Jesús del Campo
Las últimas voluntades del caballero Hawkins. Editorial Edhasa. 248 págs.


Desde Mendel, Darwin y Watson y Crick, sabemos de las leyes evolutivas y de la herencia genética que han regido para que los humanos podamos hablar y así comunicarnos más eficazmente. Más tarde, con los antropólogos del lenguaje, Wittgenstein y la hermenéutica, aprendimos de la importancia de las narrativas para que los contenidos se transmitan más sólidamente de una a otra generación y para mantener la cohesión de toda sociedad. Así, de la feliz confluencia de estos y de otros azares, nacen las historias, el cuento, el cuentista, el guión, la novela, Ray Bradbury, Bagheera, Julio Verne, Eco y Ulises, el país de Nunca Jamás, Frodo Bolsón, Michael Ende, los rayos C que brillan en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, el gato de Cheshire, Michel de Montaigne, la Estrella de la Muerte, Moebius, Tetsuo, el monstruo de Frankenstein, Homero, Drácula, el octavo pasajero finiquitando la tripulación de la nave Nostromo, y un etcétera tan largo como incombustible. Quizás, o al menos ese fue mi caso, uno de los momentos más significativos e imborrables de nuestra infancia sea ése en el que nuestro padre, madre o abuelo, se sentaba a nuestro lado, libro en mano, para contarnos una historia. En lo que a mí me atañe, no había mayor éxtasis que sumergirme en otros mundos de la mano de mi abuelo. Su infinita paciencia, su voz bajísima y cadenciosa, y los endemoniados cuentos de la tradición feudal catalana que yo escuchaba aterido como si me acosara una leona, fueron sin duda el mejor acicate para que me acercara a los libros con la curiosidad bien inflamada. Y de que aún siga en la misma senda.
Como ya aclaré en otra ocasión, es para mí La Isla del Tesoro, el clásico de R.L. Stevenson, el espejo en el que debe reflejarse toda novela de aventuras que se precie. Y en lo que a la ciencia ficción atañe, nada más me queda por añadir. Es por esto por lo que me parece una fantástica celebración de la literatura de aventuras la fabulación que Jesús del Campo ha hecho de la vida de Jim Hawkins tras sus aventuras con Long John Silver. Su libro: Las últimas voluntades del caballero Hawkins, fenomenalmente reeditado por Edhasa (el original es del 2002), es un acierto tanto por la alegría de su contenido como por la acertada artimaña narrativa que se ha sacado de la manga (el orador de la historia, Jim, y las réplicas y contrarréplicas de los personajes a los que alude se funden en una misma frase) y que aproxima al texto con mucha fiabilidad a la tradición oral. Jim Hawkins reabre la Posada del Almirante Benbow con la intención de transformarla en un ágora donde los huéspedes que lo tengan a bien cuenten las historias que hayan vivido o que hayan recibido de otros, y al mismo tiempo en lugar de alumbramiento e instrucción en el nuevo pensamiento ilustrado que ya despunta por Europa (el enciclopedismo de d’Alembert, Voltaire, etc.). Así, la posada deviene el teatro donde se escenifica el tránsito de la Europa feudal al Siglo de las Luces, certificando con su propia decadencia la defunción de la era anterior, la de las aventuras de piratas y las islas fantasma. El propio Jim Hawkins sufre en sus carnes esta imprescindible mutación que le impone el nuevo racionalismo y, por mor de su propio esfuerzo de adaptación, es capaz de deshacerse de su vieja piel dignamente, no sin haber tenido que desprenderse con sufrimiento del mundo que le vio nacer. Se trata en resumidas cuentas del despojarse de la adolescencia para entrar en la vida adulta, con toda la tormentosa renuncia que eso conlleva. Por el peregrinaje que conduce al nuevo paradigma, Jim vivirá amores, desamores, adulterios, correrías nocturnas y, por encima de todo, atenderá, y con él todos nosotros, a las magníficas historias contadas por los no menos espléndidos clientes de la posada.


Jesús del Campo ha conseguido, tratándolo ex profeso, que Las últimas voluntades del caballero Hawkins se refleje en La Isla del Tesoro como si de un hermano menor se tratara, mostrando las mismas virtudes y devolviéndonos a los lectores unas sensaciones que hacía un tiempo ya que añorábamos: el sabor de la aventura, el honor de los caballeros, el entrechocar de los sables corsarios y los amores arrebatados con su fru-frú de enaguas blanquísimas.




Las preciosas ilustraciones de esta reseña fueron realizadas por N.C. Wyeth y pertenecen a la edición de 1911 de La isla del tesoro de la editorial estadounidense Charles Scribner´s Sons.