9 mar. 2008

Los niños pasados por agua de Charles Kingsley

Charles Kingsley
Los niños del agua. Rey Lear. 299 págs.

Por fin se termina la campaña electoral, y los políticos, una vez más, confirman con sus actuaciones el tan manido “desprestigio de la política” y descienden otro nivel en los círculos del infierno. La campaña empobrecida, los debates aún más mediocres si cabe y la publicidad electoral que daría vergüenza ajena si no fuera porque sus destinatarios finales somos todos los ciudadanos. Todo vale con tal de mantener el mandarinato, incluso la amenaza y el aliento del miedo. ¡Que vienen, que vienen, eh, eh! Lo más enervante es darse cuenta de que, efectivamente, pasan los años y todo pasa, menos los malos políticos; que pasando pasando, se van quedando. ¡Ay! Hermosa Política, menudos hijos has parido.
El mal político, el que olvida sus convicciones políticas a la menor ocasión, comparte a menudo cartel con aquel otro engendro aún más perverso, por fanático, el sermoneador; pues al menos el primero muda de chaqueta a conveniencia y no está dispuesto a llevarse consigo a nadie por delante si no convence con su verborrea. Este nefasto engendro ha abundado tanto en nuestro país que habitualmente no ha necesitado de aditamento alguno para pasar desapercibido, se ha presentado con toda la franqueza y bien henchido en su uniforme de gala. Quincalleros ambulantes engastados en una sotana, militares arengadores, filántropos salvaguardas de la correcta moral, siniestros aduladores del autoritarismo político y chivatos varios. Un grupo taxonómico amplísimo que comparte en todas sus ramificaciones tanto el gusto por la soflama latosa como la más impertérrita inflexibilidad en el mantenimiento de sus dogmas de fe. De entre los más ilustres jivarizadores de mentes que ha dado este orden sobresale, por lo elevado del atril desde el que arenga, el que lo hace en nombre de una malentendida fe religiosa, aquella obcecada en la conversión de los incrédulos por las buenas o por las otras.
El libro que hoy comento, si es que finalmente dejo espacio para hacerlo, fue escrito por uno de estos promotores de la correcta moral, una moral de potente calado religioso. Se trata de Los niños del agua, de Charles Kingsley, publicada ahora en España por la editorial Rey Lear y que obtuvo una nada desdeñable popularidad en el mundo anglosajón. El original está fechado en 1863, dos años antes de la publicación de Alicia en el país de las maravillas y, al igual que éste, trata de las peripecias de un infante, un niño, en un universo maravilloso que discurre paralelo al mundo real y donde todo es posible y sugerente. Sin embargo, y a diferencia de la obra maestra de Lewis Carroll, el texto está dirigido explícitamente al público infantil, por mal que les pese a sus editores españoles, y tiene el ánimo puesto en formar y conformar conciencias y morales en la línea muy conveniente de su autor, canónigo de la abadía de Westminster. El texto está lastrado, hasta la ilegibilidad en algunos pasajes, de consejos y directrices acerca de cómo conducirse por la vida que no dejan el menor espacio para tomar aliento y, para empeorar la cosa, Kingsley se toma la justicia por su mano y pasa por la guillotina a todos los pensadores que le son contemporáneos y con quienes disiente. Una auténtica pena, porque la historia del joven deshollinador que, huyendo del amo que lo maltrata y de la época victoriana que lo esclaviza, se sumerge en una zona lacustre de Inglaterra y comparte aventuras con hadas acuáticas, truchas y libélulas, es, ciertamente, extraordinaria y de una imaginación desbordante. La edición es muy notable, salvo por el precio algo excesivo, y se acompaña de las magníficas ilustraciones de Linley Sambourne que pertenecen a la edición inglesa de 1889, y de las que os dejo una muestra para vuestro deguste. En fin, salvando la hermosa historia que discurre de fondo, un texto pretencioso con aspiraciones de gran vuelo que se estrella bien pronto, aplastado como un insecto, contra la sombra gigante de Lewis Carroll.







El año 1935 Walt Disney realizó en su serie Silly Simphonies un cortometraje animado basado en el cuento de C. Kingsley, del que os incluyo el link de Youtube.







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