H.G.Wells
Los ojos de Davidson
Editorial Atalanta


La celebración de la Diada de Sant Jordi en Catalunya, que se ennoblece cada 23 de abril con el consabido intercambio de rosas y libros, esconde algunas medias verdades y vocifera no pocas mentiras, exactamente igual como le sucede a cualquier otra manifestación cultural. Nada de lo cual merma lo más mínimo la maravilla de la que es para mí la más emotiva y feliz de las celebraciones que me han caído en suerte, por gracia del territorio donde he venido a nacer y crecer. Todas estas brumosas verdades y mentiras rotundas, quizás mejor hablar de mentirijillas, se confabulan elegantemente, añadiendo aquí unos hechos históricos muy cuestionables, sacando allá una mágica manifestación y explotando algún que otro sentimiento colectivo de dudosa filiación, para conseguir excusar lo que todos queremos hacer de vez en cuando: echarnos a la calle a disfrutar del sol, pasear entre multitudes y congraciarnos con el mundo y nuestros queridos. De entre las falacias que esconde esta Diada, yo me quedo con la que celebra la muerte de Miguel de Cervantes y la de William Shakespeare, ambos fenecidos un 23 de abril. Pues bien, ni el uno ni el otro murieron realmente en tal fecha. Cervantes lo hizo el 22 de abril de 1616, para ser enterrado al día siguiente, y Shakespeare el 3 de mayo del 1616 (23 de abril del año juliano de la época, el calendario con el que se regía por entonces Inglaterra). Así que tan solo comparten el año de la muerte, que tampoco es poco. ¡Extraordinario! Nunca despreciemos el poder de los cuentos chinos.

Para la ocasión, me alegra enormemente reseñar la acertada recopilación de relatos de la editorial Atalanta, la del ojo de águila y el colmillo afilado, del que se cuenta entre uno de los mejores fabuladores e ilusionistas de la historia de la literatura y a quien se puede además atribuir, como siempre por consenso, la fundación del género de la ciencia-ficción, se trata cómo no de Herbert George Wells (H. G. Wells para el común de los mortales). Los ojos de Davidson agrupa cinco exquisitos relatos de Wells y se acompaña de un acertado prólogo de Alberto Manguel, quien, al igual que la editorial, nunca yerra el tiro. La calidad de los cuentos aquí reunidos es pareja a la de las novelas que le dieron a Wells con qué ganarse el pan, y de qué manera, y lo encumbraron muy por encima de los catorce ochomiles: La máquina del tiempo, El hombre invisible, La guerra de los mundos, La isla del doctor Moureau, etc. Y en los que, a su vez, podemos identificar los temas que fueron el hueso de toda su obra y que marcaron su biografía y su universo ético: los derechos individuales de los hombres y las mujeres a la luz de la trepidante industrialización del siglo XIX, la aparición de un nuevo hombre que domina el mundo con su ciencia, la muerte de Dios (o el pujante ateísmo europeo como contrapunto a una ortodoxia religiosa incapaz de responder a las nuevas cuestiones suscitadas por los descubrimientos científicos), el rodillo autoritarista de los regímenes políticos, etc. Todo lo cual contribuyó lo suyo a dar no pocos disgustos a su piadosa madre, como relata el propio Wells en su autobiografía (que acaba de ser publicada en España).

En el relato Los ojos de Davidson, que da título al volumen, el protagonista, como consecuencia de un accidente en el laboratorio donde trabaja, percibe con la vista una realidad que no se corresponde con la que efectivamente está viviendo y que le hace casi perder el juicio. En Bajo el bisturí y El astro, acompañaremos a sus protagonistas en la angustia que suscita un peligro inminente e incomprensible del que no se intuye escapatoria posible. El huevo de cristal y El país de los ciegos, recrean mundos y sociedades extraordinarias que por un momento serán accesibles a los protagonistas de sendos relatos, aunque terminarán por esfumarse como un espejismo. Este último, quizás el más extraordinario y también el más largo, ha estimulado tantas nuevas versiones entre los autores posteriores de ciencia-ficción que sería imposible establecer una lista con un mínimo de rigor.
La prosa de Wells es precisa y muy inglesa: economiza el texto para ahorrarnos lo superfluo y sobrevuela a toda la narración un aire de fino humor que hace la lectura fácil e hipnotizadora. Chesterton, O. Wilde o Kipling, en sus diferentes disciplinas literarias, le son hermanos de sangre, para hacernos una idea. Recordemos además que el segundo, el Wilde de El retrato de Dorian Grey, recomendó fervorosamente uno de sus relatos para que fuera publicado. ¡Ahí es ná! La edición de Atalanta, como siempre, aplica la tinta negra sobre papel de la mejor calidad y de un agradable blanco hueso que bien vale el precio que cuesta. El día en que el libro electrónico gane la partida, echaremos en falta el tacto de buenas ediciones como las habituales de Atalanta.
Si aún no habéis decidido qué autor literario estará a la altura de acompañar a la rosa que regaléis vuestro/a partenaire, sin dudarlo un minuto H.G. Wells es vuestro hombre.