Aunque no me atrevería a decir taxativamente que estamos hablando del mejor cómic del año, es sin dudarlo un minuto uno de los que más me han conmovido, y a tenor de los premios que ha ganado y del aluvión de críticas elogiosas que le han llovido por doquier, no debo andar muy desencaminado en mis buenas sensaciones. Me refiero al Lupus de Frederik Peeters (1974), del qual ya hace unos meses que disponemos de su cuarto volumen, el que cierra la serie, entre nuestras manos. La colección completa es una pura delicia, agradecimiento merecido también para las cuidadísimas ediciones de Astiberri, siempre tan pulcras, se lee de un tirón y te transmite esa sensación que sólo las obras que perduran en la memoria son capaces de provocar, la de estar ante un cómic redondo. La primera impresión que tuve del dibujo de Peeters es que era un tanto desaliñado, una versión comedida de Sfar o Blain, pero nada más lejos de la realidad. A medio camino entre la libertad expresiva, sin tapujos, del nuevo cómic francés y el trazo de limpio aunque riguroso de los clásicos, Peeters consigue con su personal estilo dotar a los personajes de una impresionante expresividad y a los entornos de un gran realismo con sencillez envidiable pero sin escatimar en detalles. Al vistoso dibujo hay que añadirle una composición de página y unos encuadres de lo más ingeniosos como sólo un ojo bien trabajado en el cine es capaz de imaginar. Ya véis que no escatimo elogios, pero es que los merece todos.
Lupus es una road movie en formato cómic donde, como sucede en todos estos casos, la huída hacia delante de los protagonistas se vive en paralelo como una experiencia de desarrollo interior que Peeters nos muestra sobretodo en las pausas, los silencios y la tremenda expresividad con la que hace patente la tensión que viven. La acción se sitúa en un futuro impreciso muy del estilo estético de Star Wars, así que no van a faltar naves espaciales, viajes interplanetarios y tipos raros con piel de lagarto y dedos palmeados. Como ya he mencionado antes abundan los silencios y además se trata de un dibujante europeo, así que tampoco esperéis la trepidante acción cardiopática del manga japonés, sino más bien un estilo manso y sugerente que permite recrearse con la maravilla del dibujo y sobretodo con las miradas, las insinuaciones y las emociones de los personajes. Para redondearlo, el guión se adapta perfectamente a la cadencia intimista del dibujo, dejando las puertas abiertas cuando lo merece la historia y sorprendiéndonos también de tanto en tanto con algún giro inesperado. Francamente inmejorable.
A todo esto hay que decir que Peeters ya se está prodigando con una nueva obra de ciencia ficción que se llama Koma, publicada por Dibbuks a todo color, y que ya va por el tercer volumen en España. Otro día trataremos este asuntillo con toda la dedicación que merece...