Karel Čapek
R.U.R (Robots Universales Rossum)
La fábrica de Absoluta. 270 págs


Es moneda común en toda biografía, reseña o crítica literaria que se precie de un libro de Karel Čapek mencionar que a él se le atribuye la invención de la palabra robot, con el significado que ya todos reconocemos. La palabra robot, en la forma checoslovaca robota, apareció por primera vez en su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum), fechada en 1920, y se popularizó rápidamente por medio del fabuloso éxito que obtuvo la representación de la obra en todo el mundo. Bien, ahora que ya he cumplido con el trámite prescrito para las reseñas de libros de Karel Čapek, pasemos a otro tema.
Hace un tiempo, cenando con unos amigos en un moderno restaurante estilo vintage en el célebre bulevar barcelonés de El Born, me llamó la atención un chico que leía un libro mientras cenaba, a ritmo sincopado con la lectura, un sándwich en la barra. Lo anecdótico, si bien se trata de una postura cada vez más usual, es que el antedicho lector ocupaba más tiempo en comprobar por el rabillo del ojo el efecto que producía su imagen lectora sobre los demás y sobre sí mismo (guiándose por su reflejo en el espejo cercano) que en el texto que reposaba condenado entre sus dedos. Creo que durante el tiempo que estuve en el restaurante no llegó a pasar nunca la página. Bien, a todos los efectos, y meditando un poco la imagen, considero que su actitud es en extremo moderna, incluso posmoderna, asumiendo el hecho que finalmente se ha impuesto entre nosotros el imperio de la apariencia, con la siempre bienintencionada ayuda de los medios de comunicación, que cada día emiten mayor cantidad de imágenes y menor de contenidos –la imagen es ya el contenido-. En consecuencia, cualquier acción que esté sinceramente alejada de todo artefacto aparente, es decir, que se desentienda por completo del entorno, es subversiva. Así, este aparente lector –o mejor aún, lector aparente-, tan preocupado por mostrar un perfil lo más bohemio e intelectual posible, conjugaba perfectamente con el moderno ambiente del restaurante. Por el contrario, la imagen de alguien absorto y volcado en la lectura de un libro, completamente desentendido de su entorno y de su propia piel, es, no tan solo maravillosa y envidiable, sino también subversiva y revolucionaria. Y que persista. ¡Viva la revolución!
La editorial Minotauro publicó en 2005 dos de las obras más importantes de Karel Čapek, R.U.R. (Robots Universales Rossum) y La fábrica de Absoluto, en un único y dignamente editado volumen. Enlazando con lo anterior, R.U.R. (Robots Universales Rossum) muestra no tan solo una distopía repetida hasta la náusea por la ciencia-ficción posterior, la de la escalada tecnológica que desemboca en un futuro desastroso, un baño de sangre, sino, y ante todo, la de la revolución de los robots, hartos de que los traten como esclavos (significado real de la palabra robota) y carne de cañón para los trabajos más penosos (el símil con la actual situación de los trabajadores emigrantes del hemisferio sur del planeta que conviven entre nosotros da escalofríos). El lumpenproletariado tomando conciencia de clase y pasando a degüello a los opresores. Revolución pura y dura. Lo más interesante, tratándose del primer texto que imagina la figura del robot, y lo nombra, es que introduce el drama que supone para éstos carecer de sentimientos y las consecuencias, personales y sociales, que se derivan de sus acciones tan pronto empiezan a experimentarlos. Lo dicho, un lugar común discurrido habitualmente por muchos de los autores posteriores de ciencia ficción. Esto, sin embargo, no resta interés a una obra que reclama una lectura detenida y entusiasta.
Más interesante y sorprendente resulta la novela corta, originalmente un serial por folletines publicado con periodicidad semanal en el periódico checo Lidové Noviny, La fábrica de Absoluto, un auténtico hallazgo que recomiendo efusivamente como la más efectiva terapia para aquellos con el ánimo por los suelos y tal que píldora de la risa a sorber sosegadamente por los más acerados lectores. El vulgo que sobrevive de diario con la jacaranda televisiva, que se abstenga. Esto es fino destilado para gourmets bibliófagos. Quizás, el único inconveniente del texto, que impide que sea perfectamente redondo, radique justamente en que el formato en que se publicó originalmente se aviene difícilmente a transformarse en novela, como asimismo atestigua el propio autor en la introducción, pareciendo a menudo más un amontonamiento informe de capítulos que un relato clásicamente estructurado (en su momento se le reprochó que el libro terminaba con un “indigno hartazgo de longanizas”, según feliz expresión de Čapek).
El relato se eleva alrededor de una ingeniosa ocurrencia del autor: si, como sostiene Baruch Spinoza, Dios se encuentra presente en toda la materia del universo, éste se liberaría si pudiésemos destruir completamente la materia que lo contiene, por ejemplo, con un carburador. El contacto directo del Absoluto, liberado de sus ataduras materiales, con los hombres, provoca entonces alocadas situaciones que, tratadas con la fina ironía satírica de Čapek, resultan de una hilaridad explosiva. No diré más, pero lo expuesto hasta aquí no hace justicia a la brillantez del texto.
La fábrica de Absoluto reproduce el mensaje que Čapek ya nos transmite en R.U.R. (Robots Universales Rossum) pero con nuevas palabras y más carcajada. La utopía negativa, la alerta ante los excesos tecnológicos, la imposibilidad de cambiar radicalmente el orden natural del mundo sin provocar un desastre, el antibelicismo, la apuesta por el hombre por medio de un humanismo no antropocentrista, etc. Karel Čapek es un autor inteligente y sensible que gana con los años y que tiene bien merecido el pedestal en que se asienta su busto, allá en el paraíso de los más grandes autores de ciencia ficción de todos los tiempos.