Antes que nada vamos a ventilar de un soplido el tedioso episodio del resumen argumental.

Sinopsis:
Una colonia de humanos mineros que extrae un valioso mineral del remoto planeta Pandora reclama los servicios de
nuestro protagonista, James Sully. Éste es un ex militar paralítico del cuerpo de los Marine americanos que se ha dejado convencer para sustituir a su hermano gemelo científico en el proyecto Avatar, el cual persigue entrar en contacto con los nativos de Pandora para negociar los acuerdos de la explotación minera del planeta. Para ello, el proyecto Avatar utiliza organismos desarrollados in vitro, y similares a los de los nativos, que son controlados mentalmente por los científicos del proyecto. De esta forma, James entra en contacto con el pueblo Na’vi y obtiene su confianza, además de aprender su forma de vida y transformarse en uno más del pueblo. Todo vendrá a torcerse cuando las sanguinarias maquinaciones del Coronel Quaritch convencen al responsable de la empresa minera de que la solución para acelerar las extracciones pasa por una acción militar expeditiva contra los nativos.

A la vista está que no se trata de un prodigioso guión en el que prime el ingenio y la novedad. Nada más lejos, el punto flaco de todo el extraordinario artificio está en lo de siempre, el argumento, si le dedicaran sólo un cuarto del tiempo de producción a elaborar un guión con cara y ojos una futura legión de enamorados del cine estaría dispuesta a dejarse parte de su salario de los próximos 30 años para evitar que las salas de cine no pasen a la historia. En fin, así está el patio.Avatar es 100% James Cameron y, así, reúne todas sus virtudes y sus peores vicios: es puro espectáculo, una experiencia visual –y auditiva- que da por válidos todos los halagos que le han caído en gracia durante la promoción, ambientado en un mundo creíble y poblado con una fauna exótica y una flora amazónica real como la vida misma. Los Na’vi son tan reales como los humanos y, por primera vez –desde que recuerde-, tanto sus movimientos como la gesticulación de sus facciones es tan veraz que nunca te planteas la posibilidad de la farsa. El trabajo de diseño de los animales que pueblan Pandora, la esmerada dedicación preciosista en cada detalle de la selva, en los insectos que revolotean constantemente a tu alrededor, en los sonidos que emiten las bestias y los pájaros, en los colores que inundan el bosque, en el detalle de las máquinas y las naves, hacen de Avatar un auténtico punto de inflexión en la posibilidad técnica de crear nuevos mundos. Una sola escena de la película barre de un plumazo toda la segunda trilogía de Star Wars. Eso sí, montado sobre un guión hueco como una calabaza de Halloween. Aquí el trabajo de los actores, en papeles de poco lustre, añade calidad y consigue dar volumen a lo que de otra forma sería plano como un papel (al pobre Stephen Lang, que hace de imposible Coronel Quaritch, le ha tocado bailar con la más fea).

Sin embargo vamos a dejar que James Cameron salga vivo de esta. Lamentablemente ha escrito un texto donde cada línea responde a una referencia fílmica previa y supersabida (que sigue la tortuosa línea de La diligencia-Alien-El Rey León-El Sargento de Hierro-La Misión): más allá de que el argumento sea previsible desde la segunda escena, que la historia de amor no tenga ni pizca de picardía y de que acuda a una trilladísima moral de buenos y malos que ni en el más tronado de los westerns crepusculares, hay que reconocerle que la película emociona y que nos sabe a gloria la paliza final que le meten los Na’vi al malo Coronel. A todo lo cual debo añadirle un visto bueno al alegato ecologista que acompaña toda la película que, aun pecando de oportunista, es necesario y saludable en los tiempos que corren. La verdad es que de buena gana renunciaría a la lavadora y al lavavajillas con tal de poder corretear medio en pelotas el resto de mi vida por un planeta tan lleno de vida, aventura y peligros como Pandora.
Resumiendo, Avatar es de obligada visión por la asombrosa habilidad técnica que permite hacer realidad lo que de otra forma solo sería imaginación, guiones aparte. A este respecto, que a nadie se le ocurra verla en otro formato que no sea 3D (un salto cualitativo de canguro con respecto a las experiencias anteriores), la mitad del embrujo se le escurrirá por el sumidero. Bajársela –legalmente, claro- para verla en una pantalla plana surte el mismo efecto fraudulento que comerse una paella de bote.





Lo mejor: La impronta de James Cameron en la recreación del planeta Pandora.
Lo peor: La impronta de James Cameron en el guión.