Jamyang Norbu
Los años perdidos de Sherlock Holmes. 328 pàgs.






Joann Sfar
Profesor Bell
Vol. 1. El mejicano de dos cabezas
Vol. 2. Los muñecos de Jerusalén
Vol. 3. El carguero del Rey Mono



Ya que mi pretensión es reseñar dos obras paralelas, una en cómic y la otra en narrativa, protagonizadas por el popular investigador Sherlock Holmes, me comprometo a postergar, ni que sea por esta vez, los habituales y tediosos circunloquios con los suelo aplomar mis críticas de libros. Seguro que los que me leéis habitualmente agradeceréis el detalle.
Sir Arthur Conan Doyle, el renombrado autor que creó a Sherlock Holmes en 1887, se vio impelido a arrebatar de las garras de la muerte a su detective adicto a la heroína, por aclamatoria petición popular, tras despeñarse éste, junto al temible doctor Moriarty, por las cascadas de Reichenbach, sitas en los suizos prados de impecable gorjeo tirolés (La aventura del problema final). A su regreso a Londres, nuestro hierático detective confesará al doctor Watson, el abnegado cronista de sus aventuras, lo siguiente: “viajé durante dos años por el Tíbet, y pasé un tiempo entretenido en Lhasa y unos días con el Gran Lama”. Estas sorprendentes revelaciones son la única referencia que dejó Sir Arthur Conan Doyle de lo acontecido a Sherlock Holmes tras los funestos sucesos de Reichenbach, y se encuentran recogidas en la aventura La casa vacía (1903).
El relato de las aventuras de Holmes en el Tíbet es pergeñado por el escritor Jamyang Norbu en el volumen Los años perdidos de Sherlock Holmes, que publica en nuestra lengua la excelente editorial El Acantilado y cuyo original está fechado en 1999. Para referir la aventura que nos ocupa J. Norbu improvisa un Watson a la india de nombre imposible de conjurar, Hurree Chunder Mookerjee, que acompañará a Holmes en todo su periplo montañés, le hará de intérprete y de sabio Cicerone, y le ayudará no pocas veces, salvándole incluso la vida. Hurree es sin duda el personaje más conseguido de toda la novela, realmente creíble tanto en su vis cómica, de patoso babuji cuyas meteduras de pata tienen providenciales consecuencias, como de culto etnólogo, que no desperdicia ocasión para ilustrar a su amigo sahib sobre la cultura, la fauna y la flora, y otras maravillas de esas exóticas tierras. Norbu consigue además un Sherlock Holmes a la altura del original, pero desafortunadamente naufraga con Moriarty, que parece un previsible “repelente niño Vicente”, incapaz de dar réplica al genial detective inglés. Sin lugar a dudas lo mejor de la novela, que está narrada con inteligente pulso dramático, y cuya trama no desmerece las aventuras originales (salvo por el desmedido fuego de artificios final y la rebuscada revelación acerca de la identidad real de Holmes), es el maravilloso aroma a especias exóticas que desprende toda la aventura y que la eleva por encima de muchas de las secuelas que se han venido publicando tras la desaparición de Sir Arthur Conan Doyle. El imponente conocimiento de la obra sherlockiana se evidencia en las numerosas referencias y guiños que salpican el texto; y otro tanto sucede en relación con la obra de Rudyard Kipling, de quien el autor se confiesa gran admirador. Jamyang Norbu es muy conocido en su Tíbet natal por denunciar la criminal política del gobierno chino sobre los tibetanos y esto se refleja claramente en la novela, que por fortuna no llega a transformarse nunca en un tedioso panfleto político. Finalmente, resaltar la excelente traducción de Roser Vilagrassa, a quien además felicitamos por su reciente embarazo y deseamos que lo disfrute en todo su esplendor.
Harina de otro costal es lo que sucede con la particularísima visión que nos ofrece en sus cómics sobre el detective inglés Joann Sfar. El profesor Bell, de la que la exquisita editorial Ediciones SinSentido lleva tres volúmenes publicados, es un Sherlock Holmes que lucha contra monstruos bicéfalos venidos del más allá, monos gigantes o el mismísimo diablo, en su forma de cabra cornuda, fumando en pipa y siempre tocado con su famosa gorra de franela a cuadros. Joann Sfar, de quien ya he expresado mi admiración en más de una ocasión en este blog, pone a trabajar toda su desbordante imaginación para construir unos guiones sin fisuras que traslada al papel en su conocido trazo desmadejado y al que aplica una desleída paleta de colores que resalta la faceta más tenebrosa de la ambientación decimonónica. En el tercer volumen, es el dibujante francés Hervé Tanquerelle quien se ocupa de llevar al lienzo el guión de Sfar, y lo hace con una maestría envidiable, añadiendo su toque personal, principalmente en el abigarrado detalle de los sombreados, que realza y mejora los dos volúmenes anteriores (las viñetas que acompañan a esta reseña pertenecen justamente al volumen ilustrado por Tanquerelle). Joann Sfar prescinde también del doctor Watson y acompaña a su detective con un fantasma, hecho de sábana blanca –como los de siempre-, que pondrá sus sorprendentes poderes sobrenaturales al servicio de su amigo. El Sherlock Holmes que nos presenta Sfar disiente del original en su decidida actitud a la hora de liquidar por la vía directa a quien se interponga en sus investigaciones, en practicar una moral que difícilmente aprobaría Sir Arthur Conan Doyle y en dejar aparcado en la cuneta las célibes practicas de su antecesor. En todo los demás, reconocemos sin problemas al huesudo investigador que tantos buenos momentos nos ha hecho pasar.
Jamyang Norbu y Joann Sfar hacen su particular homenaje a las intrigantes investigaciones del mas grande detective de todos los tiempos. Y de buen seguro que Sir Arthur Conan Doyle habría aprobado y disfrutado, tanto como yo he hecho, el trabajo de estos dos brillantes autores.