Vernon Lee
La voz maligna. Atalanta. 163 págs.



Se ha convertido en moneda corriente del uso del castellano, y me consta que también del de otros idiomas, llamar fantasmas del pasado a aquellas personas, o a veces a aquellas cosas o situaciones, que surgen de nuevo en nuestra vida provenientes de un tiempo ya pasado que considerábamos concluido, embotado y sepultado a más de 2000 metros de profundidad marina, en los fondos abisales. Las sensaciones físicas que experimentamos en estas situaciones, el cuerpo tieso como un carámbano y el aliento que se nos condensa tan pronto lo exhalamos, no son tanto producto de lo remoto de este tiempo pasado que se rememora, cuanto del yo al que el fantasma nos retrotrae y del que abjuramos ya hace lustros, en un tiempo anterior al que no querríamos prestar más oídos que a aquellas noticias que certificasen su defunción. Pero claro, pensar que realmente íbamos a dar por cancelada cualquier biografía con tan solo desearlo, por lejana que esta sea, es cosa de ingenuos. Hubo, sin embargo, un tiempo en que esta inofensiva expresión del lenguaje se tomaba al pie de la letra: los fantasmas del pasado eran efectivamente translúcidos, impalpables, se arrogaban el aspecto de una persona que ya había pasado a mejor vida y, en la mayoría de los casos, traían consigo las peores intenciones. Me refiero, está claro, a los siglos XVIII y XIX europeos, período que corresponde, en lo que al mundo del arte atañe, al Romanticismo. Es entonces cuando surge, en paralelo a aquellas obras de trascendente y plomiza espiritualidad de J.W. Goethe, Lord Byron, Victor Hugo o W. Blake, la literatura gótica, o de terror gótico, profundamente influenciada por los autores románticos y cuya producción, con sobresaltos, se alargará hasta nuestros días. Una literatura que toma inspiración en las leyendas populares, en la ciencia que despunta y en el trabajo de los científicos; que abunda en escenarios sobrecogedores y tenebrosos, como los castillos, cementerios, criptas o páramos y que sazona sus historias con monstruos de todo tipo y pelaje, ya sean en estado sólido, líquido o gaseoso.
Uno de los autores de esta generación, a caballo de los siglos XIX y XX, que merece una mayor atención es Vernon Lee, pseudónimo masculino de la escritora Violet Paget, de quien recientemente se han publicado unos pocos títulos que vienen como avanzadilla a llenar el sonoro hueco que teníamos en la sección de clásicos de nuestra librería y que confiemos en que engorde próximamente con nuevas publicaciones. De entre estos me he tomado el gusto de escoger La voz Maligna, publicado por la excelente editorial gerundense Atalanta (ojo a su bien diseñada web), para ponerme los pelos como escarpias. Aprovecho para comentar que, a su vez, la editorial del Reino del Redonda -sí, la de Javier Marías- ha publicado en su acostumbrado papel de alta gama Amor dure, que incluye seis textos de Vernon Lee, dos de los cuales se encuentran también en el volumen de Atalanta. La voz maligna consta de tres relatos fantásticos y un no menos excelente epílogo final titulado La voz del pasado, de Menchu Gutiérrez; en razón del cual sabremos de la peculiar biografía de esta autora inglesa de origen francés: la atormentada relación que mantuvo con su madre y con su hermano; su pasión, tan decimonónica, por Italia, en donde pasó gran parte de su vida, y sus ilustres conocidos y amigos, entre los que se encuentran George Eliot, Edith Wharton o Henry James. Los tres relatos que componen el volumen tienen el mismo eje nuclear: la manifestación de un fantasma que viene a mortificar al infeliz protagonista hasta que obtiene de él lo que ansía y, en algunos casos, se lleva de propina algo más por delante. En los tres casos además, es la curiosidad y no el miedo, o el temor por las eventuales represalias, lo que enreda al personaje en una espiral que se tensa obsesivamente hasta el dramático desenlace final. La trama de los tres textos es muy ingeniosa y se va dosificando perfectamente como un dulce veneno del que no es posible escaparse, evitando siempre el susto fácil. Las descripciones y el uso magistral que hace del lenguaje Vernon Lee la destacan en un lugar privilegiado entre los escritores de novelas de espectros que le fueron contemporáneos, y no digamos de los que han venido más tarde. Finalmente, me gustaría destacar la gran habilidad de la autora al situar al protagonista como narrador del relato, lo que nos permite compartir la progresiva obsesión que lo enferma e identificarnos con sus flaquezas muy fielmente, para lo que es menester un brillante ejercicio narrativo.

Resumo y cierro: tres hermosas joyas que emiten una luz mortecina, hipnótica e inquietante de vigorizantes efectos para el lector y, las más de las veces, de dramáticas consecuencias para sus protagonistas.
¡Que vivan los fantasmas!