2 ene. 2008

Revisitando a Arthur. C. Clarke

Fue, y de eso hace ya 50 años, cuando un pequeño objeto metálico cruzó los fríos cielos soviéticos en dirección a la estratosfera, que se dio pistoletazo de salida a la carrera espacial; la cual vendría a sumarse a las que ya sostenían en lo económico, militar y político los, por aquel entonces, países más poderosos del planeta, la URRSS de Nikita Khruschov y los EEUU de D. D. Eisenhower. Días más tarde un segundo satélite Sputnik alcanzó el cielo extraterrestre con un ser vivo en su interior, la preciosa perrita Laika, de cuya efímera gloria y dramático final mejor no hablar. El éxito de los satélites Sputnik, se lanzaron 8 en 4 años, junto con el desastroso inicio de los proyectos Vanguard estadounidenses precipitó que al año siguiente, en 1958, la NASA empezara a funcionar como agencia y que J. F. Kennedy prometiera a sus conciudadanos que el orgullo de poner la primera pisada en la Luna se la llevaría el pueblo norteamericano. De esta manera comenzó de una forma un tanto atolondrada una era fascinante para la aeronáutica, llena de altibajos, de grandes hitos y de no pocas bajezas. Sea como fuere, el apremio de los gobiernos inmersos en la Guerra Fría permitió un gran progreso tecnológico en poco tiempo y una realidad organizativa y económica de la que la ciencia y, por ende, todos nosotros, nos hemos beneficiado. La curiosidad y el interés por conocer nuestros orígenes y los del universo entero han dispuesto, y lo siguen haciendo, de fondos económicos solventes para sus proyectos de investigación. Tampoco soy un iluso y olisqueo sin mucho esfuerzo el tufillo apestoso del interés militar que esconden muchos de los fondos que se le destinan. Pero lo cortés, no quita lo valiente.
Tirando del hilo de las efemérides, resulta que hace 50 años los EEUU lanzaron el satélite Explorer I y la NASA el Pioneer I; hace 30 años se estrenó en los cines estadounidenses la primera película de Star Wars, otro hito de los viajes interplanetarios en la ficción; además este mismo diciembre Arthur C. Clarke celebró su 90º cumpleaños en Colombo, Sri Lanka, y en este 2008 que comienza se cumplirán 40 años de la publicación de su obra magna, 2001, una odisea del espacio. ¡Qué mejor manera para celebrar el inicio de los viajes espaciales que leyendo justamente este libro! Y eso he hecho.
2001, una odisea del espacio, no existió en formato de libro antes que la película. En realidad, la novela es el producto secundario de un proyecto de guión cinematográfico que Stanley Kubrik encargó a Arthur C. Clarke y que les llevó un año entero de trabajo conjunto. La obra está estructurada en tres partes, tres historias completas, donde cada una resuelve un fragmento particularmente significativo de una historia de más largo recorrido: tres millones de años, ahí es ná. El argumento gira en torno a la visita de los extraterrestres a la Tierra y el efecto que tiene en la evolución como especie del hombre. El resto de la novela, es decir, la segunda y tercera parte, pretende dilucidar los motivos que esconde esa visita y, en consecuencia, el carácter de los mismos visitantes; para lo que se vale de una aventura de exploración espacial, con momentos apoteósicos como el del motín del ordenador HAL 9000 de la Discovery, que se va volviendo más y más abstracta para culminar en un final delirante. Yo, que he visto la película en varias ocasiones, me he llevado además una muy agradable sorpresa al comprobar que buena parte de la confusión de la película se resuelve con razonable solvencia en el libro. Bien es cierto que los capítulos del final y, muy particularmente, el último, que ocupa poco más de un párrafo, son muy del tono existencialista tan en boga en los últimos 60 y que te deja un poco con el rictus en el rostro de una figura de cera. Pero los abundantes y muy caudalosos ríos de tinta que se han vertido al respecto no hacen mella a una obra que se mantiene plenamente vigente, cuya prosa y recursos narrativos marcan mucho músculo y que por lo premonitorio de algunas conjeturas merece codearse con los libros de Julio Verne. La cadencia lenta de la narración junto con las detalladísimas descripciones de los vehículos espaciales y de las imágenes del cosmos nunca se hacen farragosas, bien al contrario, te sumergen y te llevan como en un colchón bien muelle a lo largo de la novela. Eso sí, en la obsesión por primar una historia compleja y en insinuar las consecuencias de la misma para la raza humana y el destino de la Tierra, el desarrollo de los personajes se deja en una muy segunda fila: son tan solo peones con un destino prefijado de antemano y sin libertad de movimientos. Resumiendo, una novela preciosa, adictiva y con un final sorprendente que recomiendo sin dudarlo un minuto.

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