El Rojo
Bernhard Kegel
Editorial PLaneta



El día en que la literatura esquinó el terror gótico para dar paso al psicológico, algo se perdió por el camino. No unas monedas en el quiosco de la esquina o las llaves de casa en el escritorio de la oficina, me refiero a la aborrecible concreción física del mal: al monstruo. El público, al poco tiempo, reclamó el regreso de la bestia y los gobiernos democráticos lo promovieron festivamente (fue una extraordinaria herramienta de adoctrinamiento social frente a los totalitarismos del siglo XX). Así se retomó aquella senda interrumpida dándole inicialmente un cariz de terror psicológico (los monstruos cósmicos de Lovecraft), que al poco regresó a la antigua tradición de forzudas abominaciones con que la naturaleza nos viene avisando de tanto en cuanto, y entonces, de nuevo, las bestias ocuparon su lugar privilegiado en la cultura de masas (King Kong, Tiburón, Alien, Jurassic Park, etc.). El vértigo que sentimos por el monstruo es atávico, arcaico, irrefrenable, está enraizado en nuestra tradición filosófica, religiosa y literaria, pero, ante todo, es delicioso, un deleite como pocos. En un mundo donde parece que ya todas las fieras están domesticadas, enfrentarse con un archienemigo engendrado en la resistencia de la naturaleza rebelada, es, sencillamente, extraordinario (nos devuelve, como poco, a los tiempos prehistóricos: hombres con taparrabos acosando a mamuts y ballenas). Recordemos además, que el monstruo es la medida de lo humano: el enfrentamiento con la bestia es la colisión del hombre forjado en sociedad, políticamente, con su propia naturaleza animal, una refriega de la que el hombre jamás puede salir victorioso. De ahí esa atracción suicida, el hombre ansía medirse con la naturaleza para afirmar su puesto en el mundo, a costa del final fatal. Este vértigo ha conjurado las mejores plumas de la historia de la literatura y ha sido el deleite más gozoso de millones de lectores en la historia de la humanidad; aquí reivindicamos al monstruo como una de las más altas cimas de la literatura, por si quedaban dudas.

En el caso de los monstruos de la naturaleza el gigantismo es fundamental; fieras descomunales, en presencia y fortaleza, que nos empequeñezcan y den posibilidad al acto heroico; también es importante, para que la cosa cuaje verosímilmente con la visión científica y darwinista que domina la cosmovisión del hombre moderno, que su existencia sea argumentable a la luz del conocimiento actual, y que los monstruos actúen promovidos por los mismos instintos que dirigen la vida del resto de animales de la naturaleza: hambre, defensa del territorio, reproducción, etc. Así, estas bestias deben despertar en nosotros los mismos sentimientos de pavor genéticamente codificados que podemos sentir ante una serpiente venenosa o un león rugiente. El monstruo debe ser posible y factible, y actuar como sus parientes más comunes para dar credibilidad a lo que de otra forma sólo sería explicable por la vía de la superstición y la magia, y por ende, fracasado en su poder espantoso. En resumidas cuentas, al monstruo le pasa como a la mujer del césar, no solo tiene que ser verosímil, sino también parecerlo. Por este motivo, las profundidades marinas son el escenario ideal donde situar el origen y hábitat de los engendros de la naturaleza: desconocido en gran parte para la ciencia, vastísimo e inexplorado en sus espacios más abisales y colmado de especies animales rarísimas de ojos protuberantes y colmillos de sable. El Kraken, el pulpo gigante de Veinte mil leguas de viaje submarino, Moby Dick, Godzilla, Tiburón, y el resto de bestiales monstruos acuáticos engendrados Dios sabe en que lúgubre cueva submarina, son, de calle, los favoritos de la mayoría de lectores de literatura de aventuras. Y no olvidemos que los lectores, mal que les pese a algunos engolados académicos, son personas comunes y sensatas, de carne y hueso, que respetan el poder de los océanos y desconfían de las muestras de cariño de los animales predadores.

Yo, por mi parte, también respeto y temo al mar (lo cual me da un brillo de sensatez), y, por supuesto, mis monstruos preferidos nadan los océanos abisales y surgen rápidos cuando menos se los espera para desaparecer en un suspiro con algún infeliz humano entre sus ventosas. Mi imagen preferida, mi imagen del terror, es la de una enorme masa oscura desplazándose sin esfuerzo bajo la quilla de un frágil velero, en mitad del océano. Peor todavía si se trata de un cefalópodo: un pulpo o un calamar gigante con poderosos tentáculos. Terrible.

