El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas
Haruki Murakami
Tusquets Editores


Si no fuera porque siempre he escogido los libros que he criticado según impulsos liderados por el estandarte del eclecticismo, muchos pensaríais que sin duda desvariaba al incluir un texto de Murakami entre las reseñas de este blog. Nada más desacertado, os aseguro que Haruki Murakami se ha metido de lleno en la ciénaga de la ciencia ficción con los dos pies y con intenciones de darse algo más que un paseo de domingo por la tarde, tanto como que mi sentido de la orientación y la conducción personal sigue pendiendo de un hilo de seda como siempre a pesar del cambio de año, que aseguran que cura sana cura sana.
Tras haber publicado en España seis novelas y un libro de relatos en Tusquets Editores, donde el patrón consistía en desentrañar si el hombre posmoderno tiene realmente algo de hombre o si en realidad resulta que el elegante encanto de navío a la deriva que lo eleva un palmo del suelo se queda en realidad en el vacío atributo que le acompaña, nos llega esta novela de aún más extraño título en la que, sin abandonar este prolífico proyecto de indagación, se arremanga la camisa para mostrarnos que es capaz de afrontar nuevos horizontes; una demostración de fuerza para los que lo han tachado siempre de autor circular condenado a reescribir mil veces el mismo libro. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (para facilitar las cosas, EFMyDPM) utiliza el habitual formato Murakami de historias paralelas que se alternan en los capítulos del libro, y que no se sabe cómo convergen en los episodios finales para completa confusión de unos esperanzados lectores que repiten la receta a pesar de las reiteradas frustraciones a los que somete una y otra vez el autor. La primera de las historias se desarrolla en El fin del mundo, una ciudad amurallada perfecta que reclama de sus habitantes el corazón y su sombra a cambio de la paz absoluta, y la segunda, en un Despiadado país de las maravillas sito en el Tokio de inicios del siglo XXI, pero en versión ciencia ficción distópica: el control de la información está en manos del Sistema, una megaempresa que lucha incansablemente contra la organización clandestina rival conocida como Factoría y que agrupa a los despiadados semióticos (otros tipos aún más siniestros que disfrutan comiéndose a los humanos, los Tinieblos, también complicarán las cosas). El protagonista de El fin del mundo entra en la ciudad amurallada con el objeto de leer los antiguos sueños almacenados en cráneos de renos, mientras que el de El despiadado país de las maravillas es un técnico calculador -una especie de informático- encargado de encriptar información sensible para el Sistema mediante el uso de una sofisticada técnica mental y que, por causa aceptar el encargo de un alucinado científico, se ve envuelto en las peligrosas luchas de poder entre las organizaciones antagónicas. A pesar de lo disparatado que os pueda parecer este argumento, tras añadirle las imposibles simbologías de Murakami y los habituales devaneos líricos-mágicos de la literatura japonesa contemporánea la cosa deviene aún más estrambótica. Si bien tanto la trama como la ambientación son ciencia ficción al servicio de objetivos superiores, EFMyDPM se enmarca en este género con total compromiso.
La historia de EFMyDPM sigue una línea poco habitual para una novela de aventuras aunque perfectamente trenzada, con momentos de clímax, valles, enredos y resolución de enigmas repartidos en un ordenado desconcierto, y con un final poco o nada resolutivo que se extiende por varios capítulos enredándose en aparentemente inocuas descripciones costumbristas que van a dejarnos un agradable regusto de inaprensible sabor. Terminamos y queremos más, aun cuando parece que no hemos hecho otra cosa que pasar de puntillas por la desbordante imaginación de un lunático en pleno delirio. Las obras de Murakami siempre me causan este efecto, y EFMyDPM no es la excepción, parece que nunca pasa nada pero la tenue vibración que percibimos en su interior sintoniza perfectamente con la nuestra, y la reclamamos una y otra vez. Cuando termino un libro de Murakami siempre me prometo que va a ser el último, hasta que nos reencontramos en la mesa de novedades, qué se le va hacer, se trata de una debilidad personal que comparto con millones de Murakamizados lectores.
Los personajes de EFMyDPM, el lugar donde se echa toda la carne al asador, son triviales e insulsos, parece que sólo paseen sus huesos por este mundo sin importarles nada el tránsito al otro, las emociones no les modifican el gesto y se conducen tomando decisiones carentes de objeto y asentadas en convicciones apenas aprehensibles, les acuchillan y no oponen resistencia, hacen el amor con la misma pasión con la que se anudan la corbata. Sin embargo, de alguna manera nos resultan humanos, les comprendemos, compartimos su constante duda y les queremos, nos vemos reflejados en su fragilidad. El hombre posmoderno me resulta indefendible e indeseable, pero en parte le estimo, quizás porque se parece tanto a mí. Haruki Murakami es el escritor con mayúsculas de un prototipo generacional, y los que pertenecemos a esa generación no podemos sustraernos a su embrujo. Mi tesis se completa con la convicción de que parte de la trampa radica justamente aquí, los protagonistas de Murakami son tan corrientes y escasos de mérito que no nos exigen esfuerzo alguno para identificarnos con ellos y, para postre, les suceden cosas extraordinarias, son nucleares en historias que les caen encima como de un guindo y que todos ansiaríamos protagonizar. Además, y para enlucir un tanto a tan insípidos personajes, Murakami dota de significación los acontecimientos que les ocurren, por triviales que resulten, con lo que hace único y especial a cada humano; un anhelo que también compartimos todos nosotros.
En cuanto al aspecto formal de EFMyDPM, la ambientación es sobresaliente: Murakami afronta el reto que se ha propuesto con una solvencia sólo al alcance de los más experimentados escritores de ciencia ficción, por surrealista que sea la situación que nos presenta, jamás pierde el rumbo ni la sensación de verosimilitud y es capaz de argumentarla acudiendo a comprensibles aunque delirantes motivos, las escenas de acción son trepidantes y las transiciones sutiles. Además, y para escarnio de críticos esteticistas, consigue combinar con éxito en un mismo texto dos historias que discurren por cauces aparentemente irreconciliables y pertenecientes a mundos dispares: el de la ciencia ficción futurista y el de la fantasía mágica.
Sin alcanzar la altura del modelo que consiguió en Tokio blues, la nueva novela de Haruki Murakami viene a reforzar con una nueva aleación de sólidos materiales los cimientos del personal edifico que se trae entre manos y en el que confía plenamente, pues no lo ha abandonado un solo momento en tantos años de profesión. Murakami, como el conocido arquitecto catalán que apasiona a los japoneses, ha sido tan denostado y criticado como ensalzado y, casi con toda seguridad, su estilo perdurará para gozo de los lectores de todo el mundo más allá de su desaparición (esperemos lejana y menos traumática que la de Gaudí). EFMyDPM no es tan sólo una notable novela sino también un sobresaliente experimento de género que deseamos que no haya colmado las ansias exploradoras de Murakami, y que se repita el invento.