El enigma de la calle Calabria
Jerónimo Tristante
Editorial Maeva




Tengo la penosa fortuna de frecuentar el centro de Barcelona por motivos de trabajo, lo hago casi a diario y vivo la experiencia encabronado. Hubo un tiempo en que lo malo fue la profusión de turistas cerveceros y descamisados, pero hoy las cosas se han puesto ya imposibles; la crisis económica y el desinterés que muestra por sus conciudadanos el ayuntamiento barcelonés, enrocado desde la borrachera de las Olimpiadas del 92 en la promoción de grandes eventos y comandado por gestores lunáticos de oídos sordos y afán recaudador, han transformado el carismático barrio de Ciutat Vella en un parque de atracciones deprimente y vergonzante, núcleo gravitacional que concentra todo el catálogo de miserias de una ciudad desnortada: fulleros, timadores, carteristas, chulapos, mendigos, putas, arribistas, empresarios inmorales, traficantes, borrachos, funcionarios corruptos, etc. La Rambla ya no es un paseo, es una gincana arbitrada a derecha e izquierda por infatigables fantoches degradados en sus pedestales, y el asombroso aparador del mercado de la Boqueria oculta un submundo de catacumbas nauseabundas, pseudoesclavismo, pisos patera y almacenes infestados de plagas. A todos nos gusta visitar otros países, y lo que ansiamos principalmente es asombrarnos con un modo de vida y un paisaje radicalmente diferente al nuestro, incorrupto, incontaminado y orgulloso, desgraciadamente esa esperanza solo la disfrutan los primeros en llegar: al que todavía dude de la capacidad del turismo para hacer pedazos el paisaje físico y moral de una ciudad, que se pase por aquí. Ciutat Vella es ya la zona cero de una Barcelona que expulsa a sus habitantes al extrarradio, cuando no a otras urbes más humanas y civilizadas. A los urbanitas que amamos un espacio público limpio y educado ya sólo nos queda lo rural.
Lo mejor de El enigma de la calle Calabria, la última aventura del ingenioso y racional detective Victor Ros, es que nos muestra la joven Barcelona de finales del siglo XIX, una ciudad en plena expansión económica y cultural, la ciudad de los Cambó, Santiago Rusiñol, Antonio Gaudí y Josep Pla, la del Modernismo, los submarinos de madera de Monturiol, los anarquistas, las tardes del Liceu y las tertulias, la de los Quatre Gats y las sufragistas. En fin, la de la mejor Barcelona que nunca haya existido, una apasionante ciudad llena de vida y cultura, en la que tampoco faltaban los barrios deprimidos, la picaresca y la prostitución, pero a pesar de eso, una Barcelona carismática y con personalidad. A Jerónimo Tristante, el escritor que ha dado vida al afamado detective madrileño -que ya cosecha con esta su tercera aventura- no se le resiste ninguna ambientación histórica; se ha documentado estupendamente y ha sabido transmitir todo ese espíritu de ciudad en ebullición con futuro (¡ay!) que fue la Barcelona tardo-decimonónica. Esta es a fin de cuentas la mayor pretensión del autor, mostrarnos una realidad maravillosa y perdida, adánica: la historia de intriga que nos narra no es más que el caramelillo con el que seducirnos. Lo cual no rebaja el mérito para una aventura bien urdida e impregnada del aura de los grandes clásicos del género, principalmente de Arthur Conan Doyle. Así, el detective Victor Ros nos resultará perfectamente reconocible, una figura a la española inspirada en Sherlock Holmes o H. Poirot, quizás no en los rasgos más llamativos de su personalidad, pero sí en las clásicas herramientas narrativas de las que J. Tristante echa mano para cincelarlo, aquí se le adivinan las lecturas que lo inspiraron.
En el plano estrictamente formal, el entusiasmo se me enfría un tanto. Jerónimo Tristante muestra algunas limitaciones narrativas que debieran haber sido identificadas y remediadas por el editor. Con el loable ánimo de no dejar lagunas en la ambientación histórica, dota a sus personajes y al propio narrador omnisciente de un lenguaje de época a menudo torpe, que me ha resultado indigerible en ciertas escenas por excesivamente pedante o inverosímil. Además, este problema de desafección se agudiza cuando se le desorienta el narrador, que no ha dibujado con claridad desde el principio; tan pronto se presenta como una voz inidentificada de finales del siglo XIX que nos relata una aventura como con la de un historiador contemporáneo que nos ilustra sobre un momento histórico pasado. Además, los personajes carecen en muchos casos de densidad. Esto se evidencia dramáticamente en el caso de Victor Ros, un detective falto de carisma y de contradicciones internas que milita en un género literario donde no es admisible desatender a la personalidad del protagonista. Me da la impresión de que J. Tristante ha repartido mal sus esfuerzos preparatorios, mucho trabajo de documentación histórica y muy poco en el ámbito narrativo y argumental. Su trilogía está perfectamente ambientada, pero carece de alma. Un poco como si los relatos del Padre Brown se hubieran mezclado accidentalmente con Amor en tiempos revueltos.
Terminamos, El enigma de la calle Calabria es una aventura agradable, con buenas intenciones y que cumple solventemente como novela histórica de entretenimiento, pero que adolece de un insuficiente oficio de escritor. Opino que Jerónimo Tristante dispone del talento suficiente para labrarse un nombre en el género de la novela negra histórica, pero para ello tendrá que arrimarse a un editor competente que le pula y mejore los textos.