Por todo ello, al salir de la librería sentía un feliz cosquilleo bajo el brazo que sujetaba el nuevo éxito de la literatura de monstruos marinos, El Rojo de Bernhard Kegel, como si ya antes de abrirlo, algo rebullera entre sus páginas y en cualquier momento fuera a asomarse un largo tentáculo y a llevárseme consigo. Vacua esperanza, como vino a rebelarse al poco tiempo. En El Rojo asistimos a las consecuencias de un cataclismo submarino, el derrumbe de una enorme cornisa abisal en los alrededores de Kaikoura (Nueva Zelanda, hoy), que altera completamente el hábitat y el comportamiento natural de los animales que habitan las enormes profundidades marinas que son objeto de estudio de los protagonistas de la historia, un grupo heterogéneo de científicos. Estos van a ser testigos de la huída de los cetáceos de la zona y de la aparición en la superficie del mar y en las costas de miles de cefalópodos pertenecientes a las más extraordinarias especies de los fondos abisales (hablamos de miles de metros bajo el mar). La cereza del pastel está reservada para el Rojo, un calamar gigante de una especie desconocida capaz de liquidar en un santiamén a un delfín y de sembrar el pánico entre los habitantes de las islas con sus inesperadas y sonoras apariciones. Herman Pauli, un científico alemán entrado en años que arrastra algunos demonios personales, será el principal protagonista de un relato que, como obediente hijo de una vieja saga familiar, contiene una historia de amor, un alegato ecologista y un final atronador. Las virtudes de la novela son muchas, algunas ya las obtiene únicamente por hacer aparecer entre sus páginas a un monstruo marino, pero arrastra también otras graves fallas. Su autor, Bernhard Kegel, es biólogo de formación y profesión y, estimo también tras leer el libro y viendo su currículo literario, que su vocación y pasión zoológica es inagotable (las explicaciones sobre el comportamiento de los animales y el día a día de los científicos marinos son omnipresentes en toda la narración y, en algunos casos, se extienden en inacabables digresiones que entorpecen el rumbo de la historia y sofocan los clímax narrativos, amén de agotar al lector). A menudo panfletario en la preservación de los hábitats y las especies animales marinas, el autor desatiende a sus personajes que, frecuentemente, caen en el olvido. Tampoco se desenvuelve cómodamente en los diálogos ni parece que haya meditado mucho sobre la progresión de los acontecimientos, ambos excesivamente previsibles (como una ramplona teleserie americana). Las idas y venidas de los protagonistas entre la estación científica, la playa de Peketa Beach y el buque de investigación, no tienen mucho que envidiar a alguna de las correrías sinsentido de los hermanos Marx. Por otro lado, y aproximándonos a sus virtudes, sí que nos transmite eficazmente el espíritu curioso y la pasión que anima a los científicos y nos describe vívidamente los escenarios y los animales que van apareciendo acumulativamente a lo largo de la novela (si el propósito era conseguir inyectar conocimientos reales sobre la vida de algunos de los animales que bucean los océanos y sensibilizar sobre la problemática de su existencia, a fe mía que lo ha conseguido: los calamares de la pescadería han cobrado a mis ojos nueva vida). La inmersión a la que somete Kegel al lector, si soporta las disertaciones zoológicas iniciales y continúa hasta el último punto y aparte, obtiene su perseguido premio: las revelaciones finales de los científicos sobre el Rojo y los acontecimientos que propiciaron su existencia resultan verdaderamente interesantes (unas revelaciones que de otra forma, de haberlas encontrado en un periódico, por ejemplo, posiblemente habríamos hojeado con un bostezo). En fin, parece que Bernhard Kegel forma parte de esa generación de escritores tan común hoy en día cuya escritura revela la superficie sin desvelarla, incapaz de transmitirnos la realidad como una experiencia de la realidad; lo que sí consiguieron sus más ilustres ascendientes literarios: Herman Melville o Julio Verne.

Por este motivo, El Rojo funciona perfectamente como inofensivo divertimento para pasar el tiempo, pero fracasa en lo esencial, traiciona el poder vertiginoso del monstruo y lo deja reducido a puro ejemplar de museo zoológico, sumergido en formol y sujeto con agujas a las paredes de un tanque de metacrilato, del que pende una etiqueta de color hueso con la leyenda Mesonychoteuthis. La edición de Planeta es correcta, tapa dura y papel baratillo tipo best seller para una obra cuyas esperanzas principales están puestas en el interés pecuniario, en hacer pasta vamos.