Un lugar incierto
Fred Vargas
Siruela




No habíamos superado aún el estupor de ver las librerías literalmente colapsadas por una montaña derrumbada de volúmenes etiquetados como "novela histórica", cuando una nueva cordillera ya amenaza con venirse abajo, la de los detectives. Los hay griegos, jóvenes y viejos, peluqueros, arrabaleros, aristócratas y también suecos, que son los más abundantes y rentables. Todo el mundo, sobre todo si está en posesión de la irrefutable certeza de tener algo qué decir, se apunta a la moda y produce un texto con el que redondear ese sueldo que nos va menguando como si lo hubiéramos obtenido de manos de la Reina de Corazones (cada vez más la realidad, y esta es una opinión sobaquera, es Carrolliana: está más del otro lado del espejo). Los que hacemos el chorra con las letras sin ánimo pecuniario somos la salvación de la especie (pues vaya una gilipollez). En fin, si un marciano visitara la Fnac, penetrara en su mundo de moqueta húmeda y 5% del precio en puntos indirectos, y sondeara las mesas de novedades editoriales, se llevaría la impresión de que somos una especie hiperviolenta y mitómana, entusiasmada con los asesinatos y las masacres, y deseosa de que los muertos cobren vida y nos compliquen todavía más las cosas. Y no andarían muy desencaminados: a menudo parece que, subconscientemente, reclamemos a los muertos, o a los más tarados de entre los vivos, el desembrollo de los problemas que nosotros mismos generamos. Cuando se trata de aplicar soluciones imaginativas y aleladas, no hay quien nos gane (ojo! a la clase política española, la vanguardia del surrealismo).
Volvamos a los detectives, que me pierdo. En el universo de la novela negra los matices son la madre del cordero (eso, y poco más, distingue a J. Connolly de S. Larsson). Aquí, donde ya se sabe que la atención a los detalles es la herramienta esencial para dotarse de voz propia en un género agotado formalmente, me quedo con Fred Vargas. La escritora francesa ha sabido edificar un castillo al que no le faltan los fantasmas ni los pasajes secretos custodiados por gárgolas que cobran vida, un factor diferencial único en su especie que la sitúa a caballo entre la novela policíaca y la ciencia ficción (abundando principalmente en el primero de los géneros, por supuesto). Su detective, el comisario parisiense Adamsberg, milita en el subgrupo de los investigadores despistados que apuntalan su talento de sabueso escrutador en la intuición, la misma "vocecita" que siempre aconsejó sabiamente al atlético Thomas Magnum. Salvando las distancias, ni el porte ni sus escarceos amorosos se le asemejan, Adamsberg sabe que su fuerte no es la precisión analítica ni su habilidad para la deducción, sino la perspicacia y una finísima atención para los elementos anacrónicos: los detecta y memoriza sin dificultad, necesitando, por otro lado, llevar siempre a cuestas una libreta de bolsillo para anotar el nombre y aspecto de sus subordinados, incapaz de recordarlos. Aquí, y tratándose del jefe de un grupo de investigación criminal de la policía, las investigaciones nunca las lleva en solitario si no que se apoya en sus subordinados, por lo que las historias de F. Vargas dibujan siempre un populoso fresco que es una de sus principales virtudes argumentales (su fuerte no es la penetración psicológica de los personajes). Adamsberg no es una racionalista, acepta lo que viene "del más allá" sin prejuzgarlo, pero tampoco utiliza más herramientas en sus investigaciones que las que están al alcance de cualquier policía (los ouijas o las estacas en el corazón no son de su gusto); si alguien le dice que es un vampiro, no va a perder un minuto en rebatirlo, a él solo le interesa atrapar al asesino, y para eso es un fiera. Este es justamente el caso que nos ocupa: en Un lugar incierto, que es la última novela publicada por Fred Vargas en España (Siruela-Policíaca), Adamsberg y su equipo se las ven con un matador de vampiros que utiliza métodos brutales de aniquilación (se ve que ya no fabrican los ajos y las estacas como antes); transforma a sus víctimas en papilla o les corta los pies para evitar que regresen del más allá hechas una furia. La investigación se inicia en el esperpéntico cementerio londinense de Highgate y evoluciona en París y Serbia. Para los que ya hayáis leído otras de sus aventuras os avanzo que en ésta se esclarecen algunos cabos sueltos y se nos permite fisgar en ciertos asuntos escandalosos del pasado del comisario, y no leo más allá.
La narrativa de Fred Vargas aúna algunas de los mejores cualidades del género, como la arrebolada velocidad, el verbo sagaz y el diálogo acerado. Pero también adolece de ciertos deméritos clásicos: los personajes, excesivamente caricaturizados, carecen de grosor (el subordinado tonto, en toda ocasión es tonto, y el colega obeso lleva siempre sus bolsillos atiborrados de madalenas, aunque se haya anunciado el fin del mundo en los noticiarios de la tarde), tampoco parece haber espacio para la vida normal (salvo cuando está relacionada directamente con el caso, para todo lo demás aparece muy marginalmente), y la autora muestra un gusto vertiginoso por la extravagancia que en ocasiones aleja el relato de lo plausible. En fin, el tradicional conjunto de problemillas que es ya la sal del género pero que pervive como argumento crítico para tildar al género de "menor", ahí están los Hammett, Chandler o el tándem Bogart-Bacall para corroborar que en este género se ha sabido hacer de la necesidad virtud. El efectismo y la escenificación teatralizada tan frecuente en la novela negra, representa para el común de los lectores la realidad paralela en la que se dan los elementos imaginativos que garantizan una aventura policiaca "como las de antes".
Un lugar incierto supone otra más de las muescas con las que Fred Vargas rubrica la culata de un proyecto de género aventajado por la circunstancia de que su autora no se plantea la escritura como un oficio, es investigadora en arqueología para el CNRS, sino como un divertimento. Y eso se nota y se contagia. Si bien Un lugar incierto no puede considerarse, como tampoco ninguna otra de las investigaciones del comisario Adamsberg, ciencia ficción o fantasía sensu strictu, no le faltan puntos de conexión con estos géneros, ni otros méritos, para que un lector aficionado a ellos no pueda pasarlo en grande. Como yo lo he hecho, vamos. Si no fantasiosa, sí que es una novela fantástica como pocas.


Este de arriba es Jean-Hugues Anglade haciendo de comisario Adamsberg para la TV francesa.