee, que acompañará a Holmes en todo su periplo montañés, le hará de intérprete y de sabio Cicerone, y le ayudará no pocas veces, salvándole incluso la vida. Hurree es sin duda el personaje más conseguido de toda la novela, realmente creíble tanto en su vis cómica, de patoso babuji cuyas meteduras de pata tienen providenciales consecuencias, como de culto etnólogo, que no desperdicia ocasión para ilustrar a su amigo sahib sobre la cultura, la fauna y la flora, y otras maravillas de esas exóticas tierras. Norbu consigue además un Sherlock Holmes a la altura del original, pero desafortunadamente naufraga con Moriarty, que parece un previsible “repelente niño Vicente”, incapaz de dar réplica al genial detective inglés. Sin lugar a dudas lo mejor de la novela, que está narrada con inteligente pulso dramático, y cuya trama no desmerece las aventuras originales (salvo por el desmedido fuego de artificios final y la rebuscada revelación acerca de la identidad real de Holmes), es el maravilloso aroma a especias exóticas que desprende toda la aventura y que la eleva por encima de muchas de las secuelas que se han venido publicando tras la desaparición de Sir Arthur Conan Doyle. El imponente conocimiento de la obra sherlockiana se evidencia en las numerosas referencias y guiños que salpican el texto; y otro tanto sucede en relación con la obra de Rudyard Kipling, de quien el autor se confiesa gran admirador. Jamyang Norbu es muy conocido en su Tíbet natal por denunciar la criminal política del gobierno chino sobre los tibetanos y esto se refleja claramente en la novela, que por fortuna no llega a transformarse nunca en un tedioso panfleto político. Finalmente, resaltar la excelente traducción de Roser Vilagrassa, a quien además felicitamos por su reciente embarazo y deseamos que lo disfrute en todo su esplendor.
Harina de otro costal es lo que sucede con la particularísima visión que nos ofrece en sus cómics sobre el detective inglés Joann Sfar. El profesor Bell, de la que la exquisita editorial Ediciones SinSentido lleva tres volúmenes publicados, es un Sherlock Holmes que lucha contra monstruos bicéfalos venidos del más allá, monos gigantes o el mismísimo diablo, en su forma de cabra cornuda, fumando en pipa y siempre tocado con su famosa gorra de franela a cuadros. Joann Sfar, de quien ya he expresado mi admiración en más de una ocasión en este blog, pone a trabajar toda su desbordante imaginación para construir unos guiones sin fisuras que traslada al papel en su conocido trazo desmadejado y al que aplica una desleída paleta de colores que resalta la faceta más tenebrosa de la ambientación decimonónica. En el tercer volumen, es el dibujante francés Hervé Tanquerelle quien se ocupa de llevar al lienzo el guión de Sfar, y lo hace con una maestría envidiable, añadiendo su toque personal, principalmente en el abigarrado detalle de los sombreados, que realza y mejora los dos volúmenes anteriores (las viñetas que acompañan a esta reseña pertenecen justamente al volumen ilustrado por Tanquerelle). Joann Sfar prescinde también del doctor Watson y acompaña a su detective con un fantasma, hecho de sábana blanca –como los de siempre-, que pondrá sus sorprendentes poderes sobrenaturales al servicio de su amigo. El Sherlock Holmes que nos presenta Sfar disiente del original en su decidida actitud a la hora de liquidar por la vía directa a quien se interponga en sus investigaciones, en practicar una moral que difícilmente aprobaría Sir Arthur Conan Doyle y en dejar aparcado en la cuneta las célibes practicas de su antecesor. En todo los demás, reconocemos sin problemas al huesudo investigador que tantos buenos momentos nos ha hecho pasar.
Jamyang Norbu y Joann Sfar hacen su particular homenaje a las intrigantes investigaciones del mas grande detective de todos los tiempos. Y de buen seguro que Sir Arthur Conan Doyle habría aprobado y disfrutado, tanto como yo he hecho, el trabajo de estos dos brillantes autores.