Fred Vargas
Huye rápido, vete lejos
Editorial Siruela


Tan cercano y, al mismo tiempo, tan inalcanzable. El investigador de novela policiaca es un héroe en quien luce, por encima de todo, su mundanidad: al recorrer los bajos fondos de las ciudades que directamente conocemos, o que son prototípicas de las que habitamos; al sonsacar información a los chivatos usando un lenguaje parejo al nuestro, descuidado y trufado de palabrotas; al conocer, ¡ay!, los mismos apretones económicos que cualquiera de nosotros y, principalmente, por su porte y su presencia tan común que pasa desapercibido y sin dejar huella en la multitud, no podemos menos que sentirlo un hermano de sangre, amigo confidente o, incluso, carne de nuestra carne. Pero también tan lejano: por su estilazo al acodarse en la barra pidiendo un whisky; al usar ese lenguaje telegráfico donde cada palabra está medida milimétricamente para causar un vértigo insoportable a su interlocutor, más aún si se trata de una joven y hermosa clienta; también por recibir tan elegantemente y sin queja las palizas de los hampones y algún que otro balazo, y por dignificar esa prenda que de no ser por él habría sucumbido a la voracidad intempestiva de la moda, me refiero, claro está, a la gabardina. El investigador deja aparcado en la cuneta al héroe enfático que usa calzoncillos por encima de los leotardos, que vuela, dispara rayos láser y lanza por los aires locomotoras de tren; pero también al héroe lunático, el que usa varita mágica o penetra en mundos habitados por hadas y gigantes de piedra y, al repelente, el que te saca de quicio resolviendo lo irresoluble sin salpicarse sus pantalones planchados a raya. Él, por el contrario, se mueve por instinto, se equivoca y es, casi siempre, una víctima más, pero finalmente se redime por esa cualidad suya que lo rescata en toda ocasión, su afán inquebrantable por desvelar la verdad, la honradez de una moral brumosa a prueba de sentido común; una ética cercana que aprobamos y hacemos nuestra. Se codea así con nosotros mostrándonos la posibilidad más plausible de la aventura, la que está ya sucediendo a cada momento en tantos lugares de nuestra pateada ciudad y que únicamente espera que nos colguemos la gabardina a los hombros y nos atrevamos.
Si no fuera porque el género policíaco ya existe, habría que inventarlo. Afortunadamente, hoy en día goza de una salud de hierro y muchos de los grandes narradores de nuestro tiempo ya no le temen al sambenito de novelista de folletín y producen investigadores inolvidables, como el comisario Adamsberg, el protagonista de Huye rápido, vete lejos, de la escritora francesa Fred Vargas, editado en España por Siruela dentro de la colección Nuevos Tiempos (que publica toda su obra policiaca). Fred Vargas nos presenta un investigador moderno, que actúa en nuestro Paris contemporáneo, pero que conserva todos los atractivos de los clásicos: la vida desordenada, la personalidad magnética, el descuido en lo banal y la mirada siempre fija en lo primordial: atrapar al criminal. En esta ocasión, el asesino buscará la publicidad de su obra, pues la entiende como arte vengativo, por medio de un pregonero moderno y unos mensajes oscuros sólo accesibles a unas pocas personas versadas en historia medieval. Entiendo las reservas que siempre produce, y debe producirnos en estos tiempos, la palabra “medieval”, denostada hasta poner la piel de gallina con solo oírla por causa de tanto best-seller abominable. Pero, en esta ocasión, lo medieval tiene aquí un papel accesorio, de servidumbre, para dar más empaque a una historia de intriga sensacional hilada con el talento sobresaliente del que sabe de lo que escribe, no en vano Fred Vargas es especialista en arqueozoología y ha trabajado varios años en el prestigioso Centro Nacional de Investigación Científica el tema que sobrevuela esta novela, la peste negra. Acompañando al comisario Adamsberg y al asesino, hay una retahíla de secundarios de lujo, como dicen los cinéfilos, encabezados por Danglard, el segundo del comisario, que siempre le cubre las espaldas y supone el contrapunto racionalista a sus devaneos instintivos; Joss Le Guern, el taciturno pregonero; Bertin, el dueño normando del bar El Vikingo, donde sirven un calvados que te deja aturdido 24 horas; Decambrais, el profesor de historia que es el primero en desvelar el misterio de los mensajes y que, también ostenta la propiedad de la pensión donde habitan otros tantos personajes imborrables, como la opulenta cantante Lizbeth, o Éva, la mujer maltratada por su marido. Todos estos personajes, de los que no he nombrado más que una ínfima parte, junto con la eficaz narración en tercera persona, convierten la clásica novela policiaca, protagonizada por un comisario carismático que se atribuye todo el hechizo, en una obra coral, donde las pequeñas historias no desmerecen el relato de largo recorrido que supone la investigación y se engarzan con precisión mostrando un collage que te atrapa desde las primeras líneas y devoras extasiado. La autora, que domina el género como nadie, sabe sacar todo el provecho a las situaciones y a los contextos y, así, construye algunos escenarios reconocibles desde su presentación, y que son lugar común a lo largo de la narración, donde ya nos sentimos como un habitual más: me refiero principalmente a la plaza donde Joss Le Guern vocea sus pregones y al bar El Vikingo, lugar de encuentro de los principales personajes de la novela. Todo, los contextos, las atractivas personalidades que se dan cita, la trama enrevesada, las relaciones que se crean y las que mueren, las buenas conversaciones, todo, de la fina factura de los mejores orfebres, para una novela que deja una huella negra indeleble.
La novela policiaca ocupa un lugar memorable en el imaginario de todo lector seducido por la aventura y el misterio, y autoras como Fred Vargas, con una voz personalísima, te recuerdan siempre porqué te gusta tanto este género.