David B.
Los buscadores de tesoros vol. 1 (La sombra de Dios) y vol. 2 (La ciudad fría)
El jardín armado y otras historias


De entre las más impopulares profesiones a las que pueda uno dedicarse es la de verdugo la que sin duda eriza más el vello. Afortunadamente, y al menos en lo que respecta España, la profesión sucumbió junto con el funesto período franquista. Sin embargo afirmo que la vocación no afloja, las empresas andan colmadas de arribistas lameculos, pelotas y trepas dispuestos a darte el puyazo a traición por un incentivo irrisorio. La vocación persiste, sí, pero la cosa ya no es igual, particularmente desde que a los de arriba les sale más barato y moralmente menos fatigoso contratar a un Eichman antes que a un Pepe Isbert. Ni el porte, ni la dignidad moral, ni el último consuelo para el reo, ni, aún menos, el trabajo limpio, fino y casi indoloro de un buen profesional, tal y como nos lo mostró Berlanga. Se impone, como viene sucediendo recientemente en casi todos los ámbitos de lo humano, la rudeza, la bronca y los malos modos; también el insulto a punto para ensañarse con el pobre finado. La educación, principalmente la buena, que se nos escurre por el alcantarillado.
No se puede negar que centrar un relato en un tipo que es un verdugo es, de buenas a primeras, toda una declaración de intenciones. Esta es la primera maniobra con la que el autor francés David B., uno de los ilustres fundadores de la editorial que ha revolucionado el universo del cómic en Europa, L’Association, da pie a una de las mejores colecciones que han caído en mis manos de un tiempo a esta parte. Se trata de Los buscadores de tesoros, de la que la estupenda editorial SinSentido lleva publicados los dos primeros volúmenes, y de El jardín armado y otras historias, recopilación de relatos que contiene el que bien podría servir de epílogo para las aventuras del verdugo y su hermandad de villanos (la cursiva intencionada para hacer aflorar los sentidos ocultos). El verdugo que dibuja David B. comparte con el de Berlanga los caracteres más próximos a la práctica profesional y, por supuesto, sufre el repudio y el temor de toda la sociedad, pero ahí terminan las coincidencias. Al de la película podías imaginártelo con pantuflas y batín en el descansillo de tu piso pidiéndote unos huevos para la tortilla de patatas o compartiendo contigo un desayuno y la prensa deportiva en el bar donde los abuelos juegan al dominó y los niños incordian entre los taburetes. El verdugo del cómic tiene una mirada aterradora y administra la muerte y el dolor con una codicia que da repelús. Es el más hábil con el sable, el estilete, el garfio y toda la panoplia de herramientas de filo cortante. La hermandad que lidera está compuesta por un caballero, un ladrón, un médico, un verdugo, un herrero, un hereje y un derviche, de esos que giran como peonzas, cada uno de los cuales profesa una religión distinta, o no profesa ninguna, y es, a su vez, originario de un lugar diferente de Oriente Próximo. La personalidad de cada miembro se impone y dispone, así como sus peculiares habilidades, para caracterizar y dar equilibrio al grupo. La historia y el dibujo se asienta en el medioevo oriental y en sus grabados, muy cercano al estilo de Las mil y una noches, y conjuga a la perfección magia, misterio y aventuras. El malo de la película, el Profeta Velado, es de una mala calaña y de un escaso escrúpulo que da perfecta réplica a nuestro verdugo. La narración es ingeniosa y veloz, los personajes creíbles, los giros de la historia te atrapan, el dibujo un alarde y las viñetas, ¡ay!, inenarrables.
David B. sigue siendo, tras su renombrada obra autobiográfica, La ascensión del gran mal, y a la vista de la maravilla que despliega en esta colección que inicia su recorrido, el más brillante de los actuales autores de cómic en Francia. Y recordemos que estamos ante una generación de la que darán buena cuenta los libros que recojan la historia de este nobilísimo arte, el Cómic (con mayúsculas).