27 jun. 2009

El horror de Dunwich. H.P. Lovecraft


H.P. Lovecraft
El horror de Dunwich
Editorial Libros del Zorro Rojo




En una reseña reciente, la de Ponyo en el acantilado, elogié una de las estrategias para contar lo grande por vía de lo pequeño: la táctica de Hayao Miyazaki, empequeñecer lo superfluo para que aflore lo importante, la emoción. Pero, ¿cómo narrar el horror inimaginable, el pavor que supera cualquier uso de la lengua? Difícilmente el autor nos hará partícipes de un terror que sobrepasa nuestra comprensión describiéndolo convencionalmente, no le queda otro remedio que inventar el lenguaje que se adapte a tal magnitud, aquí la fórmula minimalista se revela fallida. Por el contrario, lo que conviene es restallar violentamente toda la percusión y bufar, todos en una, los instrumentos de viento hasta que los sentidos queden embotados, entonces, en esa pequeñísima fracción de tiempo que antecede la inconsciencia, estaremos preparados para recibir la más monstruosa concentración de maldad que haya pisado el mundo, El horror de Dunwich. Nuestro autor, H. P. Lovecraft, escogió retorcer el lenguaje y engrandecerlo en extremo para aproximarlo así a la forma que adoptaron los antiguos dioses en su regreso a la tierra, la solución maximalista para nombrar lo innombrable. Entonces nos habla: de sentimientos aquerónticos, del ahondamiento espectral del cielo azul, de un horrendo timbre infrasónico que habla a difusos estados de conciencia y terror, de abismos nunca sondeados de conciencia extracósmica o herencia oscura, etc. Se trata de un lenguaje ambicioso a la altura de la grandiosa realidad que describe. Un flaco favor habría hecho H.P Lovecraft a sus lectores de haberse ajustado a las académicas convenciones de la narrativa de terror de su tiempo, la ambición de su proyecto superaba en mucho las posibilidades literarias de principios del siglo XX, y él supo estar a su altura. Quizás sea éste el máximo acierto de su obra, la de haber conjurado los más espantosos demonios: en un tiempo en el que los autores de terror se habían concentrado en mirar hacia su propio ombligo, relatando los hechos de hombres y fantasmas perversos de escaso vuelo, él supo en cambio elevar la vista hacia los cielos e imaginar las mayores concentraciones de maldad nacidas en el terrible frío cósmico, en la yerma y congelada tierra de los planetas muertos y de los sistemas solares arrasados, monstruos titánicos interesados en segar la vida a millares o millones de humanos. Posiblemente, fue a causa de la vasta magnitud de su proyecto por lo que pasó ignorado entre sus contemporáneos.

La joven editorial Libros del Zorro Rojo, que apuesta por un catálogo de grandes autores a los que acompaña con ilustraciones de calidad, ha publicado El horror de Dunwich, de H. P. Lovecraft, con dibujos del bonaerense Santiago Caruso (de los que os dejo una muestra de los publicados en su propio blog). En el texto se nos relata el advenimiento de un antiguo y perverso dios traído del más allá por medio de los mágicos artificios de una familia enajenada. Sus objetivos son inescrutables pero, como corresponde a la temática, sus medios pasan por asolar la tierra y aniquilar a todo bicho viviente. Lovecraft muestra en este texto algunas flaquezas hijas de la moralidad de su tiempo, recordemos que El horror de Dunwich se publicó por primera vez en 1928, como hacer surgir la abominación entre personas feas y deformadas, a las que la vida ha tratado muy mal, es decir, entre los miserables, y, tampoco reserva un papel muy elevado para las mujeres (acusación extensible a la mayor parte de su obra). Contraponer linajes puros a herencias decadentes y abandonar al lado oscuro a aquellos que no se corresponden con el modelo de blanco anglosajón, son otros de los patinazos que también le han valido abundantes críticas. A pesar de todo eso, nadie que pretenda establecer un recorrido histórico riguroso por la literatura de terror puede evitar recalar en H.P. Lovecraft ni en Dunwich, Cthulhu y el Soggoth.

El texto que nos ocupa es estructuralmente eficaz y bien cincelado: la tensión mantiene un crescendo equilibrado y dinámico hasta el desenlace, la descripción de los personajes esquiva la penetración psicológica para centrarse en la fotografía de los ambientes y de la abominación, y, asimismo, evita las explicaciones y la argumentación de las motivaciones. Es decir, pura y simple descripción de los hechos espantosos acaecidos en Dunwich. La elegante prosa de H.P. Lovecraft evita toda merma que pudiera suponer esta apuesta: ¿a quién le importan los motivos ante el tremendo espectáculo de un dios lleno de bocas y tentáculos arrasando todo a su paso?

Libros del Zorro Rojo ha tenido a bien, cosa excepcional en este tipo de propuestas, no racanear la cantidad de ilustraciones: son abundantes y acompañan al texto con la profesionalidad y el respeto dedicado de un perro lazarillo. Los dibujos de Santiago Caruso, una joya para la vista y la mente, son preciosos y detallados, y añaden calidad a raudales a una edición que es difícilmente mejorable. Además, para alegría de los lectores, la editorial ha contado también con su colaboración para otros proyectos, como La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik, donde Caruso obtiene un cum laude en el uso de la paleta de rojos.


Esta es la edición definitiva para los que os estéis componiendo una biblioteca de literatura de terror con espíritu de dejar embobados a los amigos o para legarla a vuestros descendientes, el día en que se os lleve una de las brutales abominaciones de H.P. Lovecraft.

3 comentarios:

  1. Dificilmente alguien podria igualar a Lovecraft llevando su obra al limite de la leyenda real (aun hay gente que cree que el Necronomicon es un libro real). Lo cierto es que el opio y la cantidad de LSD que corria por sus venas, ayudaron bastante a que sus mundos oníricos tuviesen la calidad que nos transporta a la locura exquisita del genio y fiel pupilo de Poe.

    Como siempre Almirante, una excepcional entrada que hace que mi admiración por tu dedcicación no repare en elogios.

    Gracias y adelante.

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  2. Las imágenes son extraordinarias, Dignas del Lovecraft.

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