30 jul. 2008

La terrorífica mirada de Arthur Machen






Arthur Machen
Los tres impostores. 226 págs.

Unos pocos argumentos han bastado para despertar mi curiosidad para con el escritor de terror decadente Arthur Machen. Quizás el más revelable de los que pueda confesar sea la genuina admiración que le muestran tanto H.P. Lovecraft, el megagurú del terror, como Jorge Luis Borges. Aunque, aquí entre nosotros, se trata del hecho, nada accesorio, de que hubiera traducido las Memorias de Giacomo Casanova y el Heptamerón de Margarita de Navarra, lo que me ha llevado a leer Los tres impostores con una prejuiciada alegría de espíritu y con el ojo crítico mirando para Las Urdes. Y en particular, después de que conociese que fue por causa de la explicitud del dibujo que hace de las escenas sexuales lo que le cerró las puertas de muchas editoriales a sus Memorias de Casanova. Delicioso. Lógicamente, en Los tres impostores, y como puede comprenderse de un texto sinceramente dispuesto hacia el terror tardo-decimonónico, nada queda de esa escenificación sexual, y muy poco de su espíritu, pero en fin, todo ayuda a disponerse positivamente a la lectura. La mente es así de retorcida. Al menos la mía.
Los tres impostores, recientemente publicada por la muy correcta editorial Backlist (Planeta, oiga), en tapa blanda y papel de calidad, es una de las obras más conocidas de Arthur Machen, el autor galés que vivió a caballo de los siglos XIX y XX, y que dejó una fuerte impronta en la generación posterior de autores de terror, hasta el punto de que no puede entenderse el abandono de los clásicos estereotipos del género: la cripta, el castillo embrujado, los espíritus, la noche, etc. sin acudir a su encuentro más pronto o más tarde. Lo mejor de la obra de Arthur Machen pertenece al período comprendido entre 1890 y 1899, aunque, como suele suceder, no bebió las mieles del éxito hasta dos lustros más tarde, en 1920, cuando fue redescubierto y popularizado por algunos influyentes escritores americanos. Sucedió entonces que, movido por el espíritu extrovertido y hedonista que había cultivado en su periplo de actor, de escaso talento pero feliz disposición, de una compañía ambulante de teatro, dilapidó en fiestas, copas y una cara residencia en el Londres bohemio, buena parte del monto que había obtenido con la publicación de sus obras. Desafortunadamente, cuando años más tarde pasó la moda del horror decadente entre los lectores anglosajones, al pobre Machen no le quedó más remedio que colgar los hábitos de desprendido despilfarrador y mudarse a una humilde casa en Amersham, Buckinghamshire, donde tuvo que apañarse con una pensión modesta y la esporádica ayuda de sus amigos hasta su muerte, en 1947.
Los tres impostores está estructurada en cortos relatos engarzados en una narración de largo recorrido que da pie, capítulo a capítulo, a cada uno de los cuentos. La historia arranca cuando dos amigos, aficionados a la conversación vaporosa y pseudoilustrada de taberna, tropiezan, en extrañas circunstancias, con un tiberio de oro, una rarísima y antigua moneda romana de la que tan solo queda ese ejemplar conocido. A partir de este momento se cruzarán en sus vidas unos sospechosos tipos que les harán partícipes de perversas historias y cuyas maléficas intenciones se desvelarán en el último tramo del libro. La narración gana intensidad con el trascurso de la lectura hasta el brillante giro final, realmente digno de una obra de este prestigio. Los relatos, con mayor o menor acierto, son francamente buenos y, alguno de ellos, ha sido mencionado abundantemente como referente por renombrados autores de terror de la segunda mitad del siglo XX, como, por ejemplo la extraordinaria Novela del polvo blanco, la cual además antecede por méritos sobrados las conocidas Tales from the crypt. Es importante recordar aquí que el libro que nos ocupa fue escrito en 1895, razón por la cual tanto el lenguaje utilizado por los personajes como el carácter de sus relaciones personales y de trato, puede resultar un tanto decimonónico y entumecido para nuestro paladar habituado a los sabores directos y potentes de la literatura de hoy. Esto no es obstáculo para que el texto esté salpicado de magníficas perlas. Para muestra un botón: describiendo a los dos amigos protagonistas Machen procede así, “gracias a la extraviada benevolencia de parientes fallecidos, ambos jóvenes se hallaban fuera del alcance del hambre y, meditando altas empresas, pasaban la vida en un ocio agradable, saboreando las despreocupadas alegrías de una bohemia a la que faltaba la sal de la adversidad”. Tonificante y refrescante como el mejor mojito que podáis tomaros este verano.

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