Déjame entrar
John Ajvide Linqvist
Editorial Espasa
Por un lado, resulta que el océano de la moda sumerge bajo sus aguas toda actividad susceptible de generar un beneficio económico, por otro, somos tan modernos que nos resulta impensable posar la mirada sobre la misma cosa dos veces o mantenerla fija, atenta y receptiva a captar todos los mensajes que emita, incluso aquellos más perezosos y recónditos. Así que, marcados por el signo de lo uno y de lo otro, se nos van los ojos y los dineros: ayer, en la novela histórica, hoy, en los bidones de gasolina suecos, y mañana... mañana Dios dirá. Al final, echamos la vista atrás para descubrir que, parafraseando a Ende, la Nada nos gana terreno, o por lo menos se lo gana a nuestras estanterías (cada vez más deformadas). Aquí me atrevo a soltar dos recomendaciones como quien suelta dos higos desde un balcón: primero, la sanísima terapia de irle cortando periódicamente las barbas a nuestra librería: expurgando, mejor todavía en familia, aquellos brotes que la afean y deforman, los libracos que nos han endosado a base de comentarios elogiosos en las solapas, para dejar las paredes de casa cubiertas de un florido anaquel; segundo, la del esfuerzo de trabajar cada día nuestra mirada para que aprenda a descansar sobre las listas de novedades. Cazaremos bien pronto las intenciones de la industria, que no es tan lista como la pintan, y, sobre todo, descubriremos las auténticas perlas que se esconden entre las luces de neón de los bestsellers. Por poner un ejemplo intencionado: bajo el paraguas del signo literario de nuestros tiempos, la novela negra escandinava y el resurgir de los vampiros, ha germinado una rosa, Déjame entrar, la primera novela del sueco John Ajvide Linqvist que ha visto la luz en español, por gracia de la editorial Espasa.

John Ajvide es un escritor harto conocido en el norte de Europa que ya es padre de cinco novelas, todas ellas más o menos de terror, de las que Déjame entrar es la primera (confiemos en que sus hermanas menores también nos visiten próximamente). Aquí asistimos a la relación de amistad de dos niños en la Suecia más suburbial de 1981, Oskar y Eli (un vampiro de colmillo afilado y fuerza sobrehumana). El autor nos sitúa frente a una realidad deprimente y sin salida que se revela en la actitud de todos los personajes de la obra, a caballo entre la apatía, el alcoholismo, la indolencia y una absoluta falta de empatía y capacidad para comunicarse con sus semejantes. Es así que la intensa amistad de los protagonistas brilla con doble fuerza por contraste y la hace merecedora de sobrevivir a tanta grisura. La jugada de John Ajvide es la de hacernos tomar partido por un ser aborrecible y asesino únicamente por que es capaz de mostrar un amor incondicional en un mundo de inapetentes, a pesar de que astutamente nos lo dibuja en toda su crudeza y salvajismo (versión irreconocible frente al glamuroso y afeminado vampiro que ya nos provoca urticaria). Eli no reniega de su condición, ni le saca provecho –si es que esto es posible-, tan solo intenta sobrevivir en un mundo que no le reserva ninguna oportunidad: ésta es la conexión con Oskar y el punto de partida de una relación que les permitirá a ambos dar una zancada por encima de sus limitaciones hacia una realidad impensada. Para ello es necesario afrontar el pasado y enfrentarse a él quemándolo en una gigantesca pira que difícilmente podrán mantener controlada y que nos reserva unos extenuantes y apoteósicos últimos capítulos.

La estructura narrativa por la que apuesta John Ajvide es la de la vidas cruzadas: varias historias que discurren paralelamente y que van a converger en el último tercio de la novela concentrándose en tres escenas de una potencia visual y una intensidad dramática que bien merecen todo el trabajo de ambientación previo. Aquí vemos claramente las dotes de guionista de Ajvide que le han dado de comer durante muchos años y que han explotado creativamente en la espléndida adaptación al cine de Déjame entrar. Su capacidad para llevar al lector justo allí donde él pretende y, particularmente, su habilidad para dominar los tiempos y el ritmo de la novela de intriga son excepcionales, un auténtico talento. Nada que desmerezca tampoco su labor de creación de personajes, todos humanos de carne y hueso perfectamente cincelados y expuestos con la más completa franqueza, sin juicios ni prejuicios, y sin condescender ante los lectores sometidos a una ética de buenos y malos. En este territorio, las lecturas se multiplican en círculos concéntricos desdibujados añadiendo densidad dramática a cada página y revelando además sus intenciones de denuncia de una realidad social marginal de la que teníamos muy pocas noticias (salvo por las conocidas estadísticas de alcohólicos y suicidas).

John Ajvide Linqvist ha conseguido crear una obra de vampiros que reinventa un género últimamente perdido en el blandengue melindre de los amores adolescentes de instituto. Una novela potente, poderosa, con humanos humanos y vampiros vampiros, que nos deja unas imágenes delirantes que difícilmente vamos a poder olvidar. Definitivamente, parece que algo renovador se mueve por el norte de Europa.