M P Shiel
La nube púrpura
Editorial Reino de Redonda


En una entrevista reciente publicada en La Vanguardia un crítico de jazz norteamericano dijo que la tarea principal de los padres es educar a sus hijos en vivir la soledad, y, desde aquí podrán desarrollarse plenamente en la sociedad que los acoge. La soledad es así la condición de madurez de todo hombre, entendiendo que su propósito sea el de alcanzar la completa autonomía personal y, con ello, disponer de la principal herramienta humanizadora e imprescindible punto de partida para cualquier proyecto de felicidad: la libertad. La versión moderna de la pregunta sobre la soledad nos remite al aburrimiento: el problema del hombre, incluso la condición del mal en el hombre, es el aburrimiento, su incapacidad para estar en una habitación vacía sin hacer nada de nada. Nacho Duato le dio la vuelta al asunto y matizó acertadamente que se trata entonces del problema del ocio, “¿qué hacer con él?”. Una aproximación a la americana va a ser: no pudiendo responder satisfactoriamente hagamos un buen negocio con ello, el negocio del ocio. Es una alternativa rentable que da de comer a millones, pero tampoco disuelve el problema, aunque sí lo posterga –a menudo hasta el mismo día de nuestra muerte-. Así el ocio, el entretenimiento, la mayor de todas las industrias que hayan existido jamás (y quizás también la más antigua), cumple impecablemente la función de distraer nuestra soledad, y así, evita que encontrándonos solos con nosotros mismos veamos por fin la auténtica cara que se esconde bajo nuestra piel. La ventaja es que quien sobrevive a sí mismo sobrevive a todo. En fin, a la vista de los horrores que nos reserva la soledad, no está de más agradecerle a la Navidad que se avecina lo bien que acomete la función de distraernos unos días de nosotros mismos, aunque sea a costa de apoquinar un dineral y de soportar a algún familiar plomizo con unos grados de más de alcohol en la sangre. Siempre habrá tiempo para echar pestes de la Navidad: ese sano ejercicio de vanidad que habitualmente ejercitamos con una media sonrisa y un guiño de complicidad para con nuestro interlocutor.
Si todas las soledades son terribles y aún peores las indeseadas, imaginemos aquella que nos condena a vagar solos el resto de nuestra vida por una Tierra deshabitada, sin testigos ni confidentes. Este es un planteamiento mil veces traído en la narrativa de ciencia ficción pero que como cualquier otro tuvo sus orígenes. La nube púrpura, magnífica novela de aventuras que el escritor británico Mathew Phipps Shiel (1865) publicó originariamente en 1901, es justamente uno de los más incipientes textos en los que se aborda la posibilidad de la desaparición de la humanidad entera, excepción hecha del desventurado protagonista del relato, Adam Jeffson en nuestro caso, que vagará por la Tierra entera como un Adán desterrado del paraíso. La comparación con el primogénito de Dios no es ociosa, se ha comentado a menudo que el propósito que persigue M P Shiel en este escrito es ilustrar las consecuencias que supone desobedecer los designios de Dios: Jeffson se embarca en la conquista del ártico, la aventura de llegar allí donde nadie lo ha hecho antes y de penetrar en la tierra que Dios ha vedado a sus hijos. El castigo que se reserva a su regreso al díscolo descendiente es el de ser el último hombre vivo en la Tierra. Se trata entonces de un texto con una incuestionable voluntad moralizadora de carácter cristiano; pero dejando aparte estas ínfulas doctrinarias, resulta una novela de aventuras apasionante que ha encandilado a escritores de la talla de H G Wells y Dashiell Hammett.
El texto se divide en tres partes bien definidas: la preparación y el viaje hasta el ártico, en donde se relatan todas las vilezas que condenarán a nuestro protagonista; el regreso a una Tierra desolada y poblada de cadáveres que, como mudos acusadores, se resisten tenazmente a la putrefacción, y que revelará el camino hacia la autodestrucción de Adam Jeffson, y, finalmente, la salvación, por la vía del reencuentro del amor. Dejo este último bloque del relato al feliz descubrimiento del lector. Ciertamente, aunque no es el primer texto que aborda el asunto del último hombre en la Tierra, su aproximación sí que resulta novedosa, en particular por no ahorrarnos ninguna crudeza en la descripción del descenso a los infiernos de su protagonista, y, me atrevo a afirmar que tampoco nunca después se ha obtenido tanto provecho en el tratamiento literario de este tema (los ejercicios posteriores han perecido por exceso de escrúpulo). Quizás M P Shiel podría habernos ahorrado algunos de los viajes de Adam Jeffson por una Tierra desolada, también habría mejorado el relato con una resolución más ambiciosa y con menos pretensiones didácticas; pero afirmo, sin sonrojo, que es a todas luces el mejor texto que conozco sobre el fin del mundo. M P Shiel es valiente al abandonar a su protagonista a las fuerzas de la naturaleza y de la locura y generoso al poner a su alcance todos los elementos que han de permitirle sobrevivir y mostrarnos sin cortapisas las consecuencias del extremo dolor y responsabilidad que soporta sobre sus espaldas. La descripción, aunque fría y desapasionada, no escatima los detalles del horror y se adorna con los necesarios giros que requiere toda novela de aventuras. Un texto realmente extraordinario que deja una huella perdurable en el lector y que aporta un nuevo argumento para dignificar el relato de ciencia ficción. Imprescindible.
No puedo cerrar la reseña sin mencionar la excelente edición que nos presenta la editorial Reino de Redonda, a la que Javier Marías ya nos tiene acostumbrados, y el magnífico prólogo de Antonio Iriarte. Papel de la mejor calidad, una buena traducción y esmero en el acabado para un texto que reposará para siempre tanto en nuestra biblioteca como en nuestra memoria.










PS: en relación al hábito común, a buena parte de la crítica literaria, de menospreciar la novela de aventuras y ciencia ficción como el patito feo de la narrativa, no me resisto a revelaros la respuesta que Fernando Savater dedicó ayer a aquellos que tildan despreciativamente su última novela de “divertimento”. Les replicó: “lo realmente terrible es que hubiera sido un aburrimiento”. Savater siempre a punto.
¡Feliz Navidad a todos!