Xulio Das Pastoras y Carlos Portela

Los Heresiarcas

Norma Editorial


La acepción cuarta del diccionario de la RAE sobre la entrada genio reza así: capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables.En cuanto a la palabra magia, comenta también lo siguiente: que por medios naturales logra efectos que parecen sobrenaturales. Si cometemos la impudicia de seguir rastreando en busca de adjetivos apropiados para este autor, llegaremos sin duda a finiquitar toda nuestra autoestima. Es un ejercicio que no recomiendo a nadie, salvo a los que anden sumando argumentos para la depresión.

Xulio Das Pastoras ha jugado de tapado hasta día de hoy, pero después de la publicación de los dos volúmenes de Los Heresiarcas, y del primero de Castaka (que inicia la precuela de La Casta de los Metabarones), se coloca en primera línea entre los escogidos a heredar la singularidad de los pesos pesados del cómic de los años noventa (Jodorowsky, conocido por su afinado ojo oráculo y dispuesto a continuar en la élite también en esta década, apuesta al caballo ganador y le produce el guión de Castaka). Los Heresiarcas supone la redición del proyecto de Richard Corben, tanto por la proximidad estética de su trazo y el reconocible mundo fantástico, como por la sensación de fresca novedad aun tratándose de un camino trillado, pero vistiendo algo más a los personajes (metafórica y estrictamente hablando).
Un universo poblado por humanos, semihumanos y bestias lunáticas, y en el que los dioses son de carne y hueso y manejan sin restricciones poderes tremendos. Los primeros, los humanos, no tienen otra que encomendarse al humor caprichoso de los dioses y ofrecerles los sacrificios que reclaman con la esperanza de ver atendidas sus mundanas plegarias (que a la postre no pasan de mejorar las cosechas o casar a la hija de uno con el más apuesto y bien dotado de la tribu). Este es el principio del camino que Agon, un joven guerrero tribal caído en desgracia, tiene que recorrer junto al león humanizado Beluch para rendir cuentas a Madorak, el dios de los muertos, quien ha solicitado el sacrificio de su amada Aldara, a la que pretende además devolver la vida. Por si no se me ha entendido, se trata de matar dos pájaros de un tiro, a saber: liquidar a un dios pérfido y regresar de los muertos a su novia Aldara, con la ayuda de un león pirado. Visto así, lo que semejaba ser una aventura iniciática muy prometedora, coge visos de catástrofe segura. Afortunadamente, Agon irá sumando a su esperpéntica cuadrilla otros personajes, sin duda más dotados, para superar las fantásticas gestas que le depara el destino, como la hermosa diosa Nurún, la princesa demonio Hattia o el chapucero mago Barmurabi.

Esta colorida narración surge de la mente de Carlos Portela, cuya abultada biografía como guionista le ha dado la sabiduría suficiente para saber bajo qué árbol debe cobijarse. Consigue, además de una aventura trepidante con giros imprevisibles que parecen callejones sin salida, unos personajes carismáticos y bien cincelados y abundantes toques de humor, sobre todo de la mano del descerebrado Beluch, que hacen que el relato sea tan ameno como adictivo. Sobre el trabajo de Xulio Das Pastoras, empiezo por remitirme a los adjetivos que le atribuí en el primer párrafo. Es sencillamente extraordinaria la capacidad para plasmar en la más humilde de las superficies, el papel, un universo perfectamente veraz, al que no le falta ni le sobra una pincelada. Su habilidad en el dibujo, excepcional por donde se mire, es el garabato de un niño de pecho comparado con su pericia con las acuarelas y los sombreados con el lápiz. Y, conocedor del mejor efecto de su técnica, el escenario principal de su mundo son las planicies rocosas y los horizontes lejanos, aunque su habilidad para el plano corto es también prodigiosa y la usa con frecuencia. En boca del mismo Miguelanxo Prado (que prologa el primer volumen) “no hay viñeta, por pequeña o intrascendente que parezca, que no contenga algún tesoro”. Das Pastoras consigue milagros uno tras otro y reclama que nos detengamos a disfrutarlos con una lectura pausada. Sin duda, la colaboración de estos dos autores debe medirse por la magnífica calidad de producto final, y nos dice que no solo hablan el mismo lenguaje, sino que además se lo pasan en grande. No imagino la posibilidad de que esta obra pueda decepcionar a ningún lector con una pizca de sensibilidad y un algo de criterio. La edición de Norma está a la altura, papel de calidad y extras finales: unos bocetos de Das Pastoras, aunque, tratándose de un dibujo tan excepcional, habría valido el esfuerzo de una publicación extra grande XXL.

Tan sólo una pega: el primer volumen se editó en 2004 y el segundo en 2006, el ritmo es de dos años de trabajo por volumen, así que: ¿cómo que no está publicado ya el tercero